miércoles, 29 de marzo de 2017

Voluntad – intensidad: Sobre el videoclip para Fade, de Kanye West

La intención, desde luego, era impresionar; – el resultado sobrepasa por mucho cuanto se estimaba a mano de una figura controversial, sí, pero apenas eso y no precisamente por su agudeza. Kanye West cuenta, sin embargo, con un solvente equipo de producción...
Russell Linnetz dirigió el videoclip para Fade. Juventud. Ímpetu, y poco a qué temer, de poco saber. Pero – el concepto claro.
– Realización ambiciosa en una suerte de homenaje Pop, por un lado; celebrando la fuerza salvaje en alegoría que roza de modo fácilmente apreciable, el límite de lo que es común denominar el buen gusto, por otro; sin privarse de refrescar, por puro atrevimiento, un medio abarrotado de juegos simplones y sofisticados mamotretos...
Valga la expresión, esto se ve simple, pero es otra cosa...


Son evidentes las referencias; la realización porta, no obstante, como si se tratase de material original, la pretensión honda de la época, a la que corresponde, sobretodo, el título clave (Flash Dance). De modo que dicha esencia cobra por gracia de la concepción sencilla, potente, nuevo vuelo, lejos del mero eco melancólico. Torna en ilusión de descubrimiento. Anacronía...
Energía, disciplina, el músculo, la voluntad adquieren repentinamente, contra el grado de definición de la imagen, y gracias a este, por contraste, su verdadero rol: todo, todo está en ese cuerpo y la danza y la mirada...
Energía, delicadezas aparte... Esencias de violencia – sin culpa. Más...


Ojo con el balance.
La sola posibilidad de apartar de su esencial brutalidad la letra del tema, elaborar a través de la imagen un elemento nuevo para el diálogo que al cabo transforma aquel mensaje en fuego distinto, rompe significativamente con lo habitual...
Aquí se afirma.
En lugar de explicar, matizar o negar el contenido, el ánimo de las líneas rimadas, lo enfrenta con una imagen de poder y fiereza indiscutibles. Abre de tal modo la interpretación del conjunto y nos pone de cierta forma contra las cuerdas...


Ausentes los peros, todo suma. Además de la imponente figura de Teyana Taylor, sus enérgicos movimientos, la llama de lo tribal, el gimnasio, las máquinas: metal  soportes y pesos, líneas, ángulos y cruces contra las poderosas curvas de la carne, todo en el color, el tono y los brillos.
La coreografía (mérito de Jae Blaze) corresponde tan elementalmente a la percusión, los golpes de bajo y las voces, los llamados, que la pausa, cada una, y los cambios de escena, solo pueden trasladarnos a nuevas afirmaciones, igualmente contundentes, sin transiciones que tienten acomodo a sensibilidades más gustosas de lo retórico.
La seducción surge del diálogo, – siempre, recordemos, de la inteligencia, de las imágenes, por ejemplo, que nosotros mismos completamos, sin límites, en el sentido de la insinuación. En este caso, desde el límite del desconcierto, provocando al pudor, – esa cierta resistencia que encuentra amparo en la última contención, antes apenas de la explicitud.


Russell dispone uno tras otro tres momentos. Resuena: simple, directo.
Luego del ritual, el cuerpo libre  entregado, – ritmo en sintonía: la melodía – a dos en una sola piel.
Finalmente, el reposo, la contemplación...
Son golpes, también. De una intensidad a otra, – con la carga anterior. Potencia. Hasta el cierre, con el cuadro más desconcertante, que se anticipa a cualquier expectativa y concentra directa y simplemente la idea obvia, robándonos el aire, dejándonos sin tiempo de formular por nuestra parte una fórmula propia con la cual confrontar el total: Repetir lo de fiera – vano...
Y se fueron los tres minutos, cuarenta y cinco segundos...



Voluntad. Afirmación. Lo salvaje, sí. También la transición de la consciencia básica a la fe. Más que instinto nada más...
A qué despierta esta fiereza. A qué el cuidado, la tranquilidad para los corderos en torno...


Lejos, mas no demasiado de los orígenes: crudeza, – lo salvaje.
Esta vez, dio a luz de lo bueno...


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