domingo, 26 de febrero de 2017

Haber, amar y poseer: Sobre Lazos de familia, de Clarice Lispector, siguiendo a Gabriela Solorio

Comentar entre todos acerca de Clarice Lispector, su obra. Tantas veces. A través del humo de los cigarrillos, las voces, acompañadas a menudo de suaves figuras de las manos, – quizá un poco demasiado de café. Pero ante todo, el asombro. Una genio, una genio (!).
Por coincidencia empezamos cada quien en su momento, con Lazos de familia, luego vino el resto. Y nos decimos ahora de los rasgos claves en el libro, hasta donde después. Esta primera colección de relatos, lleva a decir, simple: ah, es otra cosa... y a eso se abrió, en efecto.



Gaby, Gabriela Solorio, toma la palabra (hemos dicho algo de lo femenino, la ocasión se presta) y, mientras, me fijo en la caricatura de Loredano, atento, como todos, eso sí, va concentrada, da luces...

Básicamente, los cuentos de Lazos de Familia se estructuran en tres fases siguiendo una secuencia elemental: la inauguración, realización o proceso de transformación y clausura. En el proceso de transformación se impone un orden, una lógica particular que lleva al conocimiento de aquello que denominamos “lo femenino”.

Vamos a ello...

Lispector plantea un conocimiento del ser, no desde la “superior” razón que nace con la filosofía moderna a partir de la doble duda de Descartes, sino desde la “inferior”, presidida por los sentidos. En otras palabras, plantea que es posible acceder a la verdad a través de las percepciones sensoriales, dejando de lado el razonamiento lógico. Las protagonistas de Lazos de familia no buscan una verdad, sin embargo la encuentran. Esta se revela a sí misma como en la antigüedad sacra, desde la naturaleza como una interiorización de la realidad entera  sin la mediación de instrumento creado por el hombre. La verdad se manifiesta lejos de las palabras: “la verdad sólo cabría en símbolos, sólo en símbolos la recibirían”. Ello es lo que determina, a mi parecer, la perspectiva desde la que podemos dar un primer paso para analizar la narrativa de Lispector: empezar de que su posición para acceder al conocimiento se configura dentro de lo sacro.
Ahora bien, las protagonistas de Lispector poseen en su naturaleza aquella facultad perceptiva que les permitirá volverse sensibles a la manifestación sagrada. Hierofanía, de acuerdo al texto de Mircea Eliade, aquella manifestación de lo sacro; y la mujer se conformaría como aquel ser sagrado que puede movilizarse entre el espacio profano homogéneo, amorfo y plagado de lugares neutros en los que transita el ser humano bajo el imperio de las obligaciones cotidianas, y el sagrado, espacio significativo donde el árbol deja de ser árbol para manifestar su ser, donde la mujer descubre en el universo su ser.



El espacio en el que se desenvuelven las protagonistas en su cotidianeidad es el de la casa, un espacio liminal acechado constantemente por la revelación. Entendamos la casa bajo las acepciones de Bachelard, a través de las que se establecen valores de sueño, centros de tedio y soledad. Esta, como el nido, representa el espacio seguro, resguardado por muros, que la mujer decora a su gusto, que modela según su cuerpo –como un pájaro modela su nido con su pecho y su latido  en la que tienen lugar las relaciones familiares y la acción doméstica.
La concepción de casa también es representada desde el ostracismo en que la mujer ha sido confinada, torneada por la exigencia de la sociedad que determina qué es lo femenino. Bajo esta acepción, la mujer es la pieza clave que engarza el equilibrio de los lazos familiares en detrimento del reconocimiento de sí misma como sujeto individual, es decir, a través de la renuncia natural de su individualidad y la aceptación de su construcción a partir del “otro”, del ser una madre-esposa, del cargar en sus hombros anónimos la persistencia de la vida. 
La mesa! grita el mundo  y ella percibe la exigencia como el cariño del mundo. Los vínculos familiares se sitúan en la apariencia, son asumidos como lo que “tiene que ser” para sostener la armonía del hogar.
La palabra es una herramienta más para sostener las apariencias a través de una serie de fórmulas como el saludo, comentarios superficiales y cordiales, que se prestan para eludir las emociones humanas.
La limpieza de la casa es una actividad que se asume con placer porque en las relaciones que la mujer establece con los objetos, se introduce un fulgor de conciencia en el gesto maquinal… y la conciencia lo rejuvenece todo. Da a los actos más familiares un valor de iniciación (Bachelard). Ana, por ejemplo y de ahora en adelante me referiré al cuento Amor  dispone los objetos en la casa, los reparte, limpia y decora para sentir la raíz misma de las cosas, para poseerlos, para agarrar la raíz, para controlarlos. Entregándose y apropiándose de las cosas, perfecciona su belleza. Es muy interesante la relación que tiene Ana con los objetos, ya que esta facultad de entregar y poseer se exacerba en el momento de la revelación, como si en la misma relación que tiene con ellos se manifestara aquello “femenino” que no se presta a escuchar, ya que las acciones domésticas le permiten evadir el misterio que amenaza con revelarse. La hora peligrosa emerge cuando los objetos de la casa libres de polvo cuestionan lo femenino, lo dulce insoportable. Cuando finaliza la acción doméstica aparece el tedio, el dolor de no sentirse necesitada. Por ello es mejor perderse en las actividades cotidianas y recibir con agrado a los muebles que vuelven arrepentidos cubiertos de polvo cada mañana para inscribirse en el presente continuo, para suspirar casi con satisfacción y asumir con altivez su destino de mujer tan natural que parece inventado por ella misma.
La revelación espera soterrada en el cosmos, el viento la transporta como un susurro que la mujer evita escuchar cosiendo una cortina o cerrando la ventana. El viento le recuerda en un día caluroso que si quiere puede enjugarse la frente, mirando el calmo horizonte. Como un labrador. La naturaleza se presenta amenazante porque es ella la que oculta la negación del ser mujer, la posibilidad de quebrar el caparazón y revelar el ser.
Cuando Ana sale al exterior es que descubre aquella verdad, es ella en el exterior quizás en el sentido que menciona Bachelard, el de explotar hacia el exterior en reacción a las concentraciones en un rincón del ser. Pero ¿quién es ella? ¿qué es lo que se revela?
La revelación se desencadena a través del encuentro de Ana con un ciego y aquí debemos tomar en cuenta la idea de que una conciencia cerrada por sí misma, habitada por imágenes, nos limita, nos empuja hacia lo que somos, a volver sobre nosotros una y otra vez, a apartarnos del otro, a volvernos seres apartados. El que Ana no sea vista, es decir, no se haya visto encerrada como las cosas en su representación, no es gratuito. Inclinada miraba al ciego profundamente, como se mira lo que no nos ve… y el mal estaba hecho. Se hace consciente de no ser representada por no ser vista. No es como la mirada burlona de la gente del tranvía que juzga su inapropiada agencia femenina, al ver que se le han roto los “huevos que llevaba en la bolsa”.
Luego del encuentro con el ciego, la protagonista ve exacerbada su sensación de entrega como un darse entera al mundo a través de la piedad. Había lugares pobres y ricos que necesitaban de ella. Ella precisaba de ellos. El espacio íntimo se ve trastocado por el espacio exterior como si estuviésemos ante el despliegue de un espacio único en el mundo, ante la invasión del espacio íntimo y la ruptura de los límites. El calor se volvía más sofocante, todo había ganado una fuerza y las voces eran más altas…, la piedad la sofocaba…, la bondad, extremadamente dolorosa.
Expulsada de sus propios días llega hasta el jardín botánico. ¿El paraíso? No como un retorno, abandonada al sordo apetito de la naturaleza, lejos de aquel espacio de protección que equivale a lo humano.
Lo vasto se manifiesta como una llave del universo y de las profundidades del alma humana. Se expresa –además  en las miniaturas. Por ejemplo, en el jardín botánico la tranquilidad tiembla con el rumor de las mil vidas, todo el jardín era triturado por los instantes más apresurados de la tarde. Como si poseyera una lupa, Ana es sensible al trabajo secreto del jardín, a los sonidos mínimos que dan cuenta: los troncos eran recorridos por parásitos con hojas y el abrazo era suave, apretado.




El poseer, rasgo de su relación con los objetos de la casa, se exacerba ahora con la forma del “devorar” propio de la naturaleza ¿O acaso la posesión per se no lleva a la destrucción del objeto? La naturaleza devora y estamos a merced de su sordo apetito que no distingue individualidad, ni justicia, ni ley humana. El asesinato era profundo…, la moral del jardín era otra.
La inmensidad, como mencioné, está en la protagonista como un ser sin límites. Reconoce el llamado de la vida como el llamado que la luna hace al hombre lobo. Reconoce “hambrienta” que la vida es horrible, peligrosa, y con horror descubre que pertenece a la parte fuerte del mundo. Que por cualquier movimiento en falso, podría aplastar a uno de sus chicos, así como había ocurrido el pequeño asesinado de la hormiga en su cocina. Que en su propio ser radica la disposición imperiosa de las cosas. Que cada cosa finita la aparta de aquel infinito al que pertenecen las cosas. Que es excluida de lo infinito de las cosas por la forma como las introduce en el mundo a través del uso, de la producción y la posesión. Por último, que el amor te lleva a la necesidad de poseer, y que poseer también es devorar.

Salud.


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