martes, 10 de enero de 2017

Un espejo de agua (negra), quizá: Sobre el legado de Alejandra Pizarnik, en diálogo con Ana Negro

Imágenes que comprometen ecos propios...; de eso va...
Cuestionamiento a través de la afirmación. Claro que no pretendemos absoluto– coincidimos –, pero está la firmeza:  principio, sí, para cuestionar. Hacer rumbo implica, por ejemplo, apartar ilusiones, decorados..., o acertijos de interpretación que distraigan de que una farsa sea solo eso: bajo la etiqueta de arte por el arte, forma por la forma: trampa de estetas. Pero hay más: La justificación por identificación, – trampa de reflejos, y la atribución errada de virtudes...
Ana Negro. Grande. Sé que le gusta Pizarnik. Ella sabe que me pregunto más sobre dicha autora como personaje que sobre otras oscuridades a partir de sus textos. Serena, firme, marca con decoro:

Despojada de formación literaria, no podría jamás acercarme a ella desde esta perspectiva. Probablemente, desde ninguna...

(Sonreír, acaso.)
El reconocimiento de dicha condición – de Pizarnik distante, redunda  identificación. El grado de aproximación es asunto más específico. La lente cuenta el rayo.



Pizarnik es una creadora a quien no puedo acceder. Porque en ella escribe la locura. Y es casi imposible concebir la creación sin distancia, sin separación que permita la metáfora. En ese sentido, la obra de Pizarnik es una obra quasi imposible. El trabajo hecho por la poeta bajo esas condiciones psíquicas solo puede concebirse a partir de una lucidez y talento excepcionales, con los que resistió lo suficiente como para parir una obra.

O a través de la cual la concibió...
Lo mejor de uno va en ello. Cuanto conocemos como desequilibrio no es en realidad – otra realidad, o simplemente una fuerza paralela; de ello el miedo de todo mundo a ingresar en tratamientos, a aceptar – la necesidad: Hay consciencia de que – es uno y el mismo, también: su imagen, de pronto, bajo la calificación de insuficientes: un todo como poco y/o apenas...

Pizarnik plantea para mí una imposibilidad por el simple hecho de no haber estado personalmente nunca allí. ¿Cómo aproximarse a una experiencia radical que, por estructura, no experimentaremos jamás? Pizarnik es el trabajo de las palabras en el lugar donde la palabra es imposible. Articular las palabras donde solo hay comunión con el silencio:



silencio
yo me uno al silencio
yo me he unido al silencio
y me dejo hacer
me dejo beber
me dejo decir

Los matices son a veces también – sombras (más allá de la óptica, solamente)... La oscuridad es ausencia de luz, pero hay campos en que la luz reacciona diferente: gana o pierde gamas de lo impropio de su haz original. Combinación, y refracción. Depende también del ámbito de nuestra propia visión... Y hablamos de mentes. Complejidades y complicaciones.

Quien contempla – íntegro, toma lo que viene. Acepta... y se asombra. Sabe que es en sí mismo, digamos, otro complejo, no solo lente; de modo que cada color volverá a cambiar a través de él..., que es probable que donde no pensaba posible un tono, – aprenderá a verlo  por contraste.
Intercambio. – Experiencia.

En Alejandra Pizarnik no hay posibilidad de juego, no hay, creo, nada que no sea literal y eso es lo que me impresiona.



Cómo logró trabajar las conexiones que sobrevivieron a la devastación, y construir toda una arquitectura simbólica. Allí donde el cuerpo había sido capturado, donde se imponía el dolor psíquico, resistió hasta el límite y para cuando el goce la devoró, una obra poética había sido plasmada.

En ella, dices, y bien. Porque la luz toda no es propia del lenguaje, sino de una condición – conducida a través de este, en poderosos chispazos... Su legado cuestiona sobre las posibilidades de los códigos convencionales, aunque quizá más aún las de la interpretación de cuanto se omite, al amparo de la imagen del personaje Alejandra, a sabiendas de su particularidad tópica, digamos.
Su escritura arde, cierto. Pero, la luz toda... Ojo.

Cuando digo no haber estado allí, me refiero a la mirada mortífera de la Gorgona, que no le fuera ahorrada a ella. Y entonces pienso en Celan, el poeta que blandiera la palabra como gesto definitivo de venganza, en la lengua del verdugo, venganza de la imposible lengua. Venganza definitiva y terrible que torna secundaria la muerte del poeta, suicidado (también él) en las aguas del Sena. Allí encontramos, impiadosa, la mirada de la Gorgona en las serpientes del cabello de Margarete. Mirada en reversa, mirada que ya no es petrificada por el monstruo sino que se levanta como voz de los espectros que acusan al verdugo hasta el fin de los tiempos.

Reversa, reflejo... Adónde alumbra...
Tú ves, Ana, y distingues.
(Detenerse por creer haber encontrado a un par,  masturbación...)
La imagen de la autora ha resultado a menudo pozo apropiado para abrevar de  reflejos potenciales; conjeturas, sin ir más hondo, pero sí más lejos... Si cabe.
(Quien enfrenta al que ve lo mismo que uno y acepta su silencio, dejando que este acaso pliegue las diferencias, acepta, confía..., aprende, también a callar.)
Los textos de la Pizarnik como bordes del espejo refractante. Su obra, – proyección: un espejo de agua.
Tal representación, me parece, se sostiene mejor que la de una obra compacta, un prisma capaz de concentrar en la cuestión, sin restar amplitud, polisemia, desde luego, pero más claro en cuanto a intención...
Representa también, quizá mejor, la vulnerabilidad con que enfrentó – el duelo: – Un alma no se petrifica...

Una Gorgona más personal..., más de historia personal aún cuanto imposible sustraerla del contexto histórico, de su origen, de las huestes del nazismo azolando Europa en los tiempos de su infancia.
Y entonces tengo la impresión (sólo la impresión) de que su canto es otra cosa que un gesto de venganza. Un testimonio de aquel que ha visto y da cuenta a la especie de lo que la especie es...
Pero hay más. Da cuenta de una suerte de horror de existir, personal, privado. Igualmente terrible. Honesto en el sufrimiento, lúcido y exquisito en la resolución, en particular de

Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío.
Es el instante de poner cerrojos a los labios
Oír a los condenados gritar
Contemplar a cada uno de mis nombres
Ahorcados en la nada

Como parte del contexto tenemos que contar también al Psicoanálisis..., y la posibilidad de cada quien de una épica personal. Cuentan más las tentaciones para la identificación simple...
Pizarnik supo vestir ecos de un horror, sin pretender hacer de ellos la música propia de lo horroroso. Pero no alcanzó a silenciar las vibraciones con que otros se sintieron, desde luego, invitados a ver dentro sí un horror igual, no semejante, como corresponde salvando las distancias..., impostando en el afán una suerte de compasión llena de idealizaciones.
Se me viene a la mente una sentencia de Lucia Berlin en unos de sus cuentos: Cualquiera que diga que sabe cómo te sientes es un iluso...

Suele concebirse la infancia como el tiempo y el territorio que marcan el devenir. Tener un lugar a donde retornar, una suerte de tierra prometida a donde poder regresar. Regresar a ese tiempo es una vía regia en el trabajo de la creación. Cuando se lee a Pizarnik impresiona la presencia del cuerpo mortífero y del miedo que impregna toda la obra y que se parece más al horror invalidante. El miedo que los maestros orientales vinculan a la locura. El miedo que atraviesa el cuerpo de Alejandra desde su infancia:

Yo no sé de la infancia
Más que un miedo luminoso
Y una mano que me arrastra
A mi otra orilla
Mi infancia y su perfume
A pájaro acariciado

Pizarnik fue capturada por un horror otro que Celan, sin embargo:

Una mirada desde la alcantarilla
Puede ser una visión del mundo
La rebelión consiste en mirar una rosa
Hasta pulverizarse los ojos.

Entonces, también ella testimonia. Es genuino el dolor, no hay puesta en escena. Le han dejado a Alejandra un espacio mínimo. Una distancia apenas perceptible ha quedado entre el Otro monstruoso, su Gorgona privada, y ella. Suficiente para construir una obra. Una obra trágica y literal en su culminación autodestructiva.

Con lo que se resuelve el amparo de su escritura como etapa en una – consumación...
Satanización de la violencia, de una parte. Idealización de la plenitud, de otra... Lo cierto es que ni aquella ni esta importan en sí mismos un valor de resta; son, y por ende, transforman, – afirman y determinan de tal modo, nuevos periodos...
– Pizarnik como resultado, su – imagen personal como obra...
Terrible...

No la muerte como la Duras anticipa la suya propia (cuando yo muera, no moriré a casi nada pues lo esencial de lo que me define habrá partido de mí. Solo quedará por morir el cuerpo). Muerte de quien se va “despoblando” de manera progresiva en su obra y anticipa la partida natural del solo cuerpo físico. La muerte de Pizarnik es forzada, no tiene chances estructurales de producir obra sin sacrificio literal del cuerpo físico.
¿Fracaso? Locura. En ese sentido sin posibilidades de elección.



Afirmación, pareciera...

Un artista hace lo que tiene que hacer. De eso se trata siempre. Con lo que tiene y sobre todo con aquello que le ha sido sustraído o que nunca fue parte de su ser.

El legado de Alejandra resulta en una permanente evocación de la consumación que refieres. Visto así, cuestiona la naturaleza humana, su resistencia, y la posibilidad de convertir su extinción en – trascendencia... Pero a esto último, sí que hay respuesta y Alejandra la dio..., acabando de tal modo con toda posibilidad de diálogo a propósito.
El silencio que sigue a la muerte de la autora carece de elocuencia, no invita a preguntarse sobre ningún significado. La muerte – es, la vida, lo mismo, como hechos. Su sentido es otro asunto y al respecto Alejandra encarnó una opción netamente personal, sujeta, claro, a sus graves circunstancias. Ninguna otra pregunta a propósito de adónde lleva nada...

Creo que Pizarnik no pudo haber construido una obra distinta, menos oscura, menos iterativa en lo mortífero. La proximidad de la Gorgona desde su infancia le dejó solo un desfiladero. Supo, quiso y pudo, a pesar de ello, construir un corpus poético aun cuando no, sustraerse al horror inicial que marcó su sino:


Simplemente no soy de este mundo… Yo habito con frenesí la luna. No tengo miedo de morir; tengo miedo de esta tierra ajena, agresiva… No puedo pensar en cosas concretas; no me interesan. Yo no sé hablar como todos. Mis palabras son extrañas y vienen de lejos, de donde no es, de los encuentros con nadie… ¿Qué haré cuando me sumerja en mis fantásticos sueños y no pueda ascender? Porque alguna vez va a tener que suceder. Me iré y no sabré volver. Es más, no sabré siquiera que hay un “saber volver”. No lo querré acaso.

Bien decías del horror, el miedo...
La interpelación a partir de la escritura de Pizarnik tiene otro filo: Optó ella por la afirmación del testimonio. A la muerte, se rindió. Inevitable. Pero en el camino, la carrera, tantas páginas, por lucidez, precisamente, hubo, con el extrañamiento,  resistencia: evidencia del sacrificio... Lamentablemente, ritual para los estetas...
Ruido.

Es conmovedora la resistencia que opuso hasta el final. No se trató de venganza en su caso, no testimonió del horror colectivo sino personal. Tal vez no se diferencien tanto al final del recorrido. No lo sé. Los ríos tienen dos márgenes y no se está nunca en ambos a la vez. Siempre se elige.

La entrega es diferente.
Entregar la propia muerte, como Celan, vivo  en sus escritos. Humildemente. Inmenso...
Trascender. Quien afirma y se realiza es siempre – voz, canto, no condición, no víctima...
Consistencia del prisma que supo construir luchando... ya que felizmente él sí supo y pudo trabajarlo más que ella... Nos vale a todos por triunfo, al punto que su suicidio no es referente principal a Todesfuge, canto vivo por sí solo... Lo mismo que el resto de su obra.
Habría quizá que ver del mismo modo, puramente como entrega, como bien haces, la herencia completa de Alejandra...

Si tuviera que elegir de su producción me quedo con sus poemas y en particular con El Árbol de Diana...

Un sentido, el sentido...
Recuerdo, del prólogo de Octavio Paz para la edición de Sur; veo cómo calza:

Cristalización verbal por amalgama de insomnio pasional y lucidez meridiana en una disolución de realidad sometida a las más altas temperaturas. El producto no contiene una sola partícula de mentira. (Bot.): el árbol de Diana es transparente y no da sombra. Tiene luz propia, centelleante y breve...
... basta recordar que el árbol de Diana no es un cuerpo que se pueda ver: es un objeto (animado) que nos deja ver más allá, un instrumento natural de visión. Por lo demás, una pequeña prueba de crítica experimental desvanecerá, efectiva y definitivamente, los prejuicios de la ilustración contemporánea: colocado frente al sol, el árbol de Diana refleja sus rayos y los reúne en un foco central llamado poema, que produce un calor luminoso capaz de quemar, fundir y hasta volatilizar a los incrédulos. Se recomienda esta prueba a los críticos literarios de nuestra lengua.

Señalar el carácter sustantivo del trabajo de Alejandra, su carácter – de obra, e instrumento. Más, de posibilidad...
Saber ver a través de su voz, y omitir el ruido de las ajenas que reclaman  reflejos, y cargan más allá de la entrega que realizó Pizarnik, – su sacrificio por otros: idea espantosa.
Distinguir de la seducción:

6
ella se desnuda en el paraíso
de su memoria
ella desconoce el feroz destino
de sus visiones
ella tiene miedo de no saber nombrar
lo que no existe

la posibilidad de una comunión en el silencio...


11
ahora
en esta hora inocente
yo y la que fui nos sentamos
en el umbral de mi mirada


Decíamos de distancia, en un principio;
es que hay tanta interferencia.



Tú, Ana, acercas, aceleras...
(– Vértigo.)


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