miércoles, 21 de diciembre de 2016

Voces de adentro, y afuera: Sobre Todos los hombres del Rey, de Robert Penn Warren, en diálogo con Roberto Zeballos

Todos los hombres del rey. Inmensa. Nada más con este título, Robert Penn Warren se habría asegurado ya, la enorme admiración de que goza entre conocedores. Pero hizo más. Poesía, crítica... Antes y luego. Coronó, digamos, pese al anacronismo que implica tal afirmación, su rica carrera, con esta novela clásica.
Válido abordarla como punto de partida, y volver al cabo del resto, a sumar de nuevo... (Ah, – esta clase de implicancias con el autor, más de una vez.)
En fin, recomendársela a Roberto. A sabiendas que vendría luego la conversación. Con la nueva edición, restaurada, – qué mejor...

(Comentario del catálogo de Anagrama:
Willie Talos –inspirado en una figura histórica, Huey Long, el célebre y discutido gobernador populista de Louisiana – es un personaje de poderosa y compleja personalidad: orador amado por las multitudes y dictador sin escrúpulos que se mantiene en el poder mediante la corrupción y el chantaje. Robert Penn Warren ha escrito una de las grandes novelas políticas del siglo XX y una original exploración del tema inagotable del conocimiento de uno mismo, donde se entrelazan varios destinos. En el centro, Willie Talos, abogado de origen humilde que llegará a gobernador del estado, que seduce a Anne Stanton, a su hermano Adam y a Jack Burden, los insatisfechos hijos de las familias poderosas del estado. Adam Stanton es el idealista puro y Jack Burden es un desarraigado que pretende ser sólo un espectador inteligente.)


Un par de semanas, tras la rumia y el paso por una buena decena de libros para aderezar el intervalo, – café por medio...
– Qué me dices...

Esta es la historia de Willie Talos, pero también es mi historia. Comencemos por aquí. Si bien se parte de la idea que estamos ante una novela sobre la política americana y el personaje de Willie Talos (o Huey Long), me he quedado con la impresión de que se trata principalmente de Jack Burden, quien lleva todo el peso del relato. Que ha asumido la responsabilidad de este en un sentido muy particular.

– historia, – testimonio. Historia. Experiencia...
Pero, como se trata de una obra mayor, el ciclo no es tal. La afirmación, arriesgada, mucho, es otra. Por principio se desarrolla un juego con el propio tiempo, y se cuestiona el destino a partir de la voz narradora, del mismo modo en que se conviene, la versión oficial de los hechos – va por el vencedor histórico.
Pero, ¿quién gana aquí? (Más aún, en el mismo sentido: ¿cuál es el valor que determina el triunfo, y es pretendido?)

Uno de los aspectos más interesantes de esta novela es, precisamente, el de la problemática de la narración de los acontecimientos. Ello, por la postura del personaje-narrador Jack Burden, quien problematiza una y otra vez la pertinencia, la veracidad, el valor de su relato: El hecho de mi ignorancia durante el curso de los acontecimientos de cada día crea un problema peculiar.
Los sucesos son “apariencia”. Lo son debido a que el narrador carece del conocimiento de la “lógica” propia de ellos. Esta lógica se entiende como ciertos “principios” en los que subyace su “realidad”. Narrar en términos de esta Realidad, entonces, significa narrar de acuerdo con ciertos principios y de acuerdo, además, con un conocimiento de esos principios adquirido a lo largo de los mismos sucesos que se van a narrar.
(Podríamos decir también dar una forma a la materia masa in-forme  de los acontecimientos. Narrar implica siempre dotar de una forma, crear una forma para los acontecimientos que los hagan comprensibles. ¿Pero esa forma es un añadido o subyace en los acontecimientos? Aparentemente la opción de Warren es la segunda.)

Principios, y valores... Cuál, decía...
La validez, el grado de credibilidad, – a partir de las implicancias para el propio narrador, su compromiso – por fragilidad. Honestidad (!), – fácil decirlo...
(Ahora bien, ojo, todo esto, para – ficción (!!)... Warren construye un complejo aparato, sin pieza suelta, sin repetición redundante, sin guiño vano, – a completar – proponer – una verdad, al margen de la Historia, y de – su propia historia.)

Al narrar en los términos señalados, percibidos a posteriori, se percibe que algo está mal: puesto que en el arte, como en la vida, hay un “pecado” contra la Apariencia, como un “pecado” contra la Realidad. ¿Qué es lo que está mal?
Debemos en este punto considerar que la problemática que se plantea Burden no es solo la de su papel de narrador. Hay un involucramiento muy profundo de Burden en los acontecimientos narrados, al punto de que Burden cambia en el trascurso de la narración, como consecuencia de lo que le sucede. Burden declara que no conocía algo, y que la vida y la muerte de los protagonistas de la historia (sus amigos) le hacen conocer “una verdad”.

Algo que anda mal...
Warren plantea la cuestión como trampa: Ahí, el tino del poeta para la insinuación – seducción por gracia del lenguaje y la disposición de términos a través de un discurso denso precisamente por eso...; aunque apenas y se perciba dicha causa sin la atención debida...
Tomando en cuenta las hondas consecuencias del engañoso postulado de Warren, situando en estruendoso entredicho, además, posiciones universalmente asumidas como apropiadas – hasta hoy (!!!), llama la atención por la sencilla contundencia de su propuesta: modo, lenguaje, Oficio – Arte en la sutileza del juego, a través incluso de la jerga..., de hoyos en la lógica y el aparente olvido...
Bajo un rayo generoso: – Esencia del siempre tremendo afán histórico: registro para la enseñanza. Valor del testimonio, y la pretensión de objetividad a través de la encarnación supratemporal con animus historicista; la renuncia a esta última posición (la que curiosamente pinta de vía para la inmortalidad de la novela), en entrega al desarrollo de un aprendizaje.

El problema radica en si es artísticamente correcto contar todo desde la comprensión de esta, la verdad adquirida al cabo. ¿Por qué no sería correcto? “En el arte, como en la vida”, contar las cosas únicamente desde una comprensión final implica una traición, una traición a las apariencias.
Pienso aquí que la narración literaria no puede omitir las apariencias, porque se convertiría en un relato didáctico, apologético. El reto del narrador es el de no olvidar la perspectiva de las apariencias, para seguir siendo fiel al arte (y a la vida).

Aprendizaje, lejos de la pedagogía – y la demagogia y la pedantería. Como experiencia...  del cuestionamiento, por comunicación...
(Cosa de recordar: la experiencia artística importa penetración en la cuestión, a través del medio elaborado – por oficio. Se ve más allá, – se aprende.)
Warren desarrolla a través de su juego (con el que interpela indirectamente, también, y justamente por deshonestidad, a Talos), la posibilidad de un nuevo mito para el trazo del destino...

La forma de la narración debería estar, entonces, determinada tanto por la compresión posterior de su lógica, como por el efecto que tiene el no-poder-comprender esta lógica mientras suceden los hechos. La apariencia significa la ausencia de una lógica, y así, de un vacío de sentido, y –siguiendo a Burden– de una ausencia de responsabilidad, y por ende –finalmente– la supremacía de una condena preestablecida.
Esta condena adopta forma de dicotomía: no es posible reconciliar dos extremos, el ámbito de las ideas y el ámbito de la acción. Otra forma en que esto se manifiesta es la afirmación de que, en el ámbito de la acción, cualquier cosa que pueda considerarse como buena necesariamente se crea a partir de lo malo. Asimismo, conduce a la desesperación de Burden –nadie tiene responsabilidad por nada, llega a afirmar – cuando descubre la relación de Anne Stanton.

Es Robert Coover en La hoguera pública quien subraya eso de que en política la gente no vota a favor de una propuesta, si no contra una amenaza..., ánimo que conviene azuzar. – El mal radica en esta forma de decisión, no en la supuesta amenaza: esta puede ser, suele ser ficción.



Hondo...
La auténtica Tentación: – ultrajar las posibilidades de la vida por la negación de lo que supuestamente la amenaza. Cuán distinta la afirmación quiero vivir, del clamor no quiero morir. En este último caso, cabrá, no, más, se recurrirá al sacrificio por impulso ciego, ya que se marcha de espaldas, a la nada (por elección de nuca)...
Las normas, conviene tener siempre presente, se conciben también de dos modos: como medios o como límites. En el primer caso, contemplan la posibilidad de excepción desde el principio en tanto y cuanto aportan a la obra sin desmedro de otros . En el segundo, son en sí mismas negaciones. No cabe el perdón. No amparan por sobre la negación primaria...
Qué de extraño puede haber en que Lucifer encontrara injusta la plena gracia de los seres humanos... si humanidad es tragedia por duda, falibilidad, fragilidad, proceso en sí misma y ampara por ende, error...
Qué de extraño en el planteamiento de el Árbol de la Vida y el Árbol de la Ciencia...

Lo más importante, sin embargo, es que al final se arriba a una forma de conciliación en la que se conjugan dos movimientos: aquel por el que Burden alcanza a comprender que “la manera en que vivieron” sus amigos manifiesta una negación de la imposibilidad de resolver aquellas dicotomías –y por ende Burden renuncia a su propio escepticismo ; y aquel por el cual Burden resuelve cómo hacer la narración de los acontecimientos, y en cierta forma justifica su propia decisión de narrar resolviendo aquella inicial imposibilidad.
Quizá la mejor expresión de ello está en el diálogo final de Burden con su madre: no debía hacer esto y lo otro; pero lo hice; y ahora sé. Esta posibilidad de “saber” es lo que resuelve el dilema.

Afirmación por doble negación. – Humanidad, decía...

Según esta perspectiva hay una cierta inevitabilidad de las “apariencias”, en el sucederse de los acontecimientos, pero ello no impide alcanzar un conocimiento acerca de cómo debieron darse las cosas “en realidad”; en esa reflexión se basa la idea de “responder” por las cosas que han pasado... It might have been all different, Jack.
Así también en la narración (“en el arte al igual que en la vida”): el relato no debe omitir el peso de las apariencias –dejar de expresar esa condición del sujeto ante el sucederse de lo inmediato–, pero tampoco evitar la idea de un sentido, de una comprensión a posteriori, que consigne una forma racional, o una interpretación de lo narrado más allá del mero recuento de eventos.

Compasión...
Aunque pueda parecer descabellado, buena parte de los seres humanos, inevitablemente, contra el reflejo de evitar ver en lo hondo de la propia finitud, vislumbramos esa tremenda cuestión de escalas... El asunto, luego, es no evadirse.
El narrador nos acerca a través de su propio yerro, sin justificaciones, – como con una simple secuencia de hechos, con una voz acaso cínica. La del periodismo. La de la investigación de bajos fondos. La de muchos historiadores. La de la política. Se guarda de revelar al cabo su propio aprendizaje, para no estropear el nuestro.

Esto se traduce, por ejemplo, en el reconocimiento de la existencia de una división, una “agonía de la voluntad” en los protagonistas. Se podría traducir en el reconocimiento de la posibilidad de “obrar de otra manera”. Esta especie de vacío –la constatación de este vacío – a través del que se tensa la voluntad – en el aire, por así decirlo , y en el cual ya es posible negar la condena o la arbitrariedad (The Great Twitch) es lo que, asimismo, posibilita dar forma a una narración por la cual, finalmente, se comprende que al poder haber sido las cosas de otra manera, es inevitable hablar de una responsabilidad, y reafirmar, en consecuencia, la capacidad creadora del ser humano: la capacidad de dar forma a ese vacío en el que se tensa la voluntad, y en el que agoniza la voluntad.
El contraste, así, dota de lógica, de una explicación a los eventos, pero a su vez recordemos  se produce como consecuencia de haber vivido los acontecimientos, de haberse sometido a ellos, de haber experimentado la agonía de la voluntad, de haber alcanzado un conocimiento a posteriori... No sabía, ahora ya sé.

(Pedimos más café...)

Recuerdo de otras conversaciones a propósito de este mismo tema, eso de ciertas nuevas tendencias...
Pienso en Limónov...

Todo esto difiere enormemente de lo propuesto a través del personaje-narrador Carrère, el cual omite toda idea de un involucramiento que implique experimentar la narración –los sucesos– desde la propia agonía de la voluntad, del vacío que implica “la posibilidad de obrar de otra manera”, ya que hay un desinterés fundamental por la verdad en el sentido de esta posibilidad de contraste.



Carrère pretende una experiencia diferente. Y cuestiona a través de la ficcionalización por método de una realidad controversial. Su visión cala a partir de las dudas que acercan al propio Emmanuel al increíble Limónov, y, paradójicamente, de la distancia que deja por medio para que nosotros caigamos en la cuenta: ¿qué tan válido es esto?, ¿de qué forma me convence?; como en efecto te has preguntado tú y todo buen lector...
Cinismo, sí, pero expuesto, en efecto, para la cuestión con la que desafía: cuestionando quizá – la irrealidad, tan atractiva...

La vigencia de All the King’s Men es la vigencia de la ficción narrativa tradicional, en la que se asume la “irrealidad” de lo narrado a fin de elaborar una forma que explique una “realidad” subyacente a los acontecimientos ficticios; en contraste con la negación de la irrealidad en las “no-ficciones” de Carrère, en las que a su vez subyace una ausencia de compromiso con la tarea de explicar la realidad que se narra, y a veces de la misma tarea de confirmar la veracidad de los acontecimientos. Así por ejemplo, en su recensión sobre Limónov, afirma Julian Barnes que Carrère declaró que no podía calificar a su libro como biografía porque no se había molestado en chequear la veracidad de los hechos y dichos del protagonista.
Concluye Barnes: Whenever his mother comes into the story, occasionally offering her professional opinion about the history or current state of Russia, she sounds cogent, accurate, unswayed by romantic admirations, and well able to make up her mind. Perhaps she would have written a better book than her son.

La potencia de Carrère radica en que la realidad, inaprensible, lejísimos del realismo como corriente, implica interpretación... y la posibilidad de creer lo que uno quiere creer, engañándose..., errando, dando pie así a otra posible realidad..., ello,  implicando desde su propia voz, solo en apariencia distante, y por tanto, tendenciosa, provocadora...

El autor aclara siempre que escribe sobre hechos reales, a partir de ellos. Pienso en sus notas sobre Werner Herzog en ese mismo libro y cómo, tan sutilmente, traza un arco similar al que refieres de Todos los hombres del Rey...
Su compromiso se nota más bien inevitable, ineludible para él mismo, sometido por la realidad que invoca y hasta lucha por deformar, interesado en otros fines menos nobles...
La tentación de esta nueva forma difiere, desde luego, del anzuelo de la novela clásica en general (aunque, bueno, el mismo Carrère subraya, no hace novela), y de la del magistral Warren en particular; no obstante, considero importante atender que también toma distancia – y mucha  de ese nuevo movimiento de vacuos testimonios que apenas y suman reflexión diferente a la de las noticias más o menos bien contadas por la tele... sobre Noruega o periodistas de por estos lares...

(La ciudad levanta el manto sobre sus más densos rumores.

Nosotros acabamos una taza más, cada uno.)

El loro de Flaubert sigue siendo quizá el mejor libro de Barnes. No es novela. Tampoco ensayo. Sí, refiere hechos reales, y suma con humor tanto de ficción y sola probabilidad, dejando abierto el espacio a tantos vínculos posibles entre personajes, a partir de la pasión del investigador...

Quizá él mismo pudo haber escrito un mejor libro sobre Flaubert de haberse limitado a hacer Historia e involucrarse más – explícitamente; pero a quién le importa luego de haber leído ese breve "experimento"...


***

Todos los hombres del Rey. Provocación. 

Lejos, lejísimos de acabarse, de ceder el paso a nuevos textos en el mismo archivo..., hace más fértil, a través de los cambios que provoca en la propia visión, lo demás...
Y aprendemos...
Hermano, siempre es un gusto.


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