lunes, 26 de diciembre de 2016

El frío de la piedra, el candor de la locura: Sobre la obra de Tamara de Lempicka, en diálogo con Ana Negro

Dijimos del asunto de Tamara... Fue por un comentario contundente, apenas a mención de su nombre.
Ana Negro. Pues, una visión atravesada por la experimentación, me aclaras. 
Y bien lo sé. Franqueza luminosa, a veces como destello – de fuego de arma...
Ante los personajes de los cuadros, nunca al pie de ellos, pese a su porte monumental, para dialogar. A ver qué...
Una taza de café en la mano. Expreso.
Sus pasos seguros. – Voz que se abre paso...
Ah, un gusto...

Siempre a rigor de verdad, es así, pero tratándose de este quehacer, más aún, más...



Tú lo has dicho, Tamara fue un personaje, un personaje que de una manera u otra trascendió, ergo, en algún punto cumplió con su objetivo y en ese sentido tuvo éxito. La cuestión es que ese punto no significa demasiado. Por afán de complacer supo leer en su tiempo el gusto de cierto estrato social y, acompañado de un dominio técnico que no puede negarse, responder con éxito a la época.

Asunto de gusto...,  decir acaso poco... Lo que hizo ella gustó porque representó, a través de un complejo juego de referencias plásticas, un afán de espíritu seriamente objetable, sí, pero trascendente en su carácter elemental a la propia época. Hoy mismo, sus cuadros seducen por razones casi idénticas a las del pasado.
La cuestión que importan una y otra vez: si la magnificencia atribuible a sus criaturas corresponde propiamente a humanidad...
Los cuadros nos enfrentan. (La profundidad sí que es relativa.)

La interrogación que se me plantea es: ¿Qué es lo que estuvo en juego en esa obra?
Comparto la concepción de la creación que tiene la Duras . Cuando habla de los libros y de la escritura manifiesta algo así como que hay dos categorías de escritores: unos para los cuales los libros producen como una sustracción del cuerpo, como un “ despoblamiento” progresivo del cuerpo (se incluye ella en esta categoría), la segunda es la de aquellos para quienes la escritura es un mero “ ejercicio” del cuerpo. Allí no hay pérdida, solo ejercicio del oficio.



Objetar las motivaciones del proceso... Pero el motivo de la obra es la efectiva comunicación de la cuestión. Se trata de arte. Tenemos, para empezar, el asunto de Si aquella magnificencia... Duda concreta, para la época y para los patrones de elegancia, por ejemplo, aún hoy. Alude a nobleza y a una suerte de derecho divino, patraña, algo terrible, trágico, siempre.
Los personajes de Tamara, por principio, son inmortales. Monumentos, cada uno. Como tales, lejanos a la crítica de las personas reales, criaturas complejas, que retratan o, más bien, en que se inspiran; encarnan, digamos, un ideal de esencias superiores, acaso. Mas, en virtud de qué... Qué mito...

De Lempicka evidencia un saber hacer indudable, una técnica exquisita, pero también una complacencia que siempre está asociada por definición a una anteposición del gusto del Otro que condiciona la obra. Hasta el nombre del estilo a que se dedicó evoca la complacencia: Déco. Ornamento.
Entonces, no se percibe la necesidad, la tensión del vacío donde la forma es creada .Tal vez , aventurando, simplemente porque la pintura era para la artista un ejercicio gozoso del cuerpo. Personalmente creo que la complacencia obtura el goce y lo que queda es el regodeo gozoso que es bien otra cosa.



Pocas expresiones culturales transparentan con tanta claridad los valores de una época, las pretensiones, tanto como las concepciones arraigadas de las que incluso obstruyen el desarrollo, una idiosincrasia y, sobre todo, la composición de una sociedad, como la arquitectura...

El afán de monumentalidad, par a la de estos personajes glamorosos, pretende en efecto elevar el signo de los anhelos, más bien como logro, sobrepasando su época, exponerlo como obra de un designio superior a la voluntad de los hombres o como elevación, una vez más, de esta, al nivel de lo inmortal. Prosperidad. Perdurabilidad.
Importante atender como elemento de esta misma visión, cierto tedio (contrastado solo por voracidad, pasión) en las criaturas... En efecto, son diosas, dioses...



Creo que en la creación no hay complacencia posible. Se pone todo en cuestión cuando el deseo que se satisface es el del otro. Y entonces deberíamos plantearnos qué es un artista, que es lo que hace un artista cuando “hace obra”.

Siendo entrega, que no sacrificio, la materialización de un deseo, por bajo que este sea, habrá de cobrar valor  por otro motivo: en qué medida, digamos, cuán hondo cuestione tanto la realidad de que surge, como la naturaleza de los sueños a que da vida – su visión.
Recuerdo un pasaje de Conversación en La catedral en que el tirano advierte a su hueste de no meterse con los vicios de aquel a que tenía a merced. Los vicios suelen entrañar los motivos más profundos, y la clave del rumbo para dejar la banalidad con que, por otra parte, "lumpenizan".



El anecdotario de la vida de la artista es otro asunto. Ningún juicio de valor al respecto. La vida de los artistas es absolutamente secundaria y poco interesante cuando existe una obra genuina. Cuando la obra es, centralmente, la vida misma, cabe preguntarse donde se aloja la creación.
La cuestión es que en esta obra me resulta difícil percibir la herida de origen, no se la ve en los cuerpos desnudos, no se la palpa bajo los ropajes o los maquillajes perfectos de las figuras hieráticas. Es una impecable puesta en escena, pero lo que sucede o no en el anverso de la escena me resulta esquivo.

(Las posibilidades del diálogo surgen de la diferencia.
A menudo es la lente...)
Tamara encarnaba en muchos sentidos, más que un ideal, si bien solo por momentos, ante espejos, seguramente, mientras durara la embriaguez estimulante, droga, y en el brillo de los ojos de los demás, y lo halagos, el espectro de un deseo de misticismo primitivo, perverso. Y lo sabía.
Despertar de la ficción por negación, atemoriza. Romper estructuras, esas trampas intelectivas... Afirmarse desde el aparente vacío, y entregarse – en obra, compromete ir a por una plenitud... que a cambio desgarra toda garantía de confort como el hasta entonces procurado; nos arroja lejos, a ver nulo el valor mismo que le atribuimos a nuestras edificaciones (cuánto tiempo empeñado; lo hecho por sobrevivir... – ! – )
La llaga que refieres ausente corresponde en efecto al vacío de una época: vacío de esencias, colmado entonces por lo banal... Reacción por negación a las limitaciones que nos configuran como humanos: el estallido de una pretensión inhumana.
Verbigracia...: resistencia de la piedra y el metal, en las telas inflexibles..., no obstante la delicadeza de las líneas, ese notable balance entre gracia y volumen monstruoso (que siembra la duda)...



Al final allí radica toda la diferencia. ¿Existe la necesidad imperiosa de crear o se produce con lo que le sobra al artista en un despliegue de recursos técnicos puestos al servicio del gusto colectivo de la época?
La resultante de la complacencia engendró, no obstante, en este caso, una corriente artística con nombre propio en un período del arte del siglo veinte.
No se puede dejar de reconocerlo. Pero no por ello dejar de manifestar que existe una diferencia abisal entre “despoblarse” en la obra , entre el desasimiento que desconoce la resultante y el regodearse en la obra, en la ejecución de un ejercicio técnico impecable para seducir y complacer al mundo.

Lo monstruoso es desproporción. Ejemplos: una cucharilla de docientos metros de longitud sería monstruosa, como un puñetazo en reacción a una sonrisa dudosa..., o, infinitamente más, el exterminio en masa por cualquier motivo, más aún uno falso pseudo-místico-mitológico...
Los personajes de Tamara representan en la acentuación de rasgos que, sin embargo, nunca escapa la proporción llena de gracia ni peca en juego de caricatura, lo monstruoso de una pretensión por divinidad inventada...
Y entonces entra a tallar cuanto dices del gusto...



No tenía registrado ningún gesto de colaboración con el fascismo, que es lo primero que se me pasó por la mente. No participo de juicios de valor sobre la vida de los artistas, sus hábitos, estilo de vida etcétera. Sí me haría ruido un gesto de colaboración o una posición claramente fascista. Entiendo, no es el caso.



Respecto a la complacencia radical de la vida y obra de esta artista, creo que es exactamente lo que la define.
No me es posible concebir la creación asociada a esa palabra, cuestión muy de fondo porque no creo en la existencia de objetivos en la obra de arte. Complacer al público es un objetivo, una propuesta que, en manos “educadas” y dotadas de cierto talento, puede producir, como en este caso, una obra con buena factura ofrecida al disfrute del espectador. Incluido por caso el éxito económico del mercado. La cuestión es que el objetivo antepuesto al acto de creación, impide que este acontezca. Por eso te decía antes de la cuestión más compleja de saber de qué hablamos cuando nos referimos al arte, al ser artista... 


En efecto, no se trata de objetivos. Reitero: la motivación, comunicar la cuestión. Esta ojo , precisamente por autenticidad, por complejidad sin complicaciones, evade definiciones y se abre a lo profundo a través de la polisemia...
Otra cosa es que los fines personales, cualesquiera sean estos, condicionen al desarrollo de una cuestión  más allá de los propios objetivos que aquel, digamos, no-artista, se plantee concientemente (esto, a riesgo de truncar toda posibilidad de creación importante).


Regreso al concepto de teckné para decir del acto de creación. Traer a la existencia aquello que no existe, traerlo al mundo visible, proceso este, imposible sin la disposición del artista, aquel que trae formas prefiguradas que captura en su extraño saber y pone a su disposición su talento y su técnica para otorgarles una existencia física.



Los motivos, en ocasiones exceden el amparo de una razón individual...
En general, bien sabemos, es posible el alumbramiento de una obra importante por parte de alguien de menor talento y destreza que otro, estéril a ese nivel... Y viscerversa (las más de las veces).
Decía Naipaul, y vuelvo a parafraseralo: talento, trabajo... y fortuna...

El artista funciona como instrumento. El instrumento es vacío, es canal de pasaje del saber. Es un concepto que no puede dejar de asociarse con lo religioso, lo sé. Es un “religar” que exige la entrega. Y para que ello sea posible uno se vacía, uno “es vacío”. El vacío excluye la interferencia de cualquier objetivo, de una finalidad, de un hacer para…., de la complacencia personal y social.



Si un autor es plenamente consciente del íntegro de su disposición, se encuentra en gracia de plenitud (lo que me lleva a dudar de los verdaderos motivos por los que comunicaría algo a través de un medio "artístico")...
Por lo general, la labor debe rol determinante, por sobre la propia voluntad, y por sobre el dominio de toda técnica, a la voz detrás, intuición, digamos; más precisamente, vocación – guía al sendero de la duda sin nombre...
La habilidad de atenderla y brindarle, por otro lado, el mejor modo, conlleva a ser, lejos de nada más existir y más allá de concentrarse en hacer...: extremos, uno de la expresión brutal, y el otro, del vacío de los estetas...
Realizarse en la obra. Desde luego, – se cultiva. Este conocimiento es el mayor. Y lo compromete todo...
Queda, no obstante, el terreno accidental, excepcional, cuyo valor relativo, sin embargo, es en cuanto a lo básico, innegable...
De ello que en ocasiones, un decorador... logre arte.

Es sutil, muy sutil el proceso de desasimiento de uno mismo. Pero es en ese abandono que algo acontece. Que es de otro orden. Y posiblemente, casi con certeza, fracase en muchos casos en su propio tiempo histórico (a veces en todos los tiempos). No olvidemos que la historia evidencia que lo que las masas aprueban y convalidan rara vez coincide con la verdad, la justicia, la belleza…
Tamara de Lempicka construyó una obra con talento, con técnica y con objetivos claros de complacencia mundana que funcionaron inicialmente y no pudieron repetir el éxito en el giro tardío a otro estilo en el afán de recuperar la aceptación del mercado.
No puede sino reconocerse un éxito en términos sociales y la trascendencia de su nombre en la historia del arte. De alguna manera ha sido convalidada por el mundo. ¿Que si ello es importante? Para ella seguramente lo fue.
Tamara me lleva a evocar un fragmento de un texto peculiar, muy sencillo de Saint Exupery en su Carta a un rehén, escrito sobre la experiencia del autor en la Segunda Guerra como piloto de la resistencia francesa:
Salía yo de una guerra densa: mi grupo aéreo, que jamás había interrumpido, durante nueve meses, los vuelos sobre Alemania, había perdido ya las tres cuartas partes de su tripulación… Había vivido la noche espesa de nuestras ciudades. Y ahora, a dos pasos de mi casa, todas las noches, el Casino de Estoril se poblaba de aparecidos. Silenciosos Cadillacs, que simulaban dirigirse a alguna parte, los depositaban sobre la arena fina del porche. Se habían vestido para cenar como otrora. Mostraban sus plastrones o sus perlas. Se habían invitado los unos a los otros para comidas de figurantes, donde no tendrían nada que decirse… Se instalaban alrededor de las mesas... y se afanaban en experimentar la esperanza, la desesperación, el temor, el deseo y el júbilo. Igual que los vivos. Jugaban fortunas que quizá, estuvieran vacías de significaciones en ese mismo instante. Usaban monedas que tal vez estaban ya permitidas. Los valores de sus cofres estaban quizá garantizados por fábricas ya confiscadas o amenazaban por los bombardeos, ya en vías de arrasarlo todo. Al anudarse al pasado se esforzaban en creer, como si nada hubiera comenzado a crujir sobre la tierra desde hacía unos meses, en la legitimidad de su fiebre, en los fondos que respaldaban sus cheques, en la eternidad de sus convenciones. Era irreal. Era como un baile de muñecas. Pero era triste. Sin dudas no sentían nada...



Quiero decir, cada humano y los artistas no son una excepción, atraviesa la existencia según su propia elección. Esa posibilidad nos ha sido dada. Y nos hace libres.

De ello que quepa la desproporción... La monstruosidad. Tamara seduce, dije en un principio. Mas, pese a que no era su intención, revela como advertencia, el fulgor que adormece, que dopa, que cuando estimula, lleva a la ilusión de otra vida, con el desprecio de la realidad ricamente misteriosa y aunque a menudo dolorosa, plena de oportunidades. Tamara y el espejismo que lleva al espectador a creerse del lado del lienzo fragancias dulces, pese a tener ante sí, cruda, la sal de mármoles.
Destellos de atroces posibilidades...
Aquí, lo que le fue indisimulable. Porque la piedra es fría. Porque los senos no son cimas. Porque los ojos no son cristales. Porque la carne es solo carne. Y los seres humanos somos eso – pero más, mucho más...


1 comentario:

  1. Un diálogo muy rico, acerca la obra de Tamara…
    Para Ana, es “el regodeo gozoso … una complacencia que define… y la creación se pone en cuestión cuando el deseo que se satisface es el del otro…”
    Para Juan Pablo, es el “afán de monumentalidad, prosperidad, perdurabilidad… la llaga que refieres ausente corresponde en efecto, al vacío de una época… Tamara seduce, revela como advertencia, el fulgor que adormece… Tamara y el espejismo que lleva al espectador a creerse del lado del lienzo fragancias dulces, pese a tener ante sí, cruda, la sal de mármoles… Destellos de atroces posibilidades...

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