sábado, 26 de noviembre de 2016

Médula de tiempo: De la Ficción, y Relojes de hueso, la novela de David Mitchell, con collages de Susan Ringler

Última novela de David Mitchell, Relojes de hueso. Setecientas páginas. Vuelan; al cabo se encuentra uno, tocho cerrado entre manos, asombrado, bien dispuesto a otra rueda. Más que eso.
(Integrar notas, antes de pasar a otro libro.)
No obstante ciertas observaciones bulléndome, reconocer: qué difícil que se lo puso el autor, y con qué gracia nos ha salido tras los agradecimientos, agitado, de seguro, pero bien consciente del mérito, presto a los aplausos.
Bien aprehendida una tradición, pulido el método. Mucha disciplina: sangre fría para biselar... o recomponer violentamente, a un claro objetivo. Apuestas enormes cada vez.

(De la trama, en la contraportada de la edición de Mondadori en Español:
Después de una pelea con su madre, Holly huye de su hogar. Cuando se adentra en la campiña inglesa, una extraña se cruza en su camino y le solicita "asilo", una petición a ala que la adolescente accede sin ser consciente de su significado. De repente, las extrañas visiones y voces que la acechaban de niña vuelven a perseguirla y alteran su mundo hasta adquirir un aura de pesadilla. A esto se añadirá la traumática desaparición de su hermano pequeño, un niño inquietante con una inteligencia inusual.
Pasarán muchos años antes de que Holly entienda qué sucedió ese fin de semana.                                                                                                                                                                                                                                                                                                En fin.)

Muchas reseñas refieren fusión de géneros en cuanto a los modos del "prestidigitador"...
La variedad de escenas y el modo en que desarrolla cada una, además, con tan aparente facilidad: el tono preciso y reconocible en cada caso (que sí, corresponden a sendos géneros clásicos), suscita en mí, más bien, la idea de un collage
 y recuerdo a Susan Ringler; sus colaboraciones.
Riqueza de recursos para – el tejido, y el ensamblado...


Suele tenerse al collage por demasiado emparentado con el reciclaje. Empleo de elementos "pasados", posiblemente desechados de no ser por el ojo que redescubre en ellos, la vida que tenían dispuesta por principio hacia adelante. Surge entonces la parodia de la visión que pretendía anticipar nuestro presente; y en los mejores casos, la puesta en entredicho de toda perspectiva de futuro, pues pese a tantas "revoluciones", los símbolos y la variedad de equívocos por clisé apenas han cambiado, de plataforma en plataforma, de formato en formato.
Completo el trabajo, el modo en que los recortes, las distintas estampas, tejidos, – y dados a la voz, las texturas , revela armonía (desde otra perspectiva, fluidez), revela la auténtica consistencia de la propuesta.
Esto dista tanto del entretenimiento.


Ficción...
Lejos de ampararnos abstraídos, de establecer acaso un ámbito propio como mero refugio, dispone la mente a trazar por sí misma, luego, rumbos más allá del mundo tal cual lo conocemos y al cual, a menudo y con peligro, pudimos ir acostumbrándonos, a atravesarlo por medio de las maneras desafiantes, propias del sencillo impulso de libertad.
Cuestionamiento, siempre.
A riesgo de machacar lo obvio, me permito:
Varias veces me he cruzado con una afirmación curiosa, de la que siempre he pensado, debe tratarse de la apresurada paráfrasis de un pensamiento más complejo, seguramente justificable: que el estilo de la narración, lo determina la historia o el tipo de historia que se quiere contar...
¿Por qué referirme a ello? Por subrayar la importancia del enfoque, que condiciona por su parte, la naturaleza misma de la historia que se quiere contar, y que encarna en el estilo...
Y qué buen ejemplo el que nos da Mitchell con Relojes de hueso.


Qué tan determinantes son en realidad los hechos. Asunto curioso, casi interesante ante la pluralidad de obras posibles con la misma sucesión de eventos, digamos, fielmente retratados de la realidad o el simple precedente documental. Nada más.
El orden de los hechos, esto sí, cosa seria. Y ni qué decir de los aspectos para obtener la voz apropiada: conjugación de voluntad, consciencia, intuición, conocimiento, instinto, destreza y fortuna..., pues resulta en la mitad del diálogo por la cuestión, – garantiza su contemplación pasada la lectura, excediendo la memoria; premia con experiencia a las mentes despiertas; entusiasma y tienta con la posibilidad de hacer lo propio, también, a menudo a quienes no basta vivir una vida, incapaces de tal plenitud.
Sabemos de invención, disposición y elocución, pero creo que es posible hablar, sin pérdida de rigor, – de una apuesta, por composición, a la realización de una visión a través de la lógica de los códigos y los signos de la cultura, principalmente escriturales, – de una narración como despliegue de reflexiones con el tiempo como elemento funcional a propósito de la ilusión, con los hechos como hitos en los que sostener esta, una posible, potencial realidad: laboratorio...
La sustancia, – en el silencio a que se invita desde el lenguaje: traspasada la comprensión de la proposición lógica entera, sopesadas las cualidades de su sistema, su eficacia en la propia consciencia, habida cuenta el momento y circunstancias, en el proceso mismo por el que madura algo propio y distinto, – ciertamente en la realidad del lector , en la duda que despega de la cita y amenaza la estabilidad del entorno, el cómodo existir / sobrevivir, y nos lleva a dejar de pasar el tiempo, para llevarnos, despiertos de veras a – ser el tiempo.


Si El Atlas de las nubes tan solo se acerca en méritos a Relojes..., provoca abordarla cuanto antes.
Atentos al "entretenido" Mitchell.


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