viernes, 11 de noviembre de 2016

Atrevida lente – misterios de música, acaso nueva: Sobre el trabajo de Hollie Fernando

Hollie Fernando..., – ímpetu.
Un vistazo apresurado podría llevar quizá a confusión: destacar su trabajo como parte de una corriente de luces tenues por la que hoy tantos se ven seducidos, delicada psicalipsis de moda. Se trata en realidad de algo... más – contundente.
Brilla suave – afirmación, luce lo mejor como potencia, en clave de sutil – voracidad...
Concentración. La música que inspira puede ser ligera; pero
la hondura – en los ojos, – los brillos del son de la oración, aquí –
en las escamas del arroyo,
en el instinto... van de otra cosa.




Más que tentar a libre asociación, Hollie nos enfrenta a través del impacto de la reflexión implícita de sus personajes, a encontrar un equivalente, la referencia clara de nuestro encuentro en esa misma suspensión del tiempo. Debido a que encierra un asombro de ocasión excepcional que, no obstante, todos, salvo por grave aletargamiento o algún tópico serio, hemos experimentado.



Encuentro de un anhelo en la condición precisa – del tiempo que captura. Nos lleva a reconocernos, sin complicaciones, susceptibles  a ciertas formas de belleza convencional, no por ello, en este caso, menos evocadoras. Ni ajenas al dolor.
De modo que nos vemos de lleno en – adolescencia.




Decía Proust – parafraseo – que es en esta etapa la única en que nos vemos entregados por completo a aprender: quienes admiramos son dioses, quienes tememos, monstruos.
Me atrevo a agregar que, por ceguera a los matices, por la fiebre que incapacita a aceptar una variedad vasta de destinos, pues todo – es.
(De ello, que asome en lo más dulce de su perfume la tersa condición de trampa ineludible...)
Una idea más o menos común: Perderse en el paraíso...




Surge al cuestión de si este asombro es posible de manejar con semejante pulso, a rastras del mismo candor que tan difícilmente permite encontrar matices.
La respuesta es obvia: No.
Y la edad no es un factor tan determinante como a menudo se precia para el diestro control sobre los elementos... La cuestión es cuáles de estos – elegir.
(Aquí, los retratos asombran de sencillez...; la complejidad yace en el gesto – que no se explica. Y de pronto, reconocida, abruma.)




Acuden, respecto de predicamento, si bien salvando las distancias, ciertos ejemplos probablemente útiles en el campo de labor de la novela...
– La seguridad de intuición y la agudeza perceptiva, prudente también para frenar ante lo complejo y más trascendente; la concentración empeñada en un elegante descripción, de manifiesto Los Buddenbroock.
Thomas Mann tenía veintiséis años.




– El genio a través de líneas similares a las antes descritas, pero con un oído más aguzado, y decisión de lejos superior por adentrarse, a través de salvaje intuición y una sensibilidad mejor templada por la experiencia de los áspero real, en la esencia del aprendizaje y la formación de un carácter (lejos, lejos de las cunas doradas). Lo hizo Henry Roth, en la magistral Llámalo sueño, que también terminó de escribir a los veintiséis.
– Y está también cuanto escapa a todo cálculo, y arrasa cualquier escepticismo. Apenas uno asoma: el propio ímpetu de juventud pudo motivar a la enorme magnitud del cometido: William Gaddis terminó de escribir Los reconocimientos a los veintiséis años, tras diez años de trabajo...

Está, por otro lado, la
poesía...



... pero, más cerca quizá del mundo de la artista (apenas excede en meses los veinte años), la que es posible encontrar en algunas canciones populares. (De todas formas, perdóneseme el prejuicio.)
Algo de frío metal, en las piezas que completan la estructura de plástico, entre los ecos de cavidades distantes de todo bosque, amortiguan la pegada, siempre, en otros trabajos; lo que se revela a menudo en la manipulación digital...; Hollie evade todo esto. Insisto: golpea de frente. Sutileza en el artificio.



Cabe preguntarse si sus fotografías representan en verdad alguna "contemporaneidad"...
Resulta tan claro que escapa del ritmo y el ruido que hacen posible su contemplación; sin embargo no hay desbordes de nostalgia...
Al interior de sus composiciones, nada, nada que no se pueda perder de vuelta en la maleza, pudrir o convertir en polvo al abandono...
Y en este punto, quizá, la clave: finitud de lo concreto, y otra trascendencia...



Entonces,  el encuentro.
Posibilidades de un fuego para siempre, tras los chubascos, – atentos a las señas de esta muchacha, que parece haber comprendido prematuramente que la lluvia significa fertilidad porque también estrella en su velo, el tiempo de otras carreras entusiastas. La lluvia, como el mar, es un sí.
Se acepta y se vive.

En todo caso, por ganar en la apertura, vulnerable, invita a obsequiar canciones, compartirlas,
con pie en alusiones – delicadas, poderosas...



Del bosque vivo, a lomo de río
– para el oeste, rumbo al mar.
(Cantaba y soñaba que
cantabas...)

Gitanas mano – son de las hojas;
a los cantos del canto y ecos de
pasos, también – por el lodazal.
Mientras flama – melena, prendes
mis manos, que tientan soñarte
– soñarte.

Y era el vapor – también – sobre 
el cazo; aromas de hierbas y
frutas, primavera (siempre): vino,
leña, miel, – un poco de sal.
Celebrar también el tiz-taz de
tus pasos en aras del remedio
a aquel caos que sembraba,
loco de ir, volver, soñándote
– soñándote.

Náufrago encallado al calor
de tu melena – en mis labios,
mi mano a tu pecho, y
mis ansias adentro: pulso
– epílogos de mil plenos siempres
– y vuelta a comenzar, hasta
fundir al sueño... esta – nuestra
realidad:
del bosque vivo, a lomo del río
– para el oeste, rumbo al mar.

Decirte vuelve – y vamos:
hacer de la ilusión – canto – un sí.
Cantar del-y-al-bosque – río – sol
esperando a que respondan – tus
ojos a la imagen – Ítacas,
nuestra canción...:
del bosque vivo, a lomo del río
– para el oeste, rumbo al mar.

Luego, también revela, –  adolescencia cruel, su burla
tanto a las leyendas jóvenes..., como de los viejos cantos...



Hasta que los comprende...




Con todo, – estar vivo.
Tanto camino, aún, Hollie.
Dar.


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