lunes, 24 de octubre de 2016

Contrastes al frío carbón: A propósito de la obra de Johan Barrios

De silencios comunes, acaso a las mismas preguntas. En todo caso, tentar la posibilidad de auténtica compañía al rumbo, a por la entraña en ese vacío que se sigue abriendo conforme uno lleva más y más allá su poder de figuración – y los mecanismos de justificación que al cabo traicionan.
De perderse juntos, para los románticos; de consolarse al paso con la supuesta belleza de las formas..., para más necios.

Celebran muchos las ráfagas, el vuelo geométrico de notas disparado por un ordenador a una velocidad de cálculo que busca empatar la de una premonición en sueño; le atribuyen el valor de lo propiamente humano, lejos de lo primitivo (que digerido para la ocasión en código binario, revela también un sentido programable)...
Pero nada hay más atronador que el silencio. Y es con silencio que, postulada la duda (por afirmación), se abre de veras el diálogo; de modo que nuestra cuota de obscuridad, la sombra por la que damos a reconocer las formas y atisbar la evidencia de los fenómenos, el trazo por el que los místicos claman del aliento y la voluntad revelada, ha de ser siempre, la justa apenas.


(Tampoco podemos más. No por Arte.
En al acumulación y toda otra forma de exceso apostada, la gracia se da solo en tanto y cuanto, el trazo que brinda el conjunto entero permita ver, sin estorbos, el rasgo fundamental de la cuestión.
El resto, hiede – penoso vicio del fracaso mal disimulado.)


La propuesta de Johan Barrios...
Ocupar con sombras de carbón la claridad previa: – doble dilema.
– De una parte, la desaparición como solución, imposible si no desde esa previa manifestación de la mano artista..., que encarna la "cultura".
– De otra, la imitación de la naturaleza, para invitar, una vez más, a ver detrás de ella, en el carácter mismo que motiva la vana, inútil repetición de lo que no necesita reflejos... Y es que estos son para nuestras referencias. En lecturas, por ejemplo...
(También sobre blancos hoyos que devoran el oscuro sonido...)


El vacío a través del lenguaje.
Relecturas de Ciorán, en su apuesta por la negación. Y Beckett, que es Beckett, un sí es no, y visceversa.
Por colar a contraste, se me ocurre: reseñas de Rodrigo Fresán. Piropos, nada más – cabriolas y guiños "refrescantes" para llamar la atención sobre el entusiasmo del lector sabido, insinuando, eso sí, que se trata de permisividad de... sabedor "fresco", – nada consistente respecto de los atributos que pudieran merecer especial atención en ninguna obra. Como si todo escritor debiera parecer un postulante a nuevo beatle...

(Quizá me haya excedido en el descenso, pero es que a continuación diré algo de liviandad, no superficialidad.)


Encadenar de Cioran y Becket... a la posibilidad de poner en blanco y negro (carbón al papel), también a Kundera – salvando las distancias, desde luego –  en: La insoportable levedad del ser.
El checo tenía algo que decir, pero como era sobre vacío y llenó las páginas de historia y hasta de Historia, pues ha visto extraviada buena parte de su discurso en una especie de memoria para notas pedagógicas. De todos modos, una lástima que actualmente no se lea más la novela; expone una fibra resistente al paso de mano en mano, bajo las lupas, gracias a un lenguaje recatado al calor de la tensión que entonces refracta apropiadamente, y pese, a menudo, a las maneras ejemplificantes y el afán del autor por anotar(se) conclusiones en plan de piadoso entomólogo... (¡que no es Canetti, Musil, ni Broch!).


Grises.
Está eso de La conciencia de la infelicidad, en el Breviario de podredumbre, y lo que dice Fernando Savater en el prólogo general de la edición que reabordé... Es que en los grandes autores uno vuelve al texto y en su entraña se revela – por refracción, un silencio sin dueño particular: vacío común que acaso nos puede unir más que variedad de realidades ricas de aconteceres... Es también una experiencia.


Somos dudas, dudas. Cuestionamos.
Cuando atisbamos el vacío, proyectamos sombras, a veces olvidando la gracia del sol que lo permite.
Cioran, Beckett y Kundera pasaron a cuestionar en idiomas extranjeros. El dolor..., la consciencia del dolor requiere siempre nuevas traducciones. A veces, como con el arte de Johan, también difuminar, borrar...

(De perderse juntos, para los románticos;
encontrarnos en el camino, sea quizá la cuestión.)


2 comentarios:

  1. El diálogo que inicia Juan Pablo, sobre la muestra de Johan, permite apreciarla desde una perspectiva diferente. Sentimientos desencontrados que respiran en blanco y negro; sentimientos difuminados, tal vez adormecidos.
    Conexión con lo etéreo a través de una poderosa muestra y un diálogo genial que invita a ver más allá de las sombras.

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  2. Muchas gracias, Andry... Es un gusto compartir contigo...

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