lunes, 31 de octubre de 2016

Andanzas, lejos de pieles inocentes: Diálogo con Maurizio Medo

Café, como siempre. Y humo. Cigarrillos rojos. Para andar un poco entre imágenes, preguntando de los signos... La intuición.
Sobre el cristal de la mesa, fotografías, libros.
... Por encima, dejando apenas espacio a figuración de volutas, lo pendiente: temas tan lejos… que, no obstante, lo tocan todo. Un poco, un poco…
Conversar con Maurizio. Simpático combate. Las ideas vuelan. Algunas cortan: preguntas que vuelven a su punto de partida, sin filo, nada más punzantes. Viceversa.
Mirando a la gente pasar…

Si me presentas estos dos fantasmas (imagen, signo) a la manera de figuritas disecadas en el Rorschach, diría, un poco siguiendo la línea de Husserl, que ambas son manifestaciones de aquello que, estando latente, no se encuentra presente.
La imagen y el signo si algo expresan es el deseo de convertir en algo concreto aquello que, por la razón que sea, está ausente. Si pienso en un texto agregaría, “pues está afuera”; al menos, “afuera” de ese espacio concreto – el cual se construye, decía hace poco, a través de un lenguaje que no existe–. Está el deseo de convertirlo en algo visible, es decir, expresado –que no es lo mismo que “comunicado”– aunque sea dentro, y para una pequeña comunidad. Son manifestaciones de una ausencia.

La expresión es un fenómeno que puede darse en completo aislamiento. Para pasar a diálogo, y por ende, trascender en la transmisión de las cuestiones: –comunicación. Es este último, sin embargo, un término tan poco elegante al caso: obvia mucho de la riqueza que se despliega en el artificio… – lo que ofrecemos, sin embargo, al otro.

Leer los rostros que desfilan. A contraluz. Leer las claves que ascienden del último sorbo de café – lo que no se dijo. Acaso de la cremosa claridad del cuerpo en las capturas. Fenómeno tanto más complejo; del que curiosamente ella no podría hablar ahora…
Leer… Tomo el libro que descansa al borde de la mesa…

… Un lector caótico que a veces debe renunciar a su albedrío –editar es una renuncia. Pero si algo obra para que esta no lo sea del todo, es la curiosidad. Ahí me tienen.
Hace unos días Horacio Aige publicó una foto en que aparecían tres rumanos famosos: Cioran, Ionesco y Eliade. Aquí falta alguien, me dije al verla, y no me equivoqué: faltaba Vintila Horia. ¿No merecía Horia estar en esa foto?, empecé a dudar. Ello me llevó a releer – estoy en eso –, Viaje a los centros de la tierra
Es decir, tan caótico que una foto publicada en Facebook por alguien a quien estimo debido nuestras afinidades, pero con quien nunca he conversado, termina por conminarme a una lectura. Venía de leer Diario de un duelo, de Roland Barthes (me lo recomendaron Emilio Lafferranderie, Rogelio Scott – conoces las razones de ello). Es curioso, te hablo de libros de prosa (?), que son los que menos leo, de los muy pocos se me quedan “grabados”.

Es cierto que la elocuencia de pláticas como esta va en clave de líneas sin bordes. A Maurizio le resulta mucho más familiar determinar las orillas de cada idea, y el estilo de los puentes, a veces imbricados, desde la música…, pero hay tanto también de académico, pese a que parezca de continuo a dejarlo de lado…
Recuerdo ciertas recomendaciones suyas. Recuerdo intercambiar sugerencias, y luego el pasmo pues, al cabo de menos de un día, él, con sonrisa de loco: mira, aquí otra idea. ¿De dónde, por la complejidad?

Si yo “recomendara” libros ten por seguro que desaparecerían los lectores que aún no desaparecieron. Leo por instinto, no por cultivo; ya me puedo dar ese gusto.

(Pitadas hondas...)

Ah, pero antes de releer a Horia, por la bendita foto de Aige – y el pobre Aige no tiene la culpa –, llegué de España con tres libros sobre los que quiero escribir: La curva se volvió barricada, de Ángela Segovia; Panorama, de Carlos Bueno Vera; y Cráter danza de Olga Muñoz Carrasco.
Bueno, pero antes de este viaje estaba leyendo Creación del silencio, de María Miranda, libro con el cual me convencí de que María, junto con Mónica Belevan, son, tal vez, los dos secretos de la escritura peruana que urge revelar.

Voces femeninas. Tampoco es coincidencia. La consistencia proviene de una autenticidad elocuente en su uso de silencios. Lejos de tratar de explicarlo todo…
Algo de eso hay…

En Madrid dije algo que, al menos, pareció enojar a un amigo: “no leo poesía peruana”. Es verdad, y no. Pues, si bien estoy al tanto de lo que se viene escribiendo, no leo de acuerdo a “nacionalidades”. Con esto quiero decir – ya que mencionaba la frase que dije en Madrid – es estúpido creer, por ejemplo, en la existencia de una determinada poesía española. De haber una…, pues prefiero la otra. Lo mismo en todas partes. Por Perú… tenemos esa que bordea la condición epigonal para sintonizar con el gusto de un ciento de lectores, ya domesticados. Pero está la otra. Una que en sí, tal vez constituya una ruptura ante esa domesticación, por lo que se le ignora –conviene, es mejor.

Todo el mundo pretende ahora tomar partido. Condición de correr con el tiempo y no quedarse al margen; la pertenencia a una suma estadística es un pasaje fácil… Me gusta, y metrallas de adjetivos sin más razón ni la sencilla exposición siquiera de motivos simples…
Establecer un orden de ideas… O a partir de las ideas, – para todo. Si el discurso va por algo distinto a ofrecer modos para aprender con mayor facilidad a posicionarnos a la contemplación de lo complejo, andamos perdidos entre espejos… Ego.

Blanca Varela decía “hasta el caos requiere cierto orden” y es cierto. Creo que cada quien se precie de ser escritor tendría que ser consciente de los elementos de los que se vale para alterar el orden de una normativa que, en sí misma, es una dictadura. Pero esa alteración manifiesta desde organización particular del lenguaje podría encontrar, si hay orden en el caos, el equilibrio en el desequilibrio, y más si, como ya te dije, nos expresamos a través de un lenguaje que no existe. Una escritura desequilibrada puede ser armónica. Depende de aquello que se quiera poner en juego. El riesgo es familiarizarse con ciertos recursos, los mismos que nos permitieron el “éxito”. Si esos recursos nos domestican, en la medida que nos familiarizamos con ellos –y evitemos el fantasma de, por ejemplo, lo fallido– lo que hacemos, sí, es perdernos. Creo que la escritura es un ensayo perpetuo, libre del estúpido adjetivo de lo “experimental”.

Camino…
(Otro café. Y más volutas.
– El sol de alza del todo.)
Andanzas…
(Veo hacia abajo… Pasos breves –,
entre tanto, dos viejos prematuros descansan los zapatos de otras idas y vueltas…, pregonando, a veces sin querer…)

Hay dos cosas que no me creen: Uno, que no me gusta leer (en público); y dos: No me gusta –mejor dicho, no me gustaba– viajar. No hubiera escrito Dime novel de no haber estado en New York y ahora, que estoy en la edición de Las interferencias –¿un diario?– que arranca en La Cantuta, Arequipa, pasa por Córdoba, Madrid y concluye por un recorrido en tren por la costa de Liguria–evidentemente no podría existir el libro.
Creo que hay una diferencia sustancial entre viajar hacia una experiencia, la cual podrá devenir o no, en escritura, y la del nomadismo marquetero. Sí me gusta viajar, pero con mi esposa, compartir con ella nuevos ámbitos. Si, como en el último viaje, esto coincide con el conocer también a escritores afines, cosa que pasa muy pocas veces, ¡pues magnífico!, ¿no crees? Pero, finalmente, tú lo sabes, la escritura, en sí misma, es un viaje, aunque, a veces, signifique un doble esfuerzo.

Múltiple… Pienso en las voces de Homeless's Hotel y luego, a otro nivel en Dime...
Caminos por la piel del tiempo, que se desvanece…
Nos quedan ecos…

A propósito, por lo que anduvimos diciendo el otro día… Dylan, Reed, Cohen, Cave, Waits...

Es curioso pero quien menos me conmueve, y hasta me aburre a veces, es Dylan. Sí, soy consciente de su enorme trascendencia, y coincido con buena parte de los argumentos que explican el Nobel. Tal vez Dylan sea más virtuoso que los otros creadores que citas; pero, tal vez, Parra, quien dijo que Dylan merecía el Nobel por tres versos, no escuchó a los demás. Creo que Cohen y Cave son dos de los más grandes poetas líricos del siglo XX; creo que Reed es un cronista exquisito. Y también que Waits es Waits. Un desclasificado, y tal vez por eso, hoy, mañana no sé, es con quien más me identifico.

Rock progresivo instrumental, te digo, y alzas las cejas…
Cada quien, cada quien…
Aunque estará siempre Joni Mitchell…
Tenemos que seguir intercambiando discos…
Con quienes dialogar – al cabo de una pitada –, pero también de quiénes renegar, aunque queda claro, siempre representan algo, que por sí mismos, a menudo, hasta lo gracioso y no más…

¿Con quiénes dialogo más? Reynaldo Jiménez, Róger Santivañez, Rafael Espinosa, Frido Martin, Emilio Lafferranderie, Santiago y Rodrigo Vera, los SUB 25; Eduardo Milán, Raúl Zurita, Olvido García Valdés, desde hace poco, Miguel Casado, Mario Arteca, León Félix Batista, Ángel Ortuño, Benito Del Pliego, Marcos Canteli, Antonio Cordero, Olga Muñoz, Ángela Segovia, Lola Nieto, evidentemente con los entrañables Transtierros, Juan José Rodinás, Tush Villalba…; uff…, la lista es muy larga…
Pero renegar…
Uno, de cierto personaje que luego de disculparse conmigo, y cuyas disculpas acepté caballerosamente, me llenó el Facebook de trolls –creo que el tipo padece de personalidad múltiple.
Dos. De los reseñistas con alma de rocks-stars, quienes siembran gratuitas polémicas con tal de sobresalir, como si así dejaran de ser tributarios de una obra ajena.
Tres. De quienes creen ser líderes de opinión por un par de frases ingeniosas.
Cuatro… De los “alternativos” e “independientes” dedicados al comercio.
Cinco… De la muerte.
Y, finalmente, a veces, también de mí mismo.


– Aprendizaje, ahora...

Aceptar, Juan Pablo, saber aceptar.

– Tu atención va de...

El mismo lugar…

… que andar…



(Fotografía: Juan Pablo Torres Muñiz)

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