miércoles, 2 de marzo de 2016

Del Edén, a menudo entre cuatro paredes: Sobre la propuesta de Sanne Sannes

... y están las favoritas...
Explicar porqués a cada caso
como acreditar causas distintivas, razones  verbo ante la propia materia, sustancia – sustantivo: una pérdida de tiempo: podría uno andar queriéndolas nada más. Contemplando.
Sanne Sannes formula en su juego de imágenes – a través de la expresión con los rasgos particulares que le fueron más atractivos, un mismo espíritu, felizmente, lejos del parecido entre las mismas modelos – trascendiendo la época, no obstante la patente marca de sus años, de – liberación.
Basta asomarse
 La bienvenida  grata.




Alcoba, lecho, más bien  referencias. Más apropiado apuntar directamente a una atmósfera cálida: verano de cuerpos entre – o más allá de cuatro paredes, siempre a una luz que se abre con las voces que, pues, ahí están.
En estos trabajos encontramos siempre una respuesta. Y es una reacción cálida, confiada, ciertamente, muy elemental – lo que ha llevado a muchos a cierto reduccionismo.




Lo cierto es que en la claridad infantil de las miradas, el desorden dejado atrás de las pieles y los mantos, restos de una composición de la que durante el fuego hubo que abstraerse – dicho esto en tono de excusa, entre sonrisas – salta a la vista la necesidad de una afirmación por parte del espectador.
Ojo: a menudo, los cuestionamientos no se dan tan de pronto a quema ropa – sí, como jugando, mas – en blanco y negro (!).




– Desnudez
como desembarazo.
Las prendas son nada más accesorios a un ritual del tiempo nuestro, a menudo perdido (entre pertenencias que abrigan, antes de la menor ostentación) – signos de un recato más bien claramente desafiante, pero – a no tomar en serio: una nueva invitación.




La comprensión serena de este leve estado propone también el contraste con el ritmo habitual de nuestros días (entre pertenencias que a menudo nos determinan – signo de la necesidad artificial para seguir obviando: vacío, vacío).
Desde luego, Sanne nos expone una situación, tan añorada como insostenible. El trance sin nombre, que al cabo, por su formulación – desaparece...




Hay quienes le llaman felicidad, y no temen a reconocer su fuente en lo que, sin el menor recato, el Sr. Sannes encerraba entre cuatro lados: goce elemental...
Una burla, también.




Lejos de toda Filosofía...
Sobran términos poco elegantes para calificar el humor del fotógrafo. De blandirlos, ampliando el rango de uso hasta para con el estilo de vida que dicen – a través de esos mismos adjetivos  llevaba, se han encargado ya demasiadas gentes que no importan a ningún censo, y no resultan siquiera entretenidas.




Claramente, Sanne plantea, si bien con discutible agudeza, un diálogo que el propio espectador hace, acorde a sus prejuicios, más o menos complicado. Obliga a tomar posición, sonriendo, frunciendo el ceño..., quizá más con lenguaje mudo de labios en gesto involuntario.
Nos enfrenta en buena medida a nuestra propia cuota bárbara... Y al caso conviene recordar la espera de Kavafis.
Sin duras melancolías, eso sí, no de principio...



Porque para estas, entre la obra, también – un repertorio original – de tersura dolorosa,
porque brota análoga a la del recuerdo común
                                                                                    de cuando no era momento para risas, cuando
                                                                     – cada gesto – ruego.
                                                            Cuando el roce – clave
                                               de pretérito – ardía,
                                y la llaga invitaba a la llaga,
                para mezclar bien la sangre,
fundir tras la zozobra  en uno, el sueño...




Siempre invocando aquel Edén perdido
por la discusión – verbo: dado al caos,
por afán de inteligibilidad – ¡y qué palabra! – por comprendernos (?)...

Afuera, uno está solo, el bosque ya no abriga,
nada más anda allá Lilith..., tentando...




Cerca:
Los hombres, las mujeres – y viceversa,
en una clave capturada con ternura una y otra vez. En la misma línea de Berger cuando dice eso de que aquí estamos nosotros para soñarlas y ellas para soñar que las soñamos...



Salud.
El aliento, como brisa – también acaricia.
El color, lo ponemos nosotros.


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