martes, 20 de octubre de 2015

Existir – no basta: Digresiones en torno a El árbol de la vida, de Terrence Malick

De pronto: la muerte
– No nos vemos ante ella (!)... Un desgarramiento
Una tersa mano – peso del cielo, acaricia nuestros rostros,
baja los párpados – los únicos
– una lluvia de adentro (no dulce) lame – la visión. Hace,
crea – una no-visión.
Es un no – que alumbra – en desconcierto...


Cuando el hombre se hace consciente de que va a morir, cuando se descubre finito, limitado, proyecta más allá de sí una visión del mundo una vez que él haya muerto y, del mismo modo, se remonta a los principios físicos de cuanto le rodea, antes de que hubiere nacido. Este impulso, producido por la negación de la propia muerte, este trascender con el pensamiento los límites temporales de esta vida tal como la conocemos, es también el acto a través del cual uno crea a Dios. Así, la consciencia más allá del temor a la muerte, la sabiduría que esta debía brindar, son la sustancia conocida de Dios, y lo que resulta imposible imaginar por estar más allá de nuestra experiencia o testimonio científico, el misterio de su voluntad eterna, su inmenso plan para con nosotros...*


La contemplación maravilla. La contemplación es – tiempo cero.
Esto no es nada más un juego – lógica proposicional. La maravilla parte de – la fe.
¿Refiere la obra de Malick a religión o a religiosidad? O a divinidad (!)
– lo sagrado más allá del credo – por la propia Vida.


De la imposibilidad de negar la propia muerte emana la desdicha, el carácter de la tragedia humana. ¿Cómo podría esperarse que el hombre viviera en justicia, haciendo buen uso de los recursos con que cuenta en su medio, si apenas recuerda que morirá devora todo a su alrededor para embriagarse de gozo y olvidar? ¿Cómo esperar que la raza humana prospere en su medio si para hacerlo tendría que empezar por dejar de evadir definitivamente el miedo a su propia desaparición, individuo por individuo? Todas las joyas del mundo serán adquiridas una y otra vez, cambiarán de manos innumerables veces, y no dejarán de ser preciosas ni ambicionadas, pues ayudan a olvidar. Los vicios no pueden desaparecer si no se revela a los hombres un medio de afrontar la muerte, u otro medio de abstraerse a la realidad de su propia mortalidad… Por su parte, tantas iglesias… Pero vivir esta vida pensando en otra idéntica o similar es… (!)
 


¿Por qué estamos aquí? Existir – no basta. No importa una verdad esencial. Esta solamente – en el ser, que es realización en el obrar; verbigracia: descubrir.
Cuando uno está dado a – dar no repara en su propio yo. La contemplación se vuelve compenetración con el hecho.
En consecuencia, para el resto: Uno mismo – Una pregunta.
Su formulación, en tanto producto de la aplicación del talento, el trabajo y la fortuna – Arte.



¿Por qué engañarse?... La felicidad acaba en el momento en que uno es consciente de ella y quiere concebirla como un estado, porque al definirla, valga la redundancia, revela sus límites y los remarca a una vez, acabando con ella: la incapacidad de soportar el que no sea eterna. No se trata de no pensar en el fin o de negarlo; creo que se trata de aceptar y reconocer que del mismo modo en que todo acaba, pues bien, se confirma presente, existe. Y ver en el fin la prueba de la existencia, sin duda le hace a uno sentirse, a veces, inclusive, terriblemente vivo. Basta con pensar en lo que ocurre a alguien que está a punto de morir o cuando padece intensos dolores...



Por una parte, de la traición de la palabra – a la traición, trágica también, en la sucesión de la imagen: por la – articulación narrativa.
Pero, ante todo – La necesidad – la propuesta: médula de un planteamiento.
Como tercer punto – Consecuencia –: ¿por qué no señalar directamente: enunciar el mensaje, de ser posible, nada más en unas cuantas líneas (las “necesarias”)?


El tono
– el estilo.
Todo, según el objetivo.
El Arte – Comunicación (con mayúscula) – sí solo si – logra transmitir el mensaje, logra – un aprendizaje. Por tanto – propone, y el razonamiento lo completa – el receptor. Las conclusiones de este – nuevos principios.

Hablamos de cierto tono profético, también. (Y tal es el tono de The tree of life, que – ojo – se inicia con la cita de El Libro de Job.)


Preguntas que hacen – se hacen – nos hacemos
cuando niños
– de los sentidos – a la esencia: cuando las cosas no existen apenas, cuando – son (!).

La belleza de los paraísos personales, de los mundos ideales, se desgasta y daña en el camino de su demostración, resbalando al poco tiempo, cuando debería, como en un principio, acariciar…, y barrer con la realidad en contraste. Una cosa es una visión, que orienta: un instrumento en el camino de fe, y otra, la creencia ciega en que el universo conspirará contra otros, en tu favor. A fin de cuentas, en extremo, se vive de la muerte de otros.


Narrar importa una manipulación disimulada, y cuanto más eficazmente disimulada – mejor. Ofrece la posibilidad de experimentar, pero no de vivir directamente (de) la experiencia – del otro.
– La revelación pretende hacer del propio lenguaje, del medio de expresión – también – la revelación.
Poesía.


***


El dolor no es lo mismo que el sufrimiento, eso está claro; el sufrimiento surge cuando uno se resiste al dolor y prefiere no vivirlo, cuando uno solo ve en él la muerte y se convierte en presa del pánico… ¿Es acaso cínico el no calificar de mala a la muerte? ¿Acaso no pretenden llegar a ello de otro modo quienes hablan de Dios y le achacan las decisiones sobre quién seguirá viviendo y quién no?... Creo que es mejor reconocer que la muerte está con nosotros, que no es lo contrario de la vida, si no parte de ella, en ciclos que no alcanzamos todavía a comprender. Pues el modo en que la formación, expansión, desarrollo, multiplicación y extinción se suceden en un mismo proceso a diferentes escalas –según cada nuevo descubrimiento, mayores de las que imaginábamos– parece ser la regla.


Del Big bang a – más allá. Todo, que no en una secuencia. Las imágenes están dispuestas apenas para la comprensión del elemento – tiempo: los acontecimientos en un antes y – un después. No obstante, la esencia no se da en el transcurso, sino en la penetración – de la elevación a una consciencia colectiva, que no requiere palabras.
La voz en off. Las preguntas. Con el hombre perdido entre las construcciones sobre las que erige su condición de propio creador, ya no superviviente. Los hallazgos se dan, en cambio – en el terreno agreste; entre lo mineral...


Al fin, como vemos, cada rueda gira en el mismo sentido… ¿Qué diferencia hay entre una población humana que destruye el ecosistema en que se instaló, contaminándolo y agotando sus recursos, mientras crece cada vez a un ritmo mayor, sin considerar la inminencia de la catástrofe, y un tumor en la garganta?; ¿no son ambos organismos, ciegos bajo el mismo impulso? ¿Qué diferencia hay entre las malformaciones endurecidas que dejan tantas enfermedades, una vez que han sido combatidas por alguna vacuna –que no es más que otra enfermedad– y las ruinas de los edificios de una civilización diezmada por una epidemia?... ¿Acaso no somos nosotros mismos, los humanos, un cáncer de la tierra?... Ahora mismo pienso en los conglomerados habitacionales de Hong Kong fotografiados por Michael Wolf. Parecen tejidos vistos de muy cerca. Como capturas de microscopio electrónico… tejidos. Estructura superficial de organelos y órganos...


Nos reconocemos como la forma fértil: cada uno – ventana a un infinito.
¿Por qué estamos aquí?
¿Para qué? – preguntan algunos.
¿Por quién? – inclusive (!).
¿Nada más – estamos?
Somos – Plenitud. Lo auténtico crea su propio momento.


De pronto, nos vemos ante la muerte: y – todo – estalla.
La eternidad – rota, quebrada.
Lo que sangra – nueva tinta.
Nuevos comienzos.


* Los párrafos en cursiva de este texto – fragmentos de Liberación.


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