lunes, 27 de julio de 2015

Sueño claro de la nueva tierra: Para recordar más a Rondal Partridge

Un gigante sombra, podríamos decir. Su trabajo vale por sí mismo, tanto…
Rondal, fallecido recientemente, fue asistente de Dorothea Lange y Ansel Adams. Extraordinario. Pero hay un discurso propio, consistente. Poco usual. Hoy, especialmente cuestionador.

Es triste también, pero vale, en todo caso, aprovechar las circunstancias, la cercanía de la fecha –fue el 19 de junio– para visitar su obra, hermanarse a través del tiempo con su propuesta: ingenuidad, transparencia, ética. Por lo menos…






Una misma frecuencia en la carga de la expresión y la clara proyección de la imagen. Un fenómeno luminoso. Positivo…: La calificación se gatilla de inmediato.

Diafanidad, podría surgir también. Pero son variados los registros.


Es verdad que antes pudo ser, y de hecho, en muchos sentidos, era más simple –de nuevo, tan presente; y entonces con cuánto vigor, el american dream– en todas partes, pero eso no obsta a que recordemos: respecto de los infiernos personales, de nuevo, hay poco: Los miedos son base de nuestra constitución en buena medida. Del modo en que nos dispongamos siquiera a afrontarlos, o a huir o procurar abstraernos de ellos, la revelación de nuestro potencial: motivación para nuestra creatividad, afán por enfrentar lo aparentemente inevitable; la pasión y tendencia al vicio… o la búsqueda de virtud; o ambas.


Los niños, las mujeres, de una parte: Un sueño. Pocas veces se plantea la esperanza en términos no nocivos, de ilusión vana; ya sabemos, opio… Aquí, más bien, tenemos fe, que implica al humano… y sus posibilidades. Cuestión de determinación. Y de aquello tan difícil de llevar poco peso no físico, menos demonios. Los niños crecen, las mujeres procuran al hogar, calor; y no tientan, ofrecen más bien una serena alegría. Los ecos de las risas no son difíciles de imaginar…



La visión es, así –ay, de nosotros, escépticos, nutridos del fruto del árbol de la ciencia–, una locura… Pero esto, ojo, solo si hacemos el enunciado... Pues lo cierto es que nos hallamos ante un retrato pleno que sin más explicaciones se convierte en real; no pasa por ninguna medición de verosimilitud: es, pues –y lo digo sabiendo que redundo en un punto anterior–: transparente. En tal medida, esperanzador: La inocencia de las criaturas: luz, reflejos, claridad.


Es, entonces, la realización de los sueños de los protegidos, la continuidad de su gracia –porque tal es, evidentemente, el enfoque propio de la idiosincrasia y la época–, aquello porqué luchar. Un llamado a los hombres.


De un lado, estos; del otro, la tierra, sus fuerzas…, la vida misma. Una prueba de determinación, pero en ningún caso, para los modelos del fotógrafo, de porfía, pues media en su discurso, una vez más, la confianza, y por ella, llegado el caso, la aceptación. Lo importante, en todo caso, es darse. Otra vez, plenitud en la labor.


Podemos, desde luego, no estar de acuerdo con dicho enfoque, criticar la rigidez desde la que, aparentemente, se construye el discurso; y a lo mejor no falte quien crea, inclusive, que por ello este pierde vigencia y nada más (aunque tal forma de ver las cosas quepa más bien a revisiones superficiales de discursos políticos y monografías de sociología…, o a “ácidos comentarios” de psicólogos beligerantes en quermeses sobre procesos electorales…). Lo cierto es que Mr. Partridge va más allá de la representación de una época, o de la de un ideal para una nación; nos plantea un punto de referencia, relacionado directamente con la posibilidad de una obra personal, de una vocación humana, con el cual contrastar nuestra propia realidad, en toda su complejidad.


Blanco y negro: materia para el balance. El proceso de fragua del sueño se da, no obstante, en el juego entre la luz de sus imágenes y la visión, más amplia, y ciertamente más oscura, de nuestra propia realidad.


Rondal era un romántico; llevamos ventaja.



Sin embargo, aunque mil veces escépticos, no podemos si no reconocer que logró una encarnación, aunque afín, distante u opuesta a la del ideal de cada uno en su propio mundo, consistente: clásica.



En fin, luego, podemos volver... de la mano de Lilith...

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