miércoles, 8 de julio de 2015

Juego de ecos, y levitación: Sueños con Alain Cornu

Luz, y espacios.
Asciende el rumor de una actividad más allá. Aura con voz de hormiguero. Interferencia de sueños. Conversaciones serias, melancólicas. Simple -terrible- insomnio, también. Son tantas posibilidades...
En todo caso, de este lado, el regido por la captura, la posibilidad de ascender, sin movernos, a por esas otras voces.
También, más importante aún, la posibilidad de escucharnos a nosotros mismos en esa exploración, en juego de ecos:




París...
Alain Cornu alimenta lo romántico. La suya es otra perspectiva, sin embargo. Quizá más cercana a la de los paseos de Rayuela, aunque menos lúdica: participa en ella menos la voluntad por el azar que una auténtica inmersión en los espacios de nosotros mismos que no dominamos.
La invitación a la fuga está ahí. Potencia de elevación. Para el no-cuerpo. Con ello, claro, cambia la perspectiva, y se da también la provocación sinestésica.




Las luces no provienen solo del horizonte, no solo asoman. Están los demás, el otro. Eléctricos hogares...
Cada quien sueña su propia vela.
Los ambientes del otro lado de las paredes, tras el cristal de las ventanas, son cada uno un nuevo escenario y un nuevo punto de partida para nuevas exploraciones.




Laberinto, ojo, mientras uno contempla desde ese espacio que se completa abierto, digamos, detrás de nuestras pupilas, 360 grados. En efecto, no estamos nada más asomándonos desde una ventana, ni de pie sobre un tejado... Ya antes fue dicho algo del no-cuerpo, de la sinestesia...
Se plantea así una especie de condición por la que nos vemos arrojados a través del propio vértigo, a calcular el número de posibilidades... al silencio de una luz familiar, si bien, una vez más, recordamos, ajena, de otros.




Es notable la tersura...
Y es claro que provoca... ¿Evasión?
La palabra es "solaz"...



Sin embargo, conviene -quizá debido a aquella cualidad debida a los tonos-, aprovechar para deslizarnos por ellos en la cuestión de qué representa la ciudad y qué somos nosotros respecto de ella. No solo París...
No son comunes las citas de este tipo, y aunque, de hecho, parece, podrían serlo más -es el mito- en la Ville Lumière, se trata aquí de la ciudad como el organismo, por una parte; del conjunto de espacios, además, en que brotan las chispas entre lo individual y lo colectivo... Patéticamente: entre lo único especial, y lo vulgar maravilloso.
La ausencia de voces, las mismas que por lo general completan nuestra idea de suburbio, nos invita a creernos únicos protagonistas, en la contemplación...




Búsqueda...
Los otros, una vez más, pero como soñadores también. Los intuimos. Por una vez, completamente inofensivos...
Se trata de lograr una conexión. A través de las mismas preguntas. A través, en este caso, de la evidencia de nuestros mismos anhelos, angustias y resignación: Aquello que fabricamos nos refleja..., en la pretendida ilusión de que trascienda nuestro breve paso...
El orden racional, al cabo, como monumento, perdura al modo de una costra.


Así, entonces, se devela un nuevo sentido, por contraste:
Alain Cornu parece lograr llevarnos en sentido contrario a esas otras cuestiones, terribles...


(¿Qué diferencia hay entre una población humana que destruye el ecosistema en que se instaló, contaminándolo y agotando sus recursos, mientras crece cada vez a un ritmo mayor, sin considerar la inminencia de la catástrofe, y un tumor en la garganta?; ¿no son ambos organismos, ciegos bajo el mismo impulso? ¿Qué diferencia hay entre las malformaciones endurecidas que dejan tantas enfermedades, una vez que han sido combatidas por alguna vacuna -que no es más que otra enfermedad- y las ruinas de los edificios de una civilización diezmada por una epidemia?... ¿Acaso no somos nosotros mismos, los humanos, un cáncer de la tierra?... Ahora mismo pienso en los conglomerados habitacionales de Hong Kong fotografiados por Michael Wolf -quizá para otra entrada-. Parecen tejidos vistos de muy cerca. Como capturas de microscopio electrónico… tejidos. Estructura superficial de organelos y órganos...)




La belleza de los paraísos personales, de los mundos ideales, se desgasta y daña en el camino de su demostración, resbalando al poco tiempo, cuando debería, como en un principio, acariciar…, y barrer con la realidad en contraste. Una cosa es una visión, que orienta: un instrumento en el camino de fe, y otra, la creencia ciega en que el universo conspirará contra otros, en tu favor. A fin de cuentas, en extremo, se vive de la muerte de otros.
Alain, sí, acaricia...




Todos, al cabo, luchamos por atraer a los demás, convencerlos de nuestra propia versión de la realidad, absorberlos en ella, hasta convertirlos en actores de reparto para nuestra historia personal. Es nuestro modo de andar, según pretendemos, un paso por delante del horror de la propia muerte. Nuestro camino a la trascendencia. La única forma de vencer eso, que es distinto del apartamiento monacal, la triste soledad, la que se padece, por lo general, rodeado de gente...




Sigamos...
Merci...

No hay comentarios:

Publicar un comentario