domingo, 5 de julio de 2015

Fecundación: Acerca del videoclip de Earth, de Dream Koala

Movimiento de nubes. Estremecimientos de un cuerpo cuya piel apenas y soñamos acariciar con la mirada en el horizonte. Inclusive así, cuando está lastimado.
Sin hombres, sin criaturas menores moviéndose, la danza se alza sin abrirnos la posibilidad de asignarle un valor; apenas queda contemplar. En realidad, el drama surge de la música... Por debajo de sus notas, el rumor y silbidos que remueven nuestra propia piel.
Hay quienes pretenden que resulta mejor mirar, digamos, apartándose. Asomarse a través de la ficción mientras el monóculo se engrosa y la luz llega más y más deformada. El contacto directo podría resultar sencillamente fatal. Por otro lado, cabe la pregunta: ¿acaso es posible referir los grandes fenómenos, las catástrofes si no a través de una ilusión, una de ponernos en contacto, al menos, con una pizca de su auténtica materia?




¿Acaso es posible tentar la comprensión del final de los grandes ciclos sin engañarse uno mismo?
¿Podemos asomarnos sin abandonarnos al vértigo y el terror, y entender de veras algo? ¿Podemos hacerlo, sí, a través de un juego retórico, representaciones abstractas, artificios técnicos?

Earth...
Podría, desde luego hablarse de ligereza... Tanta tecnología, tan pocos minutos, tan pocas palabras y estas apenas...

Have you ever seen the lights
Of a thounsand exploding suns?
Kingdoms and cathedrals under the ocean

..., hasta que llega el momento de la tembleque mano al pecho y la obviedad:

Because no god can save us of ourselves
No god can save me from myself

... Felizmente, hay más. Así como ningún discurso soporta la realidad de la que -ojo- a través del ímpetu de su creador, supuestamente, brota; del mismo modo, en una especie de manifestación involuntaria de tal principio, esas líneas son arrasadas por el vuelo de la aproximación, mucho más real, de las imágenes.
Sí, como cathedrals under the ocean. Curioso.

Our time has come, dice luego la letra. Pero el videoclip, en un gran acierto de sus productores, Les Gentils Garcons, contradice la cantaleta profética. La vida es lo que viene. La vida es lo que se alza en la propia representación... En la propia voz de Yndi Ferreira, en su pobre letra..., gracias a la imagen, a la coreografía...


Cuestión de escalas, nuevamente.
Reconocerse de veras sobrepasado, obliga a cambiar de perspectiva, al menos a intentarlo, procurar salir un poco del propio pellejo. Sin palabras... Lo que requiere a menudo de silencio o, más bien, se da con el abandono de uno mismo a la sinfonía del fenómeno, entre el supuesto ruido, los ecos, para comprender solo -y solo quizá- después...
Mientras tanto, la voz, nada más como debe ser: un tenue lamento. Algo detrás, asomo apenas de nociones comprensibles para todos. Cantos simples, no nada más sencillos.
Al caso, algo que no estorbe...



Una bala de conciencia; detrás de ella, el rastro, la cola que la hace serpiente. Sale del color, la convulsión, y atraviesa el espacio, impacta, rompe y raya -desde luego, trasgrediendo la realidad posible-..., pero, en fin...
El trazo, la aceleración, el ritmo acelerándose y la elevación de las notas, avivan el drama, acompañan una secuencia que parece haber sido creada antes de la propia canción. Y en pocos casos esta idea se impone con tanta fuerza...
De allí, la referencia a momentos de El árbol de la vida e Interestelar...
Porque algo casi sobra...

Asoma la tierra. Se da el encuentro esperado.
Fecundación, para concretar el probable viaje inverso en el tiempo.
El planeta contiene la vida... Es potencia. Pero esa "conciencia" del viajante se plantea necesaria para el color que conocemos...
La célula-voluntad, viajera, frágil. La célula-fértil en espera (o no)...
Alusiones elementales. Que funcionan.
Superficialidad. Pero ¿hasta qué punto tal superficialidad es relativa por la magnitud del objeto o fenómeno a que nos aproximamos?

Es mejor así. Sin pretender más, porque señalar el propio acto de "reflexionar" ante un fenómeno de gran escala es como clamar uno mismo que, en efecto, llora ante un espejo su soledad...
Anunciar un videoclip con la etiqueta de "reflexivo" no puede resultar menos absurdo. Por el contrario, sí que puede afectar el flujo natural de ideas que con sus efectos pretende desencadenar. Que Dream Koala sea calificado de artista reflexivo...
Algo sobra...
Felizmente, no la vida.

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