lunes, 27 de julio de 2015

Sueño claro de la nueva tierra: Para recordar más a Rondal Partridge

Un gigante sombra, podríamos decir. Su trabajo vale por sí mismo, tanto…
Rondal, fallecido recientemente, fue asistente de Dorothea Lange y Ansel Adams. Extraordinario. Pero hay un discurso propio, consistente. Poco usual. Hoy, especialmente cuestionador.

Es triste también, pero vale, en todo caso, aprovechar las circunstancias, la cercanía de la fecha –fue el 19 de junio– para visitar su obra, hermanarse a través del tiempo con su propuesta: ingenuidad, transparencia, ética. Por lo menos…






Una misma frecuencia en la carga de la expresión y la clara proyección de la imagen. Un fenómeno luminoso. Positivo…: La calificación se gatilla de inmediato.

Diafanidad, podría surgir también. Pero son variados los registros.


Es verdad que antes pudo ser, y de hecho, en muchos sentidos, era más simple –de nuevo, tan presente; y entonces con cuánto vigor, el american dream– en todas partes, pero eso no obsta a que recordemos: respecto de los infiernos personales, de nuevo, hay poco: Los miedos son base de nuestra constitución en buena medida. Del modo en que nos dispongamos siquiera a afrontarlos, o a huir o procurar abstraernos de ellos, la revelación de nuestro potencial: motivación para nuestra creatividad, afán por enfrentar lo aparentemente inevitable; la pasión y tendencia al vicio… o la búsqueda de virtud; o ambas.


Los niños, las mujeres, de una parte: Un sueño. Pocas veces se plantea la esperanza en términos no nocivos, de ilusión vana; ya sabemos, opio… Aquí, más bien, tenemos fe, que implica al humano… y sus posibilidades. Cuestión de determinación. Y de aquello tan difícil de llevar poco peso no físico, menos demonios. Los niños crecen, las mujeres procuran al hogar, calor; y no tientan, ofrecen más bien una serena alegría. Los ecos de las risas no son difíciles de imaginar…



La visión es, así –ay, de nosotros, escépticos, nutridos del fruto del árbol de la ciencia–, una locura… Pero esto, ojo, solo si hacemos el enunciado... Pues lo cierto es que nos hallamos ante un retrato pleno que sin más explicaciones se convierte en real; no pasa por ninguna medición de verosimilitud: es, pues –y lo digo sabiendo que redundo en un punto anterior–: transparente. En tal medida, esperanzador: La inocencia de las criaturas: luz, reflejos, claridad.


Es, entonces, la realización de los sueños de los protegidos, la continuidad de su gracia –porque tal es, evidentemente, el enfoque propio de la idiosincrasia y la época–, aquello porqué luchar. Un llamado a los hombres.


De un lado, estos; del otro, la tierra, sus fuerzas…, la vida misma. Una prueba de determinación, pero en ningún caso, para los modelos del fotógrafo, de porfía, pues media en su discurso, una vez más, la confianza, y por ella, llegado el caso, la aceptación. Lo importante, en todo caso, es darse. Otra vez, plenitud en la labor.


Podemos, desde luego, no estar de acuerdo con dicho enfoque, criticar la rigidez desde la que, aparentemente, se construye el discurso; y a lo mejor no falte quien crea, inclusive, que por ello este pierde vigencia y nada más (aunque tal forma de ver las cosas quepa más bien a revisiones superficiales de discursos políticos y monografías de sociología…, o a “ácidos comentarios” de psicólogos beligerantes en quermeses sobre procesos electorales…). Lo cierto es que Mr. Partridge va más allá de la representación de una época, o de la de un ideal para una nación; nos plantea un punto de referencia, relacionado directamente con la posibilidad de una obra personal, de una vocación humana, con el cual contrastar nuestra propia realidad, en toda su complejidad.


Blanco y negro: materia para el balance. El proceso de fragua del sueño se da, no obstante, en el juego entre la luz de sus imágenes y la visión, más amplia, y ciertamente más oscura, de nuestra propia realidad.


Rondal era un romántico; llevamos ventaja.



Sin embargo, aunque mil veces escépticos, no podemos si no reconocer que logró una encarnación, aunque afín, distante u opuesta a la del ideal de cada uno en su propio mundo, consistente: clásica.



En fin, luego, podemos volver... de la mano de Lilith...

martes, 21 de julio de 2015

Dejarse ir al sueño, o más: Sobre la propuesta de Mark Heine

... Languidez, y otras expresiones, digamos, igualmente fáciles, posiblemente engañosas...
El trabajo de Mark Heine importa bastante más que la oportunidad de anotar cosas por el estilo. Donde, para un mal observador, se luce, en apariencia nada más, predominantemente o, peor aún, tan solo una técnica excepcional, se revela en realidad un modo muy particular de cuestionar desde la ilusión del tiempo suspendido.
Asunto de identidad, también; de carácter y sensualidad, entre otros; no desde una provocación, si no más bien de una sutil invitación a... sumergirse..., quizá en el sueño:




A través del espacio, resistencia del elemento la sustancia.
El efecto de esta resistencia en la imagen toda se asemeja al de la cámara lenta en un film.
Los miembros suspendidos en el aire: quietud, parálisis. Es natural. Para expresar movimiento, la imagen, al caso, debe vibrar..., digamos, perder definición.
El enfoque podría ayudar, pero produce más bien un efecto distinto, uno que implica al observador: otorga una ilusión de medida con respecto al objeto, por la distancia entre este y aquel.
El movimiento de lo que vemos, por sí solo, en su espacio, se manifiesta en el modo en que parte de él desbarata la composición de la imagen que uno adivina precedente, la situación original, antes del vencimiento de cualquier fuerza, dejando algo de sí en el espacio que ocupaba "en el pasado"...



Por supuesto, es más fácil explicar esto desde la Física, pero las pinturas de Heine nos invitan a reflexionar en términos no precisamente científicos sobre lo que se abre más allá, antes y después, de sus imágenes.
Estas pinturas, por otra parte, exceden la mera función de puntos de referencia o momentos clave a partir de los cuales establecer una interpretación del sentido pleno de los cuadros –entendiendo estos , también, como más que representaciones de situaciones en forma y color, cargadas de sentido –. 



Las preguntas a que da paso la sola distorsión de la luz, por lo que oculta en el propio tiempo, escapa a la medida de minutos y horas.
Cuando hablamos de inmersión, en este caso, conviene recordar que al acto conlleva un cierto grado de abandono a la sustancia. Y del consecuente reposo de nuestro ímpetu de previsión.
Algo tan saludable... Dejarse uno mismo...



No obstante, en la propuesta de Mark, este abandono es solo –sí, literalmente– para el cuerpo; inalterada la consciencia del fenómeno: O las cabezas quedan fuera del agua o su inmersión violenta siempre que se da resulta claramente en un acto de resistencia. Cosa de tomar aire...
Así, queda patente el peligro de ahogo..., de pérdida de la consciencia...



Impresiona.
Esa resistencia, sin agresividad, exclusivamente en mujeres(!)
Surge de inmediato la otra cuestión: ¿Cuál es esa pérdida de consciencia a que se resiste entre el voluptuoso danzar de las telas, esa, la otra, aquella, y cada bella dama? ¿De qué muerte huyen?
¿Y adónde las hundimos los hombres o, también, desde luego, y según lo prefiera quien contemple, las mujeres?



En efecto, somos partícipes de un goce sensual.
Mark nos brinda ojos para ver por debajo del agua: ahí, al abandono o la resistencia...



De Memorias de Adriano: "¿Qué es el insomnio si no la obstinación maníaca de nuestra inteligencia en fabricar pensamientos, razonamientos, silogismos y definiciones que le pertenezcan plenamente, qué es si no su negativa a abdicar en favor de la divina estupidez de los ojos cerrados o de la sabia locura de los ensueños?"
Bien, ¿qué es
                   esa resistencia?
                                          Aquí, agua.


Es una forma de verlo...
Hay otros recursos, además. Con ellos, tensión, intensidad...




(Semanas atrás escribí una serie de notas sobre la propuesta de Neil Craver, también de desnudos bajo el agua. Ya entonces había visto los trabajos de Mark Heine. El parecido entre las obras de uno y otro artista resulta muy evidente. Sin embargo, de las diferencias sus propuestas –partiendo, claro, de la fundamental (fotografía - pintura) surge la posibilidad de hallar otro, un universo entero.
Se trata, al cabo, de otra forma de inmersión.)



Ahora, tomar aire, dejarse...

martes, 14 de julio de 2015

La muñeca, la bruja: Sobre el videoclip de Sacrilege, de Yeah Yeah Yeahs

Una muñeca...
Tiene que ver, desde luego, con el título del tema.
Resulta curioso: no va más allá; reduce la cuestión a través de una nueva situación que es símbolo, también, pero que encierra su sentido en el tiempo mismo de la duración del videoclip.
Lilith, Adán, persecución, pecado, sacrificio, etcétera...: cuestiones del discurso que elevan a la modelo, Lily Cole, quizá sin ir más allá de... parecer -y ojo con este verbo- una muñeca... a recrear una buena historia...
Ver, ver:



Darle caza a un un hombre, dispararle y matarle. Quemar viva a una mujer..., su esposa...
Tremendo, sí... Para mostrar los motivos del crimen, el equipo de Megaforce propone para Sacrilege, un juego novedoso... en la medida en que retroceder en el tiempo pueda llegar a serlo..., gracias a la elección de los momentos más apropiados para ello, y una fotografía notable, logrando conducirnos en la interpretación de la secuencia, como de otro modo, no se podría...

Fallen for a guy
Fell down from the sky
Halo round his head
Feathers in a bed
In our bed, in our bed


Una inversión...

Quien resulta última víctima, concentra en realidad, y desde un principio, la pasión de los victimarios. Con ello, claro, no quiero decir que simplemente los provocara al asesinato, ni mucho menos que cargue sobre sí la plena culpabilidad de la desgracia (eso sería escandalosamente estúpido..., como la mayoría de los alegatos de agrupaciones moralistas activas en redes sociales..., y la calle)...


Al dejar al margen las motivaciones de la propia mujer, claro, se agranda el aura de misterio que la envuelve, y que parte, sí, de su apariencia... Por otra parte, se nos induce, y no por "mala fe", a vislumbrar, también misteriosa, la propia pasión de ella... por todos esos hombres y mujeres.

Asked if I will try
To leave this all behind
Halo round his head
Feathers in a bed
In our bed, in our bed



La mujer plena. La mujer fuerte en el momento, demasiado fuerte. Carpe diem. La mujer condenada... La mujer ingenua. ¿La mujer inocente...?
Surgen las preguntas... y gracias a aquella omisión, a la carga de sentido depositada en la expresión de Lily Cole en los momentos que su personaje comparte con sus amantes, en su llanto rodeada por las llamas, resulta imposible atribuir de buenas a primeras un valor preciso para su destino, la medida de la crueldad... La brutalidad como categoría también goza de matices...

It's sacrilege, sacrilege
Sacrilege, you say
And I plead and I pray



Una vez más, la omisión... y lo que sí se ve, nos remiten a la plenitud de la mujer. Sería terrible, inhumano negar la generosidad de la entrega de la amante a los demás..., condenar sin más su proceder, suponer cada lance suyo mero producto de un ataque repentino e incontenible de los llamados bajos instintos, pero provoca a muchos hacerlo, sin duda...
Parece lógico...
Conviene recordar... o más bien escuchar, atentamente... Karen O. clamando:

It's sacrilege, sacrilege
Sacrilege, you say
It's sacrilege, sacrilege
Sacrilege, you say

¿Qué se condena, entonces, en cada lado: el de la ficción y el del "espectador"?
La novia entregada y la traición... Elementos clave que no resulta sencillo separar ni mucho menos unir fácilmente en un postulado que sostenga completa la historia del videoclip...
(Se me ocurre, mejor, anotar: Novia - entrega - traición - condena, con los guiones un tanto como los emplea Marina Tsvietáieva...)
La imagen es poderosa por tentadora, encarna bien la posibilidad del deseo; cuestiona. Hace, erige un personaje... y eleva la voz a adecuada para el engañoso ruego: canto de una bruja, si se quiere.

viernes, 10 de julio de 2015

Vértigo: Acerca de Los demonios, de Heimito Von Doderer

... Porque a veces conviene simplemente dejar salir el aire, frotarse la frente con el torso de la mano, y recuperado el aliento, si bien con la sensación del hierro aún entre frente y nuca, alzar la cabeza para probar a ver de nuevo.
No se trata de extensión, de volumen; sí, son más de mil seiscientas páginas, pero es en realidad un asunto de consistencia. En tal sentido, sin duda, la obra del escritor alemán es sencillamente enorme, descomunal.
Primer maestro y el más grande teórico de la llamada novela total, Von Doderer apuesta a desarrollar en el enorme entramado de su novela, su discurso completo...: Abarcarlo todo. Describir la vida toda a través, claro, de partes nada más de ella, si bien vastas y detalladas. Explicarlo todo..., a través de una interpretación que, en fin, permita concebir al mundo entero de otro modo. Verlo de otro modo. Eso tenemos aquí, en una sola obra...
Pero cabe anotar -y aquí vamos más allá de la lista de halagos-, algunas cuestiones...:
Estas refieren a nombres: Es una forma..., digamos -de nuevo-, de liberar la presión, de recuperar el aliento, y aclimatarse nuevamente..., remontada la cima... que excede los ocho mil...


Afirmó alguna vez George Steiner -parafraseo-, que difícilmente encontraríamos otro escritor que, como Proust, haya desarrollado y concluido su propia filosofía a través de la ficción. Proponía a Robert Musil como excepción, delante de Elias Canetti, de cuyo Auto de fe, decía que representa más bien, al caso, una temprana postulación. Dejaba de lado, con acierto, a Thomas Mann, que más bien adoptaba tesis preexistentes y edificaba con ellas extraordinarios monumentos sensibles...; y a lo mejor convenga hacer lo mismo con Hermann Broch, que lleva al extremo, con la ficción y el discurso desnudo, las cuestiones planteadas desde el límite mismo del pensamiento "moderno", superando -también con sensibilidad, y apostando su propia integridad- aquella especie de última instancia retórica: la forma clara de los argumentos, por la explicación plástica de la realidad, el tiempo y la humanidad...
Bien, Von Doderer, cuanto menos, establece un sistema completo para la comprensión de su texto -y ahora sí que conviene pensar en el número de páginas, en el tiempo, la experiencia que importa pasar por ellas-, que excede sus fronteras para penetrar en la vida misma, que también teje Historia, a partir de entonces, para cada lector afortunado, bajo su influencia.

Es imposible cerrar el tocho con la misma perspectiva con que veíamos antes de abrirlo, por sobre él, a nuestro alrededor...
Lo que cambia, cambia detrás del lenguaje, si bien el fenómeno se debe a este, a su violencia.
Por otra parte, no es posible, en efecto, referir una simple línea argumental para Los demonios; conviene, en lugar de ello, decir lo que quepa para invitar a quien no lo haya hecho todavía, a abandonarse en la vorágine de su coro "endemoniado".
Los hechos, sí, claro, están allí, y brillan por la forma, pero lo que de veras marca es la suma total, el sistema revelado, al son de tantos y tantos pasajes dignos de cita..., o mejor, aún, de nueva invitación a darse con ellos...
Tremendo.
Desde luego, y mucho más allá del título, resuenan los ecos de Dostoievski, pero es el caso que del maestro ruso a este gigante alemán, median eras de otros maestros -bien aprovechados- y la propia máxima convulsión de un siglo para el que Von Doderer, quien lo vivió de veras intensamente, parece en perspectiva una especie de intérprete ad hoc...

La complejidad de esta obra es, no obstante el vértigo que produce a quien la analiza, felizmente inteligible..., de donde proviene la tentación para otros autores de lanzarse a por logros similares; desde luego, con resultados un tanto lejos del original... Aquí, Carlos Fuentes, por ejemplo, incluso en sus mejores momentos... Pero la influencia de Von Doderer puede hallarse también, y bastante más lucida, en otros autores, como Alejo Carpentier, o los mismos William Gaddis y Thomas Pynchon; más recientemente, en el gran William T. Vollman de Europa Central...

Las escaleras de Strudholf es otra joya; merece a Heimito, de sobra, un lugar privilegiado al lado de los otros poquísimos autores de auténticas cimas de la narrativa y el pensamiento... Pero resulta que escribió además Los demonios... y...
Bueno...

miércoles, 8 de julio de 2015

Juego de ecos, y levitación: Sueños con Alain Cornu

Luz, y espacios.
Asciende el rumor de una actividad más allá. Aura con voz de hormiguero. Interferencia de sueños. Conversaciones serias, melancólicas. Simple -terrible- insomnio, también. Son tantas posibilidades...
En todo caso, de este lado, el regido por la captura, la posibilidad de ascender, sin movernos, a por esas otras voces.
También, más importante aún, la posibilidad de escucharnos a nosotros mismos en esa exploración, en juego de ecos:




París...
Alain Cornu alimenta lo romántico. La suya es otra perspectiva, sin embargo. Quizá más cercana a la de los paseos de Rayuela, aunque menos lúdica: participa en ella menos la voluntad por el azar que una auténtica inmersión en los espacios de nosotros mismos que no dominamos.
La invitación a la fuga está ahí. Potencia de elevación. Para el no-cuerpo. Con ello, claro, cambia la perspectiva, y se da también la provocación sinestésica.




Las luces no provienen solo del horizonte, no solo asoman. Están los demás, el otro. Eléctricos hogares...
Cada quien sueña su propia vela.
Los ambientes del otro lado de las paredes, tras el cristal de las ventanas, son cada uno un nuevo escenario y un nuevo punto de partida para nuevas exploraciones.




Laberinto, ojo, mientras uno contempla desde ese espacio que se completa abierto, digamos, detrás de nuestras pupilas, 360 grados. En efecto, no estamos nada más asomándonos desde una ventana, ni de pie sobre un tejado... Ya antes fue dicho algo del no-cuerpo, de la sinestesia...
Se plantea así una especie de condición por la que nos vemos arrojados a través del propio vértigo, a calcular el número de posibilidades... al silencio de una luz familiar, si bien, una vez más, recordamos, ajena, de otros.




Es notable la tersura...
Y es claro que provoca... ¿Evasión?
La palabra es "solaz"...



Sin embargo, conviene -quizá debido a aquella cualidad debida a los tonos-, aprovechar para deslizarnos por ellos en la cuestión de qué representa la ciudad y qué somos nosotros respecto de ella. No solo París...
No son comunes las citas de este tipo, y aunque, de hecho, parece, podrían serlo más -es el mito- en la Ville Lumière, se trata aquí de la ciudad como el organismo, por una parte; del conjunto de espacios, además, en que brotan las chispas entre lo individual y lo colectivo... Patéticamente: entre lo único especial, y lo vulgar maravilloso.
La ausencia de voces, las mismas que por lo general completan nuestra idea de suburbio, nos invita a creernos únicos protagonistas, en la contemplación...




Búsqueda...
Los otros, una vez más, pero como soñadores también. Los intuimos. Por una vez, completamente inofensivos...
Se trata de lograr una conexión. A través de las mismas preguntas. A través, en este caso, de la evidencia de nuestros mismos anhelos, angustias y resignación: Aquello que fabricamos nos refleja..., en la pretendida ilusión de que trascienda nuestro breve paso...
El orden racional, al cabo, como monumento, perdura al modo de una costra.


Así, entonces, se devela un nuevo sentido, por contraste:
Alain Cornu parece lograr llevarnos en sentido contrario a esas otras cuestiones, terribles...


(¿Qué diferencia hay entre una población humana que destruye el ecosistema en que se instaló, contaminándolo y agotando sus recursos, mientras crece cada vez a un ritmo mayor, sin considerar la inminencia de la catástrofe, y un tumor en la garganta?; ¿no son ambos organismos, ciegos bajo el mismo impulso? ¿Qué diferencia hay entre las malformaciones endurecidas que dejan tantas enfermedades, una vez que han sido combatidas por alguna vacuna -que no es más que otra enfermedad- y las ruinas de los edificios de una civilización diezmada por una epidemia?... ¿Acaso no somos nosotros mismos, los humanos, un cáncer de la tierra?... Ahora mismo pienso en los conglomerados habitacionales de Hong Kong fotografiados por Michael Wolf -quizá para otra entrada-. Parecen tejidos vistos de muy cerca. Como capturas de microscopio electrónico… tejidos. Estructura superficial de organelos y órganos...)




La belleza de los paraísos personales, de los mundos ideales, se desgasta y daña en el camino de su demostración, resbalando al poco tiempo, cuando debería, como en un principio, acariciar…, y barrer con la realidad en contraste. Una cosa es una visión, que orienta: un instrumento en el camino de fe, y otra, la creencia ciega en que el universo conspirará contra otros, en tu favor. A fin de cuentas, en extremo, se vive de la muerte de otros.
Alain, sí, acaricia...




Todos, al cabo, luchamos por atraer a los demás, convencerlos de nuestra propia versión de la realidad, absorberlos en ella, hasta convertirlos en actores de reparto para nuestra historia personal. Es nuestro modo de andar, según pretendemos, un paso por delante del horror de la propia muerte. Nuestro camino a la trascendencia. La única forma de vencer eso, que es distinto del apartamiento monacal, la triste soledad, la que se padece, por lo general, rodeado de gente...




Sigamos...
Merci...

domingo, 5 de julio de 2015

Fecundación: Acerca del videoclip de Earth, de Dream Koala

Movimiento de nubes. Estremecimientos de un cuerpo cuya piel apenas y soñamos acariciar con la mirada en el horizonte. Inclusive así, cuando está lastimado.
Sin hombres, sin criaturas menores moviéndose, la danza se alza sin abrirnos la posibilidad de asignarle un valor; apenas queda contemplar. En realidad, el drama surge de la música... Por debajo de sus notas, el rumor y silbidos que remueven nuestra propia piel.
Hay quienes pretenden que resulta mejor mirar, digamos, apartándose. Asomarse a través de la ficción mientras el monóculo se engrosa y la luz llega más y más deformada. El contacto directo podría resultar sencillamente fatal. Por otro lado, cabe la pregunta: ¿acaso es posible referir los grandes fenómenos, las catástrofes si no a través de una ilusión, una de ponernos en contacto, al menos, con una pizca de su auténtica materia?




¿Acaso es posible tentar la comprensión del final de los grandes ciclos sin engañarse uno mismo?
¿Podemos asomarnos sin abandonarnos al vértigo y el terror, y entender de veras algo? ¿Podemos hacerlo, sí, a través de un juego retórico, representaciones abstractas, artificios técnicos?

Earth...
Podría, desde luego hablarse de ligereza... Tanta tecnología, tan pocos minutos, tan pocas palabras y estas apenas...

Have you ever seen the lights
Of a thounsand exploding suns?
Kingdoms and cathedrals under the ocean

..., hasta que llega el momento de la tembleque mano al pecho y la obviedad:

Because no god can save us of ourselves
No god can save me from myself

... Felizmente, hay más. Así como ningún discurso soporta la realidad de la que -ojo- a través del ímpetu de su creador, supuestamente, brota; del mismo modo, en una especie de manifestación involuntaria de tal principio, esas líneas son arrasadas por el vuelo de la aproximación, mucho más real, de las imágenes.
Sí, como cathedrals under the ocean. Curioso.

Our time has come, dice luego la letra. Pero el videoclip, en un gran acierto de sus productores, Les Gentils Garcons, contradice la cantaleta profética. La vida es lo que viene. La vida es lo que se alza en la propia representación... En la propia voz de Yndi Ferreira, en su pobre letra..., gracias a la imagen, a la coreografía...


Cuestión de escalas, nuevamente.
Reconocerse de veras sobrepasado, obliga a cambiar de perspectiva, al menos a intentarlo, procurar salir un poco del propio pellejo. Sin palabras... Lo que requiere a menudo de silencio o, más bien, se da con el abandono de uno mismo a la sinfonía del fenómeno, entre el supuesto ruido, los ecos, para comprender solo -y solo quizá- después...
Mientras tanto, la voz, nada más como debe ser: un tenue lamento. Algo detrás, asomo apenas de nociones comprensibles para todos. Cantos simples, no nada más sencillos.
Al caso, algo que no estorbe...



Una bala de conciencia; detrás de ella, el rastro, la cola que la hace serpiente. Sale del color, la convulsión, y atraviesa el espacio, impacta, rompe y raya -desde luego, trasgrediendo la realidad posible-..., pero, en fin...
El trazo, la aceleración, el ritmo acelerándose y la elevación de las notas, avivan el drama, acompañan una secuencia que parece haber sido creada antes de la propia canción. Y en pocos casos esta idea se impone con tanta fuerza...
De allí, la referencia a momentos de El árbol de la vida e Interestelar...
Porque algo casi sobra...

Asoma la tierra. Se da el encuentro esperado.
Fecundación, para concretar el probable viaje inverso en el tiempo.
El planeta contiene la vida... Es potencia. Pero esa "conciencia" del viajante se plantea necesaria para el color que conocemos...
La célula-voluntad, viajera, frágil. La célula-fértil en espera (o no)...
Alusiones elementales. Que funcionan.
Superficialidad. Pero ¿hasta qué punto tal superficialidad es relativa por la magnitud del objeto o fenómeno a que nos aproximamos?

Es mejor así. Sin pretender más, porque señalar el propio acto de "reflexionar" ante un fenómeno de gran escala es como clamar uno mismo que, en efecto, llora ante un espejo su soledad...
Anunciar un videoclip con la etiqueta de "reflexivo" no puede resultar menos absurdo. Por el contrario, sí que puede afectar el flujo natural de ideas que con sus efectos pretende desencadenar. Que Dream Koala sea calificado de artista reflexivo...
Algo sobra...
Felizmente, no la vida.

sábado, 4 de julio de 2015

De solemne, nada: Entrevista a Maurizio Medo

Con el contundente volumen de Cuando el destino dejó de ser víspera entre manos, Maurizio Medo y yo conversamos, entre jardines, lejos del ruido, precisamente sobre esta importante publicación.
Como siempre, un gusto. Pero esta vez de sabor distinto, digamos, de momento solemne, quizá precisamente por el silencio, o el modo en que nos obliga a andar el libro bajo el brazo...
Pero, en fin, de solemnidad, en realidad, nada. Como siempre...




Son varios años, y una obra consistente… ¿Cuál es el móvil que le da vida, el tuyo, los motivos que se mantienen?

Se me antojaría declarar algo parecido al “Dinosaurio” de Monterroso, algo así como: cuando desperté ya estaba allí. Y esto no es retórico. Pese a la tirria que me producen la mayoría protocolos institucionalizados dentro de la “Literatura” (las entrevistas –aunque se me hayan transformado en un karma–, los recitales, las presentaciones de libros al igual que esas estúpidas ceremonias de firmas de libros y besamanos) creo que mi –falta o exceso de– conciencia comenzó a gestarse desde ahí.
La literatura fue mi primer idioma hasta que descubrí que estaba muerta y me quedé con lo que quedaba de ella, es decir con su esencia, la escritura. Hace un par de años, si mal no recuerdo, declaré que escribir se constituía para mí en el medio a través del cual podía construir un hogar.
Me equivoqué, no era un hogar, es un lugar semejante a la granja de Coetzee, uno adonde solo se puede ser huésped, y uno muy molesto.

Obra reunida podría entenderse como un enorme aparato cuestionador a través del tiempo, sostenido por un discurso de base antropológica, filosófica, de crítica de la crítica, pero acaso en son de rock..., del eterno y del que pinta épocas ¿Cuál es la música que nutre las estaciones de esta colección?

Has leído a Spicer... Me gusta su poesía, es un constructo hecho con interferencias –en eso me identifico con el viejo Jack–. Pero, bueno… eso ahora no es importante. Sus biógrafos señalan que Jack Spicer era un neurótico respecto de su escritura. No sé si sea verdad la historia aquella de que estando ya en su lecho de muerte, con los delirios propios de la agonía, Jack comenzó exclamar-le al lenguaje–: What you did me?… Imagínate si Proust hubiera descrito esa escena, de hecho Spicer aún nos sobreviviría… Bueno, sufría de una neurosis similar. Al revisar mi obra (eran 14 libros) le decía al espejo: what you did me?  Al menos no se trataba del lenguaje. Más bien del joven que hace –¿27 años?– escribió algunos, varios textos, influido por el influjo modal. Textos poco arriesgados. Los mismos que sacrificaban la estética que desde entonces  entreveía al gusto de la tiranía del lector. Sentía muchísima ansiedad por hacerlos desaparecer de mi obra. Ya está hecho. También por eso hoy puedo decir que esta tiene su partida de nacimiento en Arequipa (un no-lugar). Puedo dormir tranquilo y seguir con lo mío.
Ahora, y admítelo, la pregunta que me haces deja un huevo de cosas para el psicoanálisis. ¿Sobre la base de qué escribo o quisiera escribir? En primer lugar sobre la conciencia del fin de la metáfora, de su retirada, para dejar al lenguaje en suspenso. La poesía ya no constituye una promesa, la de lo sublime. Lo que se derrumbó en Berlín no fue solo el Muro, también el mito de la Torre de Marfil. Y en el ámbito de lo poético (algo que puede resultar tan inesperado como pasar por casualidad y verte en el espejo para, entonces detenerte y preguntar: “oye huevón, ¿qué haces ahí?”) empezó a tener cabida cierto tipo de expresión no considerado ni en la oralidad del conversacionalismo o en el ornamento neobarroco. Creo yo que fue el fragmento, ¿el fragmento de qué? De lo que quedaba de la realidad pero “fuera de todo”, decía Blanchot, demostrando que (me parece genial esa frase suya) “toda literatura es una literatura del fin de los tiempos”) Ese fragmento que quedó al encontrar un lugar (que está fuera del tiempo) origina una forma particular. Es lo que sobra, o quedó, de la humanidad.
Te hablaba hace un momento de la interferencia. Yo escribo sobre la base de una serie de interferencias que rompen con la linealidad lógica (que fascina al lector), sentimental o biográfica como si se tratara de presentimientos, ¿de qué?, de pensamientos que dejarán de ser pensamientos para cobrar un sentido no precisamente “dentro” del poema sino también al borde de sus agujeros negros. Mi escritura está llena de agujeros negros. Estos absorben al poema hasta reconstituirlos en otra cosa. Por momentos encontrarás procedimientos propios del ensayo, bocetos de novelas o crónicas de viaje, ¿sostenidos por qué? Por la música. O, al menos, cierta noción de música en el cual la métrica está oculta bajo los sedimentos de diversos niveles de habla… generalmente octosilábica.
No quiero marearte. Lo que pretendía decir era: en mi escritura, al menos eso dicen, está todo aquello que constituyó realidad, la realidad del siglo XX pero que quedó fuera de ese tiempo para devenir en un tránsito, al margen y dentro de todo, y descubrirse vigente en el siglo XXI.
Los escritores que me interesan, no hablo ya de generación porque en estos tiempos uno solo es contemporáneo de aquello que le provoca cierta fascinación, siempre estuvieron en crisis. Mira tú al pobre Celan, a Frank O'Hara o al loco de Berryman. Sin embargo verás que bajo la escritura de todos ellos percute un sincopado, una reverberación singular que, mientras uno va siendo absorbido por sus escrituras, empieza a subir de decibel –en decibel– hasta dar la impresión de estar dentro de una rapsodia. En ese sentido hay denominaciones con las que me siento más cómodo que cuando escucho decir “poeta”. Una la conversábamos en cierta ocasión con un poeta argentino: constructor de poemas. O como decía ese tipo enorme que se llama Diego Maquieira: compositor. Yo compongo escritura sobre las partituras del viejo rock and roll. Janis Joplin, Lou Reed, David Bowie “están” en lo que escribo –como se demuestra abiertamente en Dime Novel–  tan presentes como las locaciones que se construyen de acuerdo al devenir de la escritura. A mí la música me salvó la vida, varias veces. Por ello tal vez en lugar de escucharla –y tú conoces mi manía por coleccionarla–, hago eso, componerla. En mi escritura coexisten diversas interpretaciones: una musical, otra novelística, también momentos de tragedia pop, pero todas son hijas de la poesía, el imprudente alfabeto primordial. Alguien dijo.
En suma, cada texto constituye para mí una (contra)partitura cultural. La huella de una civilización que existe, pero fuera del tiempo.



Manicomio no es toda la obra de Maurizio Medo, pero representa un hito en ella, por lo menos desde la perspectiva –unánime– de la crítica y el público seguidor. ¿Qué significa para ti Manicomio, en el recorrido por tu Obra reunida? ¿Sientes aún su sombra?

“Manicomio” fue importante en su momento fundamentalmente como una representación de la retirada de la metáfora, diría Derrida, en este caso, ¿cuál?, la de lo humano. ¿De dónde? De donde debería estar. Ya no tengo nada que ver con el tipo que escribió “Manicomio” y se las pasó en vela dos semanas y media. Y si fue importante es por lo que significó para una nueva generación más que como una catarsis. También fue una catarsis.

Cuestionamiento y crítica se conjugan, digamos, en una apuesta bien distinta de la del medio latinoamericano –y ni qué decir de la de nuestro país–; la forma (que no solo el formato), la disposición y, sobre todo, una elocución ágil, lúdica y violenta, han ido evolucionando… ¿Cuáles fueron las elecciones para emprender tal proceso, tu camino a través de estas obras reunidas?

Cultura es lo que te hacen, ¿no? Cuando te digo: Arequipa es un no-lugar lo que estoy queriendo decir es que en esta ciudad y en este país siempre estuve de tránsito, igual que esos judíos que van por el Bronx hablando de su desarraigo sin dejar de hablar en yiddish. A lo largo de mi vida he llevado a cuestas el universo que construí desde mi infancia (la misma que me resisto a dejarla) Lo que quiero decir es que eso que observas es una construcción totalmente natural. No hay impostaciones forzadas. Sigo solo el orden de un discurso. Razón por la cual cuando hablo de mi “obra” no hago distingos entre la poesía con mi labor como lector con la del editor de Transtierros la del profesor o la del colaborador de diversos medios. Todo es el mismo paquete.  Y yo no creo que un discurso evolucione en términos darwinianos, solo se desplaza. Es eso, su desplazamiento a través de diversos tópicos. No de una manera ordenada. La imagen sería la de un alud que, mientras avanza arrastra consigo diversos materiales. No imagino (ni puedo calcular) el fin. Solo conozco el trayecto. Y de lo que soy consciente es que, al menos ahora, no puede detenerse.

Hay una fuerte dosis de humor… Fuerte en tanto y en cuanto resulta a menudo cruel para el lector. La parodia a menudo se eleva para convertirse en una nueva forma de reescritura: cuestionadora de sus fuentes, burlona de su probable porvenir, pero sólida al punto que determina el momento de tu historia como escritor… ¿Por qué parodiar, a quién parodiar…?

Porque nos tomamos demasiado en serio. Es como en la historia aquella en la que dos poetas salen totalmente borrachos de una fiesta y uno le dice al otro: “pero tú pagas el taxi” y cuando se le preguntó por qué solo respondió: “ah pues, porque yo gané un premio nacional”.
El solo hecho de escribir poesía sin contar con un espacio público, después de haber sido expulsados de la civilización del espectáculo, si es que no quieres dar espectáculo, constituye algo paródico. Me recuerda el texto en el cual Brodsky ha sido acusado y se presenta ante el juez, ya sabes:
–¿Y cuál es su profesión en general?– pregunta el juez.
–Poeta-traductor.
–¿Quién lo reconoce como poeta? ¿Quién lo ha incluido en el rango de los poetas?– retruca el juez.
–Nadie–concluye Brodsky. ¿Quién me ha incluido en los rangos de la humanidad?
Y esto no pasa solo en la poesía, cuyos salones son visitados solo por esas manadas decadentes de hipsnerds que llegaron tarde a la historia, solo que es más bizarre.
Hay que bajarse y destruir los mitos –empezando por uno mismo– destruir las figuras de culto y todas las instituciones cuyo fin es sustituir la ética por el "exitismo".
La historia demostró que nunca fuimos felices. Hay que aprender a reírse. Y para reírse del otro hay que empezar por uno mismo.
Últimamente he encontrado muy divertida a Anne Carson. Cada vez que pretende filosofar desde su labor intelectual al ama de casa que alguna vez fue se le escapa un suspiro. Me gusta cuando Ashbery dice: “ni siquiera yo mismo sé exactamente qué es lo que escribo”.




El Neobarroco, la obra de Maurizio Medo; a estas alturas queda clara la diferencia, pero hay quienes insisten en establecer una relación cercana… Aunque te has manifestado antes al respecto, a la sombra de tu Obra reunida, ¿te gustaría agregar algo, cerrar acaso más posibles confusiones?

Confundimos el espíritu barroco, algo natural en los pueblos mestizos, con la urgencia de un discurso particular en cierto momento histórico, el mismo que devino en una escritura modal. Nada más. Creo que ya Tamara (Kamenszain) dijo todo lo que podía decirse cuando mencionó lo “neoborroso”.

Tu obra ha merecido al momento comentarios de lo más elogiosos, pero también resulta claro que abordarla críticamente, digamos, para producir textos a partir de ella, implica de inmediato una toma de partido y una confrontación de discursos, la verdad, poco cómoda para muchos… ¿Cuál es tu posición respecto de la crítica?

Hay comentarios muy elogiosos, sería mezquino negarlos, la pregunta es ¿de dónde vienen? Antes de descubrirnos como seres irreconciliables, de Antonio Cisneros; puedo, debería citar también a Marco Martos; en su momento Javier Sologuren, José Antonio Mazzotti, Róger Santiváñez, Luis Fernando Chueca, el propio Belli. Todos poetas.
Lo mismo me ocurre en el extranjero: Raúl Zurita, Daniel Freidemberg, sobre todo Eduardo Milán, podría citar a Tamara Kamenszain, José Kozer, Eduardo Moga, Julián Herbert,  el mismo Maquiera… en fin, todos poetas muy respetados, respetadísimos, pero, en su mayoría conocidos solamente por una inmensa minoría. ¿Esto evidencia qué? ¿La crítica en stricto sensu ocupa algún lugar que no sea el que desarrollan los propios poetas? Ah sí, la de los reseñistas, podrás decirme. Ese tipo de ejercicio no me interesa. ¿Y sabes por qué? Porque alguna vez me tocó hacerlo y conozco por dentro ese sistema. Uno en el cual, la mayoría de veces, el reseñista puede tener criterio pero no la libertad para expresar un juicio de valor pues trabaja subordinado a los intereses de quienes patrocinan el medio que le paga. Esto me convierte en un personaje extravagante. “Escritor de culto” se dijo alguna vez. “Secreto”, en otra. Pero dado que yo no escribo para la crítica  ni para nadie en particular podría decirte: no tengo posición alguna. Lo que jamás negaré es la profunda antipatía que producen en mí los críticos que no escriben poesía. Los viejos eunucos de Baudelaire. El mejor crítico es el tiempo, esas sustancia que no existe.

El volumen cierra con Dime Novel, un texto provocador… que ha puesto en jaque a quienes se cuestionan por “lo nuevo” y “la pureza y autoridad del género”… ¿Qué es para ti Dime Novel?

Ah pero lo que he publicado del libro es casi un spoiler. Se trata de un proyecto de largo aliento. A mí me divierte mucho. Conocí, por ejemplo,  a una poeta estadounidense que me afirmó haber sido compañera de Suzanne Foster. A un alumno de Ted Mulligan quien todavía me escribe, se ve que aprendió mucho con él y yo me alegro profundamente.
“Dime Novel” es mi último proyecto, al menos con el que cierro eso que quise decir (con la ¿poesía?) y créeme si afirmo que lo desarrollo con el entusiasmo de un adolescente, algo que se puede recuperar solo con la experiencia (y la resaca) de todo lo vivido y por eso mismo con mucha, muchísima paciencia. Continuaré un buen tiempo en ello. Así lo exige el proyecto. Tal vez el único que he planeado como algo de largo aliento y cuya difusión –no quiero entrar en detalles- invade nuevas plataformas (como la música y el cine, por ejemplo), veamos en qué deviene.
El otro día, para terminar, citaba a mi amiga Laura (Alonso) quien al leerlo recordó una frase que me gustó mucho: esto no es poesía, felizmente.

Tus textos desarrollan cada uno una especie de clave particular para interpretarlos por separado, pero también al conjunto entero… ¿Se trata de un retablo, un plano, una secuencia…? ¿Es posible, a partir de esta observación vislumbrar lo que viene en la obra de Maurizio Medo?

No.