jueves, 4 de junio de 2015

Notas en torno al silencio elocuente de Mario Bellatin

En el lenguaje escrito, como con el elemento o materia prima que corresponden a la música, la pintura o cualquier otro arte, se conjugan permanentemente, de una parte, la expresión misma del artista a través de la nota, el trazo, el volumen logrado y, de otra, aquello que no se tocó  o se convirtió intencionalmente en fondo: el silencio, el espacio basto, la masa muda. En este juego de complementos, el balance logrado, se revela el talento del artista; y se abre para el espectador, oyente, lector, la posibilidad de penetrar en el misterio de su propuesta: su cuestionamiento; a menudo también, su provocación.
Tras el paso por lo más reciente de Mario Bellatin, hice una serie de apuntes que quizá puedan servir para animar más -si acaso fuera necesario- a abordar sus Obra Reunida 2..., previo paso -desde luego- por el volumen de O. R. 1, publicado antes.
Notas con punto de partida, digamos, en la ausencia: el silencio elocuente Mario.


Específicamente como en la música -retomo la figura de un principio-, los silencios implican un determinado dominio del tiempo, una conducción clara del pensamiento del lector -digamos, en tiempo real; y conviene recordar que los textos de Mario, leídos en voz alta, duran más o menos lo mismo que un largometraje regular-; no obstante, este dominio se da a través de la libertad que se nos confiere a priori, para interpretar como lectores (desde la "pausa", bien entre comillas). Ahora bien, es en tal condición de libertad que se manifiesta a plenitud el poder de conducción del autor: no dejamos de seguirlo en tanto sabemos, tiene algo importante que decirnos, que nos dice página a página.
Los textos de Mario cuentan casi todos ellos con su propio "manual de operación". Pero en realidad, el juego -así lo llamaré, aunque bien podría calificarlo, ya dije, como propuesta, cuestionamiento, provocación- se extiende y desarrolla también en dichas supuestas "explicaciones", integrando así cada componente de los textos bajo una auténtica "clave mayor", que está detrás. Quizá no solo del discurso, las palabras, si no, inclusive, del propio Mario Bellatín Escritor..., con el que, curiosamente, no deberíamos tampoco contar, pues le tenemos en los textos como personaje: y así se ausenta.

Más silencio.

Escribir sin escribir. Es el título del primer texto que comprende este Obra Reunida 2... Pienso en la denominada "palabra transparente" de Roland Barthes, en el "estilo de ausencia" descrito también por él: "casi una ausencia ideal de estilo".

Caracteriza la prosa de Mario, el término justo, pero no solo por preciso, si no también porque basta asomarse a uno de sus llamados artefactos narrativos para reconocer en cada oración, frase, su condición de último recurso en el sentido de la nota verbal al margen de la realidad no verbal: límite de la realidad -aun en la ficción-, desde la frontera de los códigos.

Escribir, desescribir. El proceso a través del cual se da la radicalización. La edición de cine: y la desaparición de la voz primera, de la pulsión misma de la escritura. Porque ha de quedar al final, la propuesta para el juego con el lector.

Mario nos presenta a través de su forma al margen, procesos. Más que hechos, más que acciones, más que argumentos. Más que situación, además. Y los procesos se desarrollan en el tiempo, de tal modo que el tiempo mismo se despliega al compás de la lectura, mientras que la medida de aquel para los personajes de sus ficciones, o realidad, también acaso "sucesos de escritura", se relativiza, queda suspendido en tanto otro proceso no interfiera con él y nos conduzca más allá, más hondo, a una nueva escala, Y recorreremos con Mario, más niveles en una trama que se desarrolla sin trama: de proceso en proceso.

Ojo: nosotros participamos del proceso. Al fin y al cabo, los hechos dispuestos no pueden ser modificados, pero los procesos sí: interpretados, hasta reescritos mentalmente...; en otro plano, montados en teatro, hechos cine, música, etcétera. Hay un espacio para ello: ese espacio es el vacío; una vez más, la Ausencia propuesta por el autor.

Una verdadera propuesta.

Cierto vértigo. Cada uno de sus textos parte del planteamiento en sí mismo de los procesos de cada artefacto: hay un espacio infinito que se revela, oscuro -a la vez luminoso por la prosa, por el humor del autor- a partir de la marca misma del límite, que se encuentra en el lenguaje.

Esta propuesta, podría decirse, va más allá en los textos que componen Obra Reunida 2 con respecto del volumen precedente. Considerando lo que implica la propuesta, sí, cabría decir más bien esta se radicaliza.

Aquí tenemos el libro. Lo nuevo para el viejo lector. Y también, la mención a los otros libros.
Mario reitera, no redunda.

Él mismo -¿pero, acaso de veras él mismo?- señala en sus textos que se ve escribiendo una y otra vez el mismo libro.

¿Para qué jugar a decir nuevamente, quizá de modo pretendidamente original, lo mismo que ya fue dicho por otro autor, incluso por el propio Mario, si el misterio que entraña aquel primer texto no ha sido todavía revelado?

El autor vuelve constantemente a Salón de Belleza, a Perros héroes en esta colección. Lo hace también a aquel primer libro suyo acerca de perros que escribiera de niño. ¿Qué representan?

¿Y qué representan ahora Escribir sin escribir, Visita con fiebre, Lecciones para una liebre muerta, El gran vidrio (tres autobiografías), Poeta Ciego, El auto del señor Dufó, Disecado, El pasante de notario Murasaki Shikibu, Registro de las flores, El libro uruguayo de los muertos, La jornada de la mona y el paciente, En las playas de Montauk las moscas suelen crecer más de la cuenta, En el ropero del señor Bernard falta el traje que más detesta, Quechua, Un cierto juchitán para Gracia Iturbide, Demerol sin fecha de caducidad, Giradores en torno a mi tumba, Los cien mil libros de Mario Bellatín?

El arte es quizá la única respuesta sabia del hombre hacia la muerte. Porque no es una respuesta... Uno puede quedarse ante un cuadro durante horas, días, según la profundidad de los cuestionamiento que se plantee a partir de su contemplación. Es posible, desde luego, reconocer el valor de una obra de arte para toda la humanidad en cuanto esta es capaz de atrapar a poco entendidos, arrastrándolos a lo más profundo de sí mismos, y a los más entendidos, a recorrer dentro de sí todas sus profundidades.

La obra de Mario lo hace.

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