miércoles, 24 de junio de 2015

De tiempo, Historia y Ficción: Sobre la propuesta de Torsten Warmuth

Difuso. Palabra fácil. Decir que el tiempo se escurre, que la imagen fuga. Como en sueños, pero no, más bien entrecerrando los ojos al misterio. Mejor reconocer la historia restante en la sombra, y el futuro en el rasgo difuminado.
Torsten Warmuth. Notas. Del tiempo, de Historia.




¿De qué se trata? ¿Cuál es en realidad el misterio? ¿Se trata del mismo fondo cada vez, un mensaje único en el modo? La propia vida de la noche. Y el sueño que completamos desde el trazo que no se define sin que nos movamos nosotros mismos, de este lado de la imagen, con suspicacia.
Así, se trasciende la época. El juego en blanco y negro, por ejemplo, en tal sentido, suma... De remontarse como si no se tratara de ficción a escenas de bar en Los demonios de Heimito Von Doderer, y las disertaciones de uno de sus personajes: la historia no es precisamente consciencia, pero tampoco puede ser entendida como más... Se escribe, reescribe, pero no por ello mejora; no se configura en una edición definitiva: permanece así, de rasgos maleables. Su interpretación, sin embargo, importa el carácter de la época.




¿Dónde nos encontramos? ¿Quiénes son ellos? Y ¿cuál es la época?
El símbolo, una vez más, con el carácter de la imagen polarizada, remonta el asunto de las etiquetas: que si de época, si modernidad; y ni hablar de retro...
En realidad, la rueda gira en un solo sentido. Tiempo irreversible, y los personajes configuran más que señas de humanidad: son vida en consecuencia, lo que se plasma de lleno en toda la imagen. De modo que la composición y el balance comprometen los cuerpos en un rol que excede su pose e histrionismo. Al cabo, la vida de los hombres es pasajera. El cuadro entero habrá de perdurar.
Puede resultar horroroso.






Sin embargo, en la danza, en el paso, está la única medida del periodo vivo, vivo de hombres...





La búsqueda de lo perdurable, una vez más. La plenitud. En vez de tic-tacs, música, y en lugar de crónicas, canciones...
La música podría definir el propio tiempo, si acaso no fuera posible manipular la velocidad del compás. Ojo con la especial riqueza de la captura, pues nos lleva al misterio de qué canción para la noche esa; como si se nos brindara la posibilidad de musicalizar un sueño a partir de su último recuerdo, aquel último as, tentando eternidad.
Va mucho más allá la posibilidad de que tal proeza la cumpliera un conjunto de personas. El tiempo común es, curiosamente, solidaridad en la finitud, consuelo de la muerte.
Y, bien sabemos, no basta... Es más ilusión.




Así que, ya sin hombres -imposibles por tanto, la Berlín de Döblin, y ni qué decir, la Dublin de Joyce-, otro tipo de representación...






Adiós a los artífices...
Su presencia se refleja en los objetos, de pronto semejantes a sueños con un tiempo entre lo que fue, lo que debió y lo que habría de ser si nosotros andáramos, digamos, fuera de la medida, también como fantasmas.
Desde luego, es esta una interpretación arbitraria, pero se debe a la oportunidad que el limbo concede. Las imágenes vibran y con ello tientan a develar, desde la posición del observador, de su tiempo y memoria, cuanto de él completa las visiones. Nosotros. Nuestra historia.
Más que una insinuación, la obra de Warmuth es una invitación a colarse entre las fases de la producción de la imagen, en el parpadeo que incluye, queramos o no, nuestra percepción de la realidad, y refugiarnos en esa sombra que vibra y es la base de los tonos mate, abstraídos del final.






Un tiempo sin hombres, El fin de los tiempos, aunque se preserve la forma concebida, aunque el ingenio perviva a cuanto pueda ser apreciado por otro creador estético, por algún otro soñador... Esto implica romper con la marcha, el progreso, la consciencia de la búsqueda del sentido...






... Y depositarnos en la ausencia... Jugando a saber realmente qué hay más allá de los hombres...



Más ficción...

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