domingo, 28 de junio de 2015

Sueños de urbe, y realidad: Sobre la propuesta de Jeremy Mann

Relación de lugares, viajes, libros... Notas:
Del tiempo y el río, de Thomas Wolfe termina con una escena que claramente se relaciona con la primera de otra gran novela, Llámalo sueño, de Henry Roth. La vuelta en un caso, el primer arribo, en el otro. Tierra firme y atrás la bastedad del océano; otra vida... Pero, de pronto -cosa de luz y rumores- nos encontramos también en una escena -¿toma?- que, digamos, pudo ser "capturada" desde el periscopio de John Dos Passos...
"La tierra de las oportunidades", su complejidad; más allá, luchando, sus criaturas. Un primer asomo...
Una nueva tierra prometida, o lo que es lo mismo: un nuevo camino por soñar... La bastedad es factor importante.






En fin, acaso el escenario no corresponda del todo. Ni siquiera el momento. Pero es que la ciudad, su voz, más allá de la época, ilumina lo mismo. Puede dar otra hora el reloj... En todo caso, llegamos.
Las calles ante nosotros, sin el encanto de La vista del Delft..., pues atrás Europa y aquí, el nuevo camino, ya fue dicho.
Un internamiento. Tampoco queda lejos Pasos, de Jerzy Kozinski...
(Hay múltiples maneras; podríamos también seguir a Saul Bellow, a John Cheever... Al cabo, es nada más una invitación.)



Jeremy Mann, con sus pinturas, logra el aura o, mejor dicho, un aura con aires de universalidad que equipara los escenarios de concreto, fierro, plástico... y hombres, tras el tul del humo que empaña las nubes, y el brillo de la lluvia.
Y claro que nos damos cuenta, al cabo hemos visto tantas veces en tantas películas, estos escenarios... Las postales se hacen solas así... E invitan. Es una tierra en particular, unas iniciales (U.S.A), y no. Ahora menos que nunca.
Llueve sobre todos. Las luces al cabo son luces y soñamos en cine, por ejemplo, ahora, todos casi por igual, sin importar las coordenadas de nuestra localización.




Mito.
American dream..., pero una vez más, no solo eso. Es Europa también... Su cine... Y el aura que cruzó el Atlántico. Porque conviene recordar, siempre, raíces.
Desde el Petersburgo de Biely a -mil veces- Las calles de Joyce..., lo orgánico, que se remonta, por supuesto, muchísimo más atrás, a la propia gesta... Siempre fundación y aventura, y decadencia, también. Vida.




Y el tiempo...
Queda por ver, entonces, más que la hora: la época...
Cabe preguntarse cuánto han cambiado en realidad las cosas. Y si el cambio, en efecto, desborda la imagen, cuánto aceptamos de ella, y cuánto preferiríamos, quede, por ejemplo, como en la visión de Jeremy...
La distancia, la bruma, el brillo, y la vibración de la propia vida de la urbe impresionan, y como en el caso de Monet...




..., uno se pregunta por los rostros de la gente...
Qué, detrás de las luces...
Y, ya en cuanto a pintura, por ponerlo así, si funcionará al caso la misma técnica, ¿cómo, esta visión, de cerca, en los ojos?
¿En qué modo vive el brillo, detrás de las luces, o bajo ellas, ya no en las calles..., en lo particular...?


Mann entonces nos lleva, no a la experiencia de la ciudad en sus comunes recovecos para lucir el interior de su visión, no a los hogares, si no, para definir del todo su propuesta, al taller.
Bien, si no estaba del todo claro, antes se trataba de paisajes, y por tanto, más que retratos, almas de ciudad; y ahora...


... de figuras. Seres humanos.
Con una elección de por medio, la de un alma de la urbe. Lo que cargue con la misma bruma en la intención, la misma incierta invitación para el destino, el brillo de las posibilidades sensuales: vida bajo la lluvia. Fertilidad.
Deseo.



La sinfonía del aparente caos en las calles, la que, digamos, revela su clave cuando uno levanta la vista y se deja guiar por las luces, la pauta de caminos y, una vez más, el rumor de los destinos de los habitantes de la ciudad, cede paso aquí a melodías preñadas de intensidad por el modo en que las paredes hacen eco del solo... No es solo individualidad...




..., es la provocación del individuo, mas como parte de aquella sinfonía. Un espíritu común en el color. Y la pose y la expresión de los ojos. Caracteres particulares que, sin embargo, alimentan por conjunto, un aura mayor.
Afuera sigue lloviendo. Aquí tampoco hay época...




Drama. Una vez más, deseo. De siempre. Y, por tanto, la luz nos sirve para evocar, nuevamente desde el Cine, o la Literatura..., y ni hablar de la propia Pintura. Noches fértiles de Historia. Potencia...
Tierra de oportunidades, la Tierra entera...






Tradición como entrega. Y resulta curioso: en una época de saltos tremendos, la intensión de eternidad, todavía, con seres humanos protagonizando este conjunto de cuadros.
Y hay atuendos que no solo no pasan de moda. Son casi rituales, sí, tradición... Si bien la pasión es irreductible a esta categoría.
Sin ánimos de ofender por torpe redundancia: es que es más que retrato, y más que un par de ciudades de un solo país. Es una marcha general... Anhelo.




Pero ver, ver...
Al cabo de la noche, o de vuelta al principio de esta, lejos nuevamente, conviene recordar: esas luces encendidas a menudo privan, no siempre otorgan una nueva visión; suele ser necesario hurgar en la sombra, e intuir. Es una pauta.
Un taller es un lugar de previsiones, y no. Como muchos hogares. Las probabilidades son tantas; por ello la importancia de atreverse.
Uno mismo difícilmente alcanza a contener, cuando teme, el primer impulso, asomarse...



El tránsito no se detiene porque uno haya alzado la vista momentáneamente. El eco de un reflejo en la retina no implica necesariamente quietud. Cosa de tiempo.
La vibración impresiona, siempre. Pero es, ojo, una elección.




Es por haber optado por tal modo de tomar el momento que el paisaje, más lejos aún, de vuelta al mar, por ejemplo, no está cargado de los significados de la ya mencionada vista hecha por el Maestro Vermeer... Lo que está más allá no está en lo íntimo, más bien se eleva, y se esfuma. Pretende proyectarse más que profundizar...
Otra forma de rezo.




Lo importante en todo caso, es que al volver la vista abajo, no nos encontremos simplemente con retratos...




Siempre hay más luz. Y deseo.


miércoles, 24 de junio de 2015

De tiempo, Historia y Ficción: Sobre la propuesta de Torsten Warmuth

Difuso. Palabra fácil. Decir que el tiempo se escurre, que la imagen fuga. Como en sueños, pero no, más bien entrecerrando los ojos al misterio. Mejor reconocer la historia restante en la sombra, y el futuro en el rasgo difuminado.
Torsten Warmuth. Notas. Del tiempo, de Historia.




¿De qué se trata? ¿Cuál es en realidad el misterio? ¿Se trata del mismo fondo cada vez, un mensaje único en el modo? La propia vida de la noche. Y el sueño que completamos desde el trazo que no se define sin que nos movamos nosotros mismos, de este lado de la imagen, con suspicacia.
Así, se trasciende la época. El juego en blanco y negro, por ejemplo, en tal sentido, suma... De remontarse como si no se tratara de ficción a escenas de bar en Los demonios de Heimito Von Doderer, y las disertaciones de uno de sus personajes: la historia no es precisamente consciencia, pero tampoco puede ser entendida como más... Se escribe, reescribe, pero no por ello mejora; no se configura en una edición definitiva: permanece así, de rasgos maleables. Su interpretación, sin embargo, importa el carácter de la época.




¿Dónde nos encontramos? ¿Quiénes son ellos? Y ¿cuál es la época?
El símbolo, una vez más, con el carácter de la imagen polarizada, remonta el asunto de las etiquetas: que si de época, si modernidad; y ni hablar de retro...
En realidad, la rueda gira en un solo sentido. Tiempo irreversible, y los personajes configuran más que señas de humanidad: son vida en consecuencia, lo que se plasma de lleno en toda la imagen. De modo que la composición y el balance comprometen los cuerpos en un rol que excede su pose e histrionismo. Al cabo, la vida de los hombres es pasajera. El cuadro entero habrá de perdurar.
Puede resultar horroroso.






Sin embargo, en la danza, en el paso, está la única medida del periodo vivo, vivo de hombres...





La búsqueda de lo perdurable, una vez más. La plenitud. En vez de tic-tacs, música, y en lugar de crónicas, canciones...
La música podría definir el propio tiempo, si acaso no fuera posible manipular la velocidad del compás. Ojo con la especial riqueza de la captura, pues nos lleva al misterio de qué canción para la noche esa; como si se nos brindara la posibilidad de musicalizar un sueño a partir de su último recuerdo, aquel último as, tentando eternidad.
Va mucho más allá la posibilidad de que tal proeza la cumpliera un conjunto de personas. El tiempo común es, curiosamente, solidaridad en la finitud, consuelo de la muerte.
Y, bien sabemos, no basta... Es más ilusión.




Así que, ya sin hombres -imposibles por tanto, la Berlín de Döblin, y ni qué decir, la Dublin de Joyce-, otro tipo de representación...






Adiós a los artífices...
Su presencia se refleja en los objetos, de pronto semejantes a sueños con un tiempo entre lo que fue, lo que debió y lo que habría de ser si nosotros andáramos, digamos, fuera de la medida, también como fantasmas.
Desde luego, es esta una interpretación arbitraria, pero se debe a la oportunidad que el limbo concede. Las imágenes vibran y con ello tientan a develar, desde la posición del observador, de su tiempo y memoria, cuanto de él completa las visiones. Nosotros. Nuestra historia.
Más que una insinuación, la obra de Warmuth es una invitación a colarse entre las fases de la producción de la imagen, en el parpadeo que incluye, queramos o no, nuestra percepción de la realidad, y refugiarnos en esa sombra que vibra y es la base de los tonos mate, abstraídos del final.






Un tiempo sin hombres, El fin de los tiempos, aunque se preserve la forma concebida, aunque el ingenio perviva a cuanto pueda ser apreciado por otro creador estético, por algún otro soñador... Esto implica romper con la marcha, el progreso, la consciencia de la búsqueda del sentido...






... Y depositarnos en la ausencia... Jugando a saber realmente qué hay más allá de los hombres...



Más ficción...

sábado, 20 de junio de 2015

De trascendencia y plenitud: Digresiones sobre las obras de Ernesto Sábato y Jorge Luis Borges

De los temas trascendentes, y no leer periódicos.
Inteligencias. Pero no amistad. Si alguien creyó que sí, ha de saberlo, es falso mito.
Dialogaron. Y le debemos mucho a Orlando Barone por haberlos juntado y registrado las  -de rato en rato obviamente tensas- conversaciones... Pero quizá sea más importante lo que no se dijeron cara a cara. Lo que de uno dijo el otro, en libros.
Pero referirse al tema carecería de sentido si nos apartara de sus escrituras y, sobre todo, de sus discursos. Si fuera en modo ad hominem.
El contraste nos dio luces. Esa es una verdad. Feliz, si cabe tal calificativo.



Sábato y la búsqueda de la trascendencia. Borges y el humor, la plenitud. El uno, solemne, el otro esto si y solo si a través del gesto iluminaba una observación mordaz.
De una parte, la crítica a la deshumanización..., a la sofisticación; la imposición de la forma... Del otro lado, la primacía del acontecimiento estético.
De una parte, el desgarramiento de la escritura: el cuestionamiento implacable de la consistencia del discurso ético; de la otra, la escritura como liberación y abstracción sin tiempo; juego.
Y mientras el primero sentía profunda tristeza ante la idea de morir, el segundo aceptaba el hecho por anticipado, sin pesares, preguntándose, una vez más con humor, y qué si después y si no después...

Fueron veinte años de silencio hasta que se juntaron de nuevo, cuando lo de Barone.
Razón: política... Que, claro, excede, cuando pinta noticia, la razón...
Cuenta como testimonio jugoso del paso completo por el cordial intercambio, el distanciamiento y últimos diálogos, el de Adolfo Bioy Casares. También ácido. Presto a cuestionar, del lado, claro, de su amigo Jorge Luis, la importancia del pensamiento de Ernesto; inclusive, considerar su existencia.

Teología como Literatura de Ficción.
Una y cien veces más, asuntos bastos. ¿Pero acaso son las noticias las que dividen? ¿No lo hacen en realidad los principios opuestos? En fin, cabe recordar que nunca hubo amistad.
Sábato al oído, pero del silogismo y el símbolo... Borges a la música de las palabras...
Creadores.
Calidad de recursos discutibles. Discutible calidad de ciertos recursos. Por qué queda de cada uno, por supuesto. Lo grande. Con Borges más universal. Porque la música de las palabras, sabemos..., bien, trasciende... No se crea que solo por y para filólogos, pues talla lo suyo la afinidad de ideas, de su uso...
Verbigracia..., su relación con Dios. Para Borges, el dios enigmático, perfecto, aunque, como él mismo afirmaba, por eso mismo, cumbre del género de ficción. Para Sábato, él imperfecto; un poco como un niño, quizá como aquel que postula Stanislaw Lem en Solaris -y tenemos aquí un ejemplo de como se pueden dividir ciertas aguas por la afinidad, digo, con uno u otro argentino.

Sobre héroes y tumbasAbaddón, el exterminador -prefiero no referirme a la historia de Juan Pablo Castel- pretenden mucho; las cimas que se encuentran en sendas obras son sensacionales, pero difícilmente se llega a ellas a través de una lectura que quizá el mismo autor hubiera preferido... Ambas novelas son formidables, digamos, como aparatos de arte gótico, y apuestas más bien de a grito por profundas convicciones, estimulantes, ciertamente estremecedoras, eso más que pulidas novelas filosóficas... Y al caso me acuerdo de lo dicho por Auden en Hacer, saber y juzgar: "¿Debe censurarse una obra porque su belleza es fortuita? Supongo que sí, pero un poeta siempre tendrá en secreto una buena opinión de la suerte porque es consciente del papel que desempeña en la composición poética".
Y aquí...: ¿composición poética?
Se trata al cabo de dos medios diferentes para la elevación.


Borges aprueba la observación de Bioy Casares sobre su tendencia a ser sentencioso. Sábato, en el momento en particular del diálogo en que surge el comentario, cuestiona a su par: ¿acaso no se trataba más bien de una tendencia suya a lo pretencioso...?; y define así tanto... de su modo de leer a Borges. Al caso, curiosamente, se trata de lo más perdurable de este escritor... pues qué es Literatura, esa cuestión, es interesante de veras al cabo del punto final de uno de sus cuentos...
V. S. Naipaul, que dedicó dos ensayos a Borges, le critica su excesivo distanciamiento de lo humano, su afán por los juegos intelectuales..., gratuitos juegos verbales. Plantea el riesgo de perder el enfoque adecuado para reconocer la auténtica calidad de su obra -grande, eso sí- por atribuirle un sentido pleno a todo cuanto hizo..., sin contar con el humor.
Cuestiona, además, su fama; lo considera sobrevalorado... Y, desde luego, por argentino, si bien a su manera..., en fin, critica su imaginación -ojo, alabándola-, por hacernos gracioso -era para el trinitario la única manera de conseguirlo- su país...
Naipaul...
¿Y qué diría de Sábato? ¿Qué dice?
Pero es que de Sábato no se habla, ya no... Algo muy lamentable...
¿Quién si no él, Ernesto, y así, a su modo, hubiera podido poner en entredicho, en plena gran novela, si acaso eso del señor Borges no era nada más que sofisma?
Verdad es que resulta más sencillo recordar los medios y el estilo que la tremenda apuesta de ideas, en algunos casos alucinadas, pero poderosas al cabo, de un pensador atormentado, hasta por el humor.

Fama...
Y la verdadera talla de los participantes de aquel diálogo grabado por Barone.
Leerles, de nuevo. Leerles. Y dejar que continúen dialogando dentro nuestro.

sábado, 13 de junio de 2015

Ventriloquía: Arbitrariedades a partir del videoclip de Hole in ocean, de DyE

Ochenta millones de vistas a un videoclip... de un músico con muchísimos menos discos vendidos que, por ejemplo, Daft Punk. Tremenda cifra.
Fantasy es el sencillo para el cual fue hecha la producción animada. En realidad se trata de un tema del que decir mucho delataría rápidamente cualquier afán por justificar una afición a lo mejor exacerbada por el ruido... de las imágenes..., y de estas sí que podría decirse algo.
Lo cierto es que el Pulp pega, sobre todo cuando, digamos, sorprende por el cambio de formato..., o mejor aún, como en este caso, de ámbito, para brillar..., y salpicar. Creo que se entiende...
No pretendo decir más del fenómeno provocado por Fantasy. Basta con que alguien se anime a verlo y haga mayor la cifra aquella.
Mis notas se deben a otra curiosidad: Hole in ocean.



Dalí...
Walt Disney...
Un asunto es el estilo, la reescritura...
Otro... Bien, queda claro:




Veamos...
Destino... Su rodaje empezó en 1945. Su lanzamiento se dio recién en 2003. Salvador Dalí, Walt Disney, John Hench. Hubo problemas de financiación con la Segunda Guerra Mundial. Luego, el rescate; un efecto de la nueva edición del musical Fantasía 2000.
Varios premios. Un cortometraje cuya vigencia... Pero entonces, mejor detenernos...
¿Qué perdió o qué ganó el film con el juego de Juan de Guillebon (DyE)?
Es mucho más que un asunto de estilo. O de dejar afuera el trabajo del compositor mexicano Armando Dominguez...
Y qué pretendía el francés. Qué consiguió.

Nothing remain nor the picture
A weird goes by any hole time
A weird goes by hole, oh

I was swimming in the future out now
And I hate to fade alone
Nothing remain nor the picture

Un sueño. Perderse más allá de la física: abstracción de la muerte.
No es posible morir uno mismo en el sueño: Aunque no tenga dominio consciente de él, es al interior del trance, el propio tiempo: Cronos. La aparición de la criatura ideal ante nosotros -en realidad, adentro- para admirar los símbolos de nuestra propia constitución -de lo instintivo, lo cultural, lo elevado y, entre sombras, también lo bajo; lo sublime y lo pervertido, etcétera- podría no ser más que... masturbación. Una vez más, abstracción, en el placer.
El amor entre Cronos y una mortal... La necesidad de plenitud. Y en la masturbación, la ilusión...

A weird goes by any hole time
A weird goes by hole, oh
All in all, is all we all are

Mejor detenernos en lo tocante a dicha plenitud.
Danza. (Y vaya que la coreografía -que no solo se trata de movimiento de bailarines- se altera con lo hecho por DyE.) En este plano, el diseño de Dalí se disfruta, no a pesar, ni siquiera en contra de, si no acaso en un astuto ante y por sobre la composición del francés, dando lugar a una nueva relación en el juego:
La musa, que al caso sería La Música, la melodía en el tiempo, se viste de la textura propia de la imagen, su rasgo definitivo: la sombra: la dimensión, medida y, por tanto, tiempo consciente.
De fondo, y a pesar del color, del efecto..., esos tonos, la palidez, de hora muerta.
La irrupción de las nubes, el guiño a El perro andaluz... Nada frena de veras, ni alcanza a fraccionar el no flujo, la ilusión de plenitud. Las miradas huyen, las extremidades se tienden; todo, como un suspiro prolongado...
Es, sin embargo, una historia de amor condenada al fracaso. Se presiente. Se teme. Se ve...
Ilusión... De El gran masturbador...
Las mismas sombras, y tantos rostros...




¿Qué tanto sorprende el juego?
¿En qué medida acerca a Dalí, y confunde a quienes no sabían de Destino...?
Y, ¿es necesario acercar a Dalí?
Pienso, así, de pronto, en Aeon Flux.
Pienso en Pop... En el calificativo vanguardista. El año 1945(!)... Y, con fondo de sintetizadores, en esa etiqueta... de culto...
Suficiente.

jueves, 11 de junio de 2015

Cuestión de enfoque: En torno a la propuesta de Christopher Colville

Accidentes. Circunstancias... Pero el mundo sigue girando.
Ciertas imágenes... Fenómenos congelados, que nos dicen más y son más que elocuentes manifestaciones de las leyes de la naturaleza.
En lo natural, no hay piedad, y nada se detiene.
Pero...
(Y con este pero, notas:)




En el ámbito humano, el de la posibilidad de la compasión, padecer por otro, sabemos, contamos con... la tragedia, que paraliza. Representa para nosotros una distorsión. En efecto, podríamos afirmar que la tragedia corresponde a la parálisis del sujeto ante el flujo de lo inevitable: la impotencia en múltiples escalas...
El hombre ante y contra la química, la física, lo llamado inerte y el ser minúsculo que nos sobrevive por millones de años; en última instancia, el instinto ciego de aquel otro, inhumano, que juega a fuerza misma de la naturaleza sin saberse apenas medio, accidente...






Si, por el contrario, solo contemplamos...
Bien, depende. Depende de la distancia a que se observe el fenómeno. Impresiona. Conmueve. Depende de la escala. Tiempo y espacio. Más que circunstancias del objeto, el paisaje, el personaje. Tiene que ver con el foco, el origen de la luz..., y no me refiero a técnica de fotografía. Interviene también nuestro propio estado anímico, sí, pero es a partir del modo en que se combinan los elementos y actúan los factores de la propuesta, que se alcanza a cuestionar la realidad, que no solo su representación.
Insisto, cuestión de distancia y escala.




Christopher Colville. Y el acercamiento.
Asomo como de niño, abstracción...
Distancia suficiente para la meditación, en otros momentos.
Cosa del enfoque -y sigo sin aludir a ninguna técnica-...






Los grandes paisajes están ahí. Su contemplación nos aparta de los ciclos que nos corresponden y nos reducen ante nuestros propios ojos, junto con el significado que de común atribuimos a nuestra propia muerte.
Nuestros pasos...






Un hombre en una fotografía al pie de un cañón, un risco o una cascada no es si no el grano de nuestra medida, puesto ahí para contrastar el tiempo de la mole, para que podamos medirla en respiros humanos de este lado de la realidad, de nuestra vida...
Respiros: Aire limpio..., aire viciado...; ciclos breves con que podemos contar sobre el rumor de los cadáveres, sobre su infinito acorde.





Los fenómenos también están ahí y la presencia de un hombre registrada en fotografía o video, cerca del lugar de su desarrollo, sorprende siempre... No suponemos que dichos fenómenos puedan -quizá inclusive, deban-, por lo general, ser grabados.
Coincidencias...





Los "intrépidos" cazadores de tornados o los exploradores de zonas de erupción de volcanes no inspiran una admiración reflexiva respecto de su -evidentemente falso- valor o coraje. Ni siquiera lo hacen quienes, a salvo sobre un tejado, han logrado filmar el paso de un tsunami por una ciudad costera. En ninguno de estos casos cabe hablar de desafío; no se lucha contra los elementos, apenas puede uno escabullirse de sus efectos, soportarlos siendo flexibles a su inevitable paso, y siempre con limitaciones...






Se trate de grandes paisajes o fenómenos naturales, su contemplación provoca vértigo, y puede hacerle a uno obviar el espanto de la propia mortalidad a costa de hacérnosla creer insignificante, como si nuestros fueran los ciclos de los astros, como si pudiéramos soportar por más de una billonésima parte del tiempo que le toma a una estrella formarse, la idea de nuestra propia extinción, valorándola en proporción a la vida del universo...
Células. Ni siquiera eso..., fluidos -aparentemente- inertes...
Auténticos portadores de la clave mayor...








Quienes reconocemos la ilusión, a menudo nos volvemos a lo inmediato, frágil, perecible: nuestros monumentos, y si por un instante nos hacemos sabios, al esfuerzo de vivir. Los que no, se consuelan en creer su propia visión posible y la atribuyen a un pequeño gran dios, diciendo que él sí puede verlo todo, más allá de adonde llega la propia imaginación, que se ve sobrepasada por la evidencia de nuestra finitud, de lo incomparable, el vértigo y el desmayo.






Vida.
Cuestión de distancias, de escalas. De enfoque.