miércoles, 20 de mayo de 2015

Un paseo con Tori Amos (o una entrada dedicada... a Taylor Swift)

Cornflake girl... Una cornflake girl... Pensaba. Para empezar... Y entonces, a las notas... A ver:

Cabello rojo suelto, revuelto. En este aspecto, coincide con la representación de Lilith, la predecesora de Eva. Por otra parte, claro, está la sensualidad de la figura mítica, su poder, que no encaja del todo con el modo con que la joven Tori Amos hace la crítica, con su cuerpo y ademanes... Sin embargo, se trata de modulaciones distintas para, digamos, la misma ira.
La cantautora, por otra parte, sabe bien de su expresión desencantada. Del efecto del lápiz labial rojo intenso y la sonrisa desatada por un impulso como de vejez anticipada..., de bruja... en nueva alusión al mito hebreo.
¿Qué es una cornflake girl? ¿Quién no lo es?
¿Qué distinguimos los hombres?


La propuesta está ahí. Un sonido, una imagen. La mujer.
Los símbolos lucen evidentes: Del Western y los "machos" a caballo, vistos en el retrovisor del auto, materializando por ironía el anacronismo, a Thelma and Louise por la carretera, y las caricaturas sobre canibalismo de series animadas, sin dejar de lado, por supuesto, la propia escenografía y la luz de tarde sobre el elemental tiovivo..., con las niñas perdidas -dos de las cuales van atadas-, allí, ahí, entre ellas y dentro de sí mismas, también.
Por supuesto, una dosis de locura...
Es clara la influencia de Kate Bush, más allá, inclusive, del sonido y las letras. Desde luego, la de la incomparable Carole King con su piano. Pero también, nítidamente, algo más, lo propio, intimista a su modo; arriesgándose con las referencias, a menudo asomando al límite de lo patético. (Y hemos de recordar a Tori como hábil pianista a muy corta edad, que luego pasó -apenas a los trece- a tocar en bares acompañada de su padre; cuando ya famosa, víctima de violación; activista por los Derechos Humanos, y entusiasta feminista; además de amiga de rockeros duros de la escena de Los Ángeles..., mientras evoca por su cuenta espíritus de leyenda irlandeses, etcétera.)


Luego, más adelante, entre otros éxitos..., Caught...




... en que el juego, al parecer, se pone demasiado serio. Y, sin embargo, funciona. No a lo Björk; una vez más, muy en lo suyo, con su sonido; sobre todo con el vuelo de su propia voz en los coros  -sello de la casa-: su evocación de un espíritu del bosque. Aquella Lilith de un principio. En sí misma, lánguida -y- entre las hojas secas.
Con la locura (del exceso de rodar sobre lo que no debería significarnos más que camino), la condena al aislamiento: en las rejas, los ecos entre los pasillos, el luto.
Por supuesto, tratamos de lo onírico (con montones de guiños, hasta de tono de paleta, a Dalí) a ojos bien abiertos: para capturar el fenómeno, en la breve tormenta de un estornudo...




La chispa... Alusión más allá del fuego.
La aparición plena del bosque, con Tori Amos de ojos vendados y maniatada, huyendo... Podríamos aventurar: Un efecto curioso del retorno a la figura de Lilith..., que sobrevive al paso por el río, al violento correr del tiempo, para ser al cabo, en los segundos finales del videoclip, negada, por un ente compuesto de dos mitades, de apariencia pura... La piedad que no llega, como al voluntad de un dios que ha olvidado a su rebelde criatura, ahora frágil fuera del orden, y ahora recorre caminos como sonámbulo: un sueño paralelo al de la vida de los seres humanos..., que no simplemente de hombres, pues, una vez más, es la mujer que corre peligro por lo que sabe...
¿El árbol de la ciencia?
Quizá es demasiado...
Locura, decía... Pero faltaba algo:




Como un cuento de hadas, en efecto. Se trata de la aceptación, no de resignación, de ninguna clase...: El caballero va a por la mujer de que se enamoró, tras el desencuentro provocado entre ambos... por un malentendido; el mismo que, no obstante, puso en tela de juicio el propio de valor de ella, lo que es, quién es. El caballero, decía, va a por ella -los hombres son lo que hacen, desde luego, en plan simplón, mientras las mujeres, en plan más simplón aún, son lo que son-, la va a rescatar de su aislamiento, de su encierro.
La entrega de una mujer implica plenitud..., es un amor en Carpe Diem; implica calor de hogar, supervivencia y calidez, pero no mucho de abstracción y vuelo humorístico... En el extremo de tal visión, es comprensible, toda risa es amenaza... Entonces -en eso estábamos-, el aislamiento..., no en una torre, pero sí en el límite del mundo..., y con un dragón, cómo no..., pues, veamos, este no es sino locura, el demonio interno..., para no aludir al modo en que la criatura que escupe fuego -y en algunas ilustraciones luce además una melena de llamas-, representa la sangre perdida de la mujer y el arder de su genio agresivo.
Con todo, para la triste historia, hay final feliz... A sorta fairytale...

Una cornflake girl, pensaba... Y es que hay distintas maneras de plantear lo "sentimental"...
Arriesgarse, como Tori Amos..., o, con millones más, y brillantes productores de imagen, grabar berrinches...; en fin...

miércoles, 6 de mayo de 2015

Contratransferencia: Notas sobre Música, de Yukio Mishima

Y aquí, la pregunta de qué conviene. Pero, al cabo, claro -y me acomodo-, se trata de impresiones, extrañamientos; por tanto, al libro que tan amablemente me fue prestado -(arrancamos con las subjetividades)-, mis notas:



Música, de Yukio Mishima.
Va de una bella joven, Reiko, que acude al psicoanalista; este narra la historia, como bien advierte el subtítulo de la novela, en plan de "Una interpretación psicoanalítica de un caso de frigidez femenina". Ella desea tratar su incapacidad de "oír música"... Ya saben... Y se desata entonces la lucha entre la paciente, que pretende ocultar los orígenes de su mal, y el terapeuta, que busca llegar a la esencia de este y curarla a ella. Se menciona por ahí: "lo demoniaco", "el mal"; ya saben, y "lo sagrado".
Música, sí. Sensualidad, mucho más que sexo, desde luego..., pero también esto a secas y nada más, aunque, ojo, como mecanismo complejo..., con las múltiples categorías, y esquemas -pautas, estaciones, luces y otras señales- para el detective de la conducta, del tabú: el psicoanalista narrador, tan elegante también..., quizá esto último a su pesar, dado que es además tan sencillo..., tan profesional...
Hasta tiene una compañera, una enfermera bien puesta, leal, fiel, y de carácter fuerte..., muy estable ella, hasta en sus naturales celos.

(Mishima, no obstante, se luce en otros -varios- textos como un narrador formidable. En caso de duda, asomarse a Memorias de una máscara, la tetralogía El mar de la fertilidad, a El rumor del oleaje y a algunos de sus cuentos. Con sus excesos, estas obras -o, por ejemplo, con más excesos todavía, Sed de amor- provocan en el lector exigente, casi siempre, ganas de un seguimiento más o menos devoto.)

Pero tenemos, decía -para volver al contenido de Música-, categorías..., más: el catálogo casi completo: Electra, Edipo, represión, castración, histeria femenina, transferencia y contratransferencia..., con nada más este último par de conceptos sin mención directa -sin mucho misterio en cuanto al porqué-. Todo ello, pistas..., pues, claro, vamos tras la esencia del mal que aqueja a la señorita Reiko y -como se señala también, en su momento-, más allá, a lo que trasciende cualquier terapia, vamos, a por un mal universal, muerte en la vida, la perdición como parte del fenómeno humano...

(Estas damas suyas complejas, y aquellos otros personajes también, torturados, desequilibrados, autodestructivos...
La actitud errática...
La sensibilidad de la que surgen las cataclísmicas revelaciones..., en el devenir de la tragedia, siempre la tragedia... El sexo, mil veces el sexo... Y la muerte, más veces aún...
Firma del autor, claro.)

Además, y por otra parte, tenemos los extremos, a los que en esta ocasión el mismo Mishima alude con guiños poco disimulados para evidenciar su pleno control en la dosificación de los hechos -y los datos-, su enorme consciencia... de la provocación sensual.
Y resulta interesante... porque las coincidencias, llegado un punto, no dejan de parecer inverosímiles.
Y resulta interesante también, pues no obstante, ahí se ve: La racionalización de los subjetivo, la tendencia al orden, enunciada así, de la misma ciencia; esto por una parte, y de la otra: el brillo de lo que resuma de entre las palabras, lo que se eleva y abre como flores a la luz, en ocasiones -a menudo, con lo mejor del escritor suicida- como producto del sacrificio de su propia/la propia razón; elevación de la consciencia en aparente tránsito de locura, y la explicación de esta, para perdurar como discurso al modo de un perfume denso, saturado de esencias de celo y muerte, o el fortísimo sabor de una bebida exótica tóxica... Todo lo que en este caso apenas y se siente, pues hay... demasiado control...
El corsé, digamos, aprieta muy fuerte... desde el mismo tono -(¿acaso, reprime?)-...

Por qué es lo que conviene, me preguntaba en un principio... Bien, ¿acaso no resulta mezquino criticar de tal modo el único libro de Mishima que no me ha gustado de cuantos he tenido la suerte de leer a la fecha?

Ah, pero recuerdo que el mismo Yukio, en voz de su narrador, aquel terapeuta con tan oportuna provisión de citas en su discurso, y con la dosis apropiada de modestia, señala -y apenas parafraseo- que la subjetividad juega un rol decisivo en la emisión de un juicio sobre la inmensidad de lo humano...
Y aquí hablamos de Arte, de Literatura...

A lo mejor, simplemente, no pude manejarme bien entre estos fenómenos de ida y vuelta.