jueves, 5 de febrero de 2015

Reloj de leche: La lechera, de Johanes Vermeer

Una primera visión, amplia. No un vistazo. Más bien, como la primera vez ante el mar. Y, como ante este, reconocer el movimiento.


Cerrar los ojos, desplazarse.


El delgado chorro de leche, con atención. Vibra. Puede oírse el ruido. Detrás de la lengua.
Cerca, el pan. La miga. Una densidad especial. Textura. Más que solo volumen. Un detalle que atraviesa el lienzo, que evoca una sensación en las yemas de los dedos.

(El delgado chorro de leche. Vibra. Sigue corriendo.)

El mantel. Ese azul... No solo los pliegues. En lo llano. En la textura de lo plano: y ahí mismo, volumen. Claro, pues cubre, abriga, viste.
La función denota su calidad.


La falda. Azul.
Y un salto, al traje entero. Su espesor, su rigidez. Más que un hábito, la encarnación de un modo representativo: ¿Quién es esa mujer? ¿Qué es?
Detenerse en ella. Toda, lo amplio; un aura; los ecos de su movimiento. El antes y el después.

Quizá, antes que su rostro, sus manos, sus brazos. Para no apartarnos tan de pronto del traje.
Concentración: Qué cuidado en la labor. (El delgado chorro de leche. Sigue corriendo. Suena.) Hay firmeza. Experiencia. Es, de toda formas, una labor simple, pero hay en su ejecución un cuidado especial, un afecto comprometido. El antes y el después.

Ella está sola. No se cuida de nosotros. Intrusos. Y ahí, para nosotros, lo de adentro. Intención.

Sus manos, los brazos. ¿Qué ha hecho el sol con ellos? Ojo: el resto del día, la imagen del tiempo que se abre: Una vida, si no entera, de plenitud instantánea: los campos, mañanas de brillos más allá, los humores del cuerpo al andar y una vida diferente susurrando en los pliegues de esas mismas telas que envuelven el cuerpo, lo acompañan.

Pero ahora sí, el rostro:

La frente. Rosa, rojo. El sol. El daño. Las imperfecciones.
Una consciencia y, por fuera, la temperatura, piel, vejez y años... Un brote de historia, asomo de ideas ininteligibles: no nada más palabras; accidentes y lo que forma de verdad, cuanto se transparenta.
Hay mucho:
Dos cejas. ¿Las cejas? Sus ojos –!los ojos! –. La nariz. Y la boca. Y las mejillas. Y la barbilla.
Su rostro. El signo de cien signos; mil. Y siguen.

(Volver al delgado chorro, que vibra. Se lleva la mirada de ella, que, sin embargo, va mucho más allá.)

El chorro: signo, por supuesto, que discurre haciendo el tiempo: abriendo no solo las posibilidades, digamos, de una vida, si no posibilitando otra vida dentro de la nuestra propia. Sin tiempo. ¿A quién conocemos? ¿Dónde nos encontramos?


Respirar...
Mirar por el ventanal. La luz. Que penetra y enriquece la escena a través del tono que ayuda a conformar todo el polvo adherido. Matiz. Sin intención. Pero fenómeno de la vida...
Imperfección. Humanidad... Conocer a los hombres en el abandono, por sus propósitos postergados o deshechos. A través del tiempo, del olvido. Posibilidad a que se aferran. piedad y engaño. Y honestidad, también. El camino a medias, y el medio camino. (Ahí, otra vez, todo el tiempo, el delgado chorro de leche.)

Los espacios abiertos, los senderos, las rutas, más allá. Del otro lado. Afuera. Los paños del ventanal, ya fue dicho, están sucios, cubiertos de polvo, el levantado de esos mismos caminos y, desde luego, cosa bien sabida, de piel muerta.
Un hogar. Y viajes.
¡Ese ventanal: las otras gentes! Que, con nosotros, la inspiración de la veta, el calor y el aroma de la madera del marco.

(Volver. Y quizá por última vez, el delgado chorro blanco.)

Vamos a los muros, las paredes. Luego el piso. Y de vuelta a la pared de fondo, para cerrar... Un palmo.
Lo primero, en conjunto: su textura, cada magulladura y mancha. Tan en detalle. Es llano, y no, sin embargo..., ¡que es un cuadro de Vermeer!
En el piso, las astillas, la escoria y más polvo, entre las ranuras... y sobre el pequeño cofre con la cerámica (enorme portal, que tanto ha interesado ya a cientos de investigadores; de por sí, para una nota aparte)...
Mucha historia.


Proust, en voz de su Bergotte, declaró que si este personaje suyo, escritor, hubiese conseguido alguna vez lo que Vermeer en un palmo del muro amarillo de aquel otro cuadro suyo, Vista de Delft, si le hubiera podido dar tanto, con tanto afecto, a su propia obra, lo habría logrado todo, cumplido su propósito como artista.
Por otra parte, Flaubert dejó dicho que para que algo se torne interesante, basta con observarlo un buen tiempo, digamos, el suficiente.
Más aquí, con La lechera..., el tiempo, la vida... En fin...
Aquel chorro...
Que fluye...

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