viernes, 27 de febrero de 2015

Acaso ventanas al antes o después de los hombres: Breve recorrido por la obra de Mark Rothko

Lejos, los viejos que si no, quizá, no me arriesgaría a estas notas.
Ver, pero también representar, evocar, y comunicar...
Pinturas de niños... Y los niños logran transmitir a menudo con éxito la experiencia de asombro por la belleza que encuentran a su alrededor. Rothko lo reconocía y no dudaba en calificar de obras de arte algunos de estos trabajos.
Los niños responden así a la pregunta ¿qué ves aquí?

Aquí tenemos a Rothko, le vemos un rato a él, pero al poco lo dejamos para ver de aquella otra manera, hacer el intento, con las otras experiencias...




Antes, mejor, cerrar los ojos...







Bien.
Tomar aire.
¿Qué ves aquí?



¿Un horizonte, quizá?
El límite no es tal, se difumina, siempre más allá. Y de andar por sobre lo que arde, tendríamos acaso la sensación de acercarnos al fin..., para desengañarnos en el propio seguir andando. ¿Acaso en la primera contemplación estuvimos quietos?
Verificar...

¿Qué ves? O, mejor, ¿dónde estás, dónde te encuentras?
Aquel horizonte...
¿Es líquido lo de abajo?, ¿es sólido? Su consistencia es de camino...
¿Y arriba? Otro campo de silencio... (recuerdo, sin abandonar la perspectiva: las preposiciones "de" y "por" son equivalentes.)

Ahora, el marco...
Arriba. Si lo vemos más de cerca, si deslizamos la mirada siguiéndolo ¿en qué dirección?, entonces, el movimiento, ¿acaso, a la misma velocidad con que se remueve la sustancia del horizonte? Vértigo...
Volvemos arriba. Y lo primario: ¿nubes?
Los costados... El cambio en las partes inferiores de cada lado... La delgadez con que cierra abajo.
Alzar la vista de nuevo...

Una pregunta... ¿Hombres allí...? ¿Es posible, lo sería?
Silencio...

Cerrar los ojos de nuevo. Sugiero.



Ahora...




Bien... ¿Mar? ¿Superficies... de qué texturas?
Tres espacios, campos..., ¿momentos?; ¿estados?
¿Profundidades diferentes, si, tal vez, una vista aérea...?
Agua. Mineral.

Los marcos. Y, de pronto, la posibilidad de los campos como resultado de impactos, aunque surja, como tal, la idea de espuma de olas... (Y recuerdo la leyenda de los unicornios corriendo hacia a la orilla, juntos unos a otros, sus crines en vuelo; furia...)
Fenómenos de electricidad vibrantes...
Rastros de la superficie superada por las manchas rectangulares, surgidas del fondo inalcanzable.

Nuevamente: ¿Seres humanos?

Pausa.
Oscuridad.


Seguimos. Azul, en efecto.
Y ves...




Abajo... Nuevamente, un horizonte. Plano, liso..., aparentemente; podría ser la distancia. Un manto que a lo mejor se sobrepone a la claridad de fondo, que de algún modo la niega, o pretende hacerlo. En todo caso, a lo mejor, un límite.
Aguas quietas, también. Mil veces mineral; metálico ahora. O absorbe la luz o refleja nada más la poca que se filtra de arriba...; ¿de dónde?

Pero sobre ese manto, ¿nubes en marcha?, ¿espuma suspendida?
Otro límite, otro velo. El final de una hola vertical, el corte de una en embestida que intercepta el espacio vibrante sobre él.., que es... ¿cielo?, ¿una inmensa nube? ¿El campo de gesta de un fenómeno colosal?

¿Seres humanos, allí? ¿Caben?

Nuevamente, la sensación de lugar. Uno dentro, parte de la experiencia. Inmensa...
Captura, y lleva a andar, asomar con el propio cuerpo que no se mueve (!)...

Aire, mucho aire...
Cerrar los ojos...
Aire...



Cambio:





Palabras...: Noche. Boca. Horno. Compuerta. Fuego. Sangre. Fosa. Río... Todo entre signos de interrogación. Inclusive "palabras"...
Violencia. Las formas más definidas denotan una velocidad diferente, un fenómeno o más cercano o de explosiones más espaciadas.
Pero la forma fija de la fuente deja entrever lo que acaso sea un margen de control, un rastro de lo humano. Ahora, lo geométrico como intervención, quizá...
Sin embargo, cuidado me nace decir detrás del rojo, esa franja negra, como otra boca, una rendija, pasaje a otra noche; nuevamente, lo que está más allá y no alcanzamos.
Oscuridades que se abalanzan, tragan, malean la sustancia del resto de campos; absorben, devoran...


Los márgenes: escape, invasión..., o rastros de aquello sobre lo que se expande lo negro, como mancha.
Desgarro. Si no sangre, nuevamente, brillo de algo ardiente que escapa: de adentro hacia afuera, y viceversa.
Una lucha sin voluntades, pues nuevamente, y a pesar de la geometría, el hombre ha quedado, tal vez..., pero, ¿dónde? ¿Atrás, en la zona de la causa?

Preguntar dónde te encuentras... y preferir...

Cerrar los ojos ahora, será ver todavía el resplandor. El pulso propio, pero más allá...
Es posible...



Ojos abiertos...
¿Qué ves?



¿Un muro? ¿Una puerta?
Tapiado anoto sin oír siquiera lo que sigue/cabe en la formulación, sin continuar en ese sentido, guardando el aliento...
¿Qué tan cerca, o lejos?
¿Piedra?
Bloques.
Espacios cerrados o pozos de otro tipo. Niveles.
Pero arriba, blanco. Palidez. Luz. Otra vez, más allá. Otra vez negado el alcanzarlo...
Pero, como en el caso anterior, la geometría podría decirnos que no es por la distancia: hay una forma regular, que...
                      Acaso los hombres, que no están,
                                                                         acaso ellos, que ya no, a su paso,
                                                                                                                            nosotros...

(Mark Rothko, nació en 1903 en la actual Letonia. Su nombre era Marcus Rohtkowicz.
Emigró con su familia a Estados Unidos.
Se suicidó en 1970.)


*



La grandeza de los fenómenos naturales. Claro, ya fue dicho, insistentemente, sin hombres. O antes o después de ellos.
Y es que también está la grandeza de las tragedias que exceden a estos. Sí, ellos ya no están, han sido negados a un nuevo paso, contemplan fuera del tiempo su desgracia, pero en el lienzo, ese espacio, no, ya no.
Cabe pensar, en la evolución de su obra, en ese antes y ese después...

Quienes estamos siempre somos nosotros, fuera/dentro del cuadro...

Rothko aludía a la imposibilidad de una adecuada descripción de los campos de luz y color, pero no de la experiencia de la contemplación. Como con los fenómenos naturales, inabarcables, a pesar de tanta ciencia (pues decir por qué ocurren y cómo es que se desarrollan no nos dice..., bien, más que solo eso).

Son pinturas de grandes dimensiones, hay que recordarlo; las preguntas de dónde estás, dónde te encuentras, surgen también de la absorción física que implica la abstracción que provoca el fenómeno... Y así, mujeres, hombres, Niños... Nos encontramos/perdemos con él.

sábado, 21 de febrero de 2015

Bocas abiertas: En torno a algunos trabajos de David Kattán



Anotaciones veo desde ya, antes siquiera de una primera línea, digamos, de fondo relacionadas a lecturas sobre dinámica, y luego, por otra parte, de la obra de Canetti...; claro, anotaciones entre las de conexiones automáticamente surgidas, apenas alzada la vista de la obra de David Kattán; primera reacción en letra. Luego, la muerte.


... Violencia: cualidad de violento. Violencia entendida como repentinidad en el cambio de estado de una cosa o en la velocidad del desarrollo de un proceso (que, como sabemos, implica, en todo caso, transformación).
... Poder: capacidad de modificar el estado de una cosa o de la forma que no solamente la velocidad en que se desarrolla un proceso.


Así, el poder de una obra cuya contemplación puede perturbar la serenidad o la tranquila necedad de otras visiones, interrumpir acaso, el ritmo habitual con que observamos los aparentemente lentos fenómenos de la carne lejos de la enfermedad o el accidente (gran violencia).
Así, la interferencia provocada por esta visión, que puede alterar el modo en que apreciamos de común los fenómenos de la carne, destacando, por ejemplo, la palidez con que brillamos mortales, y la profunda oscuridad con que destaca el fin del alcance de la luz, que esperamos siembren nuestros propios ojos.


Fenómenos de la carne, decía. Cuerpos...
De pronto, bocas, hoyos, carnes desgarradas, que se transforman en disolución. Un ruido detrás, pero no, algo más complejo, bastante más. Es que se trata de una voz. Y no quizás, si no una voz de veras. Cuestionamiento, nada de mero efectismo (este último, recordemos, se reconoce fácilmente: no dice nada, afirma lo que sabemos de antemano y accedemos a ver por puro morbo o, en ocasiones, las de fraude, engañados).
Una voz. Entonces, diálogo. Contacto. Contacto en la agresión. Violencia. Cuestionamiento.


Canetti, decía; recuerdo... Algo así:
Las manos, poder de sujetar. La boca, los dientes. Nuestra capacidad de matar. Tomar, triturar, romper. Prender. Engullir.
Y en las imágenes de Kattán, además, cuerpos, consistencia. Pero la boca, decía, pues la que no es capaz de matar, la que no expone sus armas en amenaza, solo puede representar la risa esa tregua a veces cruel o he aquí el clamor por auxilio, rabia de derrota, o locura..., como las manos abiertas sí, Canetti de dedos tendidos en busca..., imaginemos, de otra mano, algo a qué aferrarse, o espasmo.


La voz, clamor... (Y no me referiré aquí a su interpretación gráfica de poesía, las Transducciones que realizó con Isadora Salas y Chalo Zurita)...
Cuántas bocas abiertas. Órganos que se tienden entre ellas: las propias tripas u otros tejidos. Órganos, también, surgidos al caso para el contacto, para buscar, para exponerse y volver a entrar en lo oscuro que palpita, o cuanto menos, intentarlo... Entrar en las bocas, abrir nuevas bocas... Y el ruido entonces vibra más claro: cosa de reconocer su frecuencia... (¿Modulación del miedo?)
Ruido: lo que tiembla, se desliza. Cosa de texturas. Son varias claves...


Morder; tomar, capturar y triturar; romper, rasgar. Potencia y acción. La vida como protagonista se expande, mata, a través de lo mecánico también ahí las ruedas, los engranajes ... Y siendo la energía luz, al manifestarse en movimiento, brilla. Hay diversidad de tonos.
La otra violencia, por su lado, la del clamor aquel, roba la luz, absorbe la vida. Devuelve a veces sangre oscurecida. La boca entonces representa el hoyo, la llaga. Grito oscuro de David Kattán.


Él mismo, su cuerpo de modelo... Ariete, si se quiere, para entablar al choque un contacto profundo, a través de la deformación plástica que hurga, se tiende, con nosotros, hacia el vacío de lo que viene luego, esperamos, pero no está.

martes, 10 de febrero de 2015

Bendita sea: Sobre el videoclip de All is full of love, de Bjork

Como un sueño: La evocación de un ritual, una danza de encantamiento, o más bien de la representación de uno: el apareamiento de dos fuerzas. Una fuerza. Visión humana, exploración, de un fenómeno sin tiempo, de plenitud femenina.

Les invito a disfrutar del tema original...




En efecto, All is full of love invita a la contemplación activa: es capaz de elevarnos al acecho de un sentido detrás de sus notas, obvio aquel en la enormidad de su magnitud, complejo respecto del modo en que se revela a partir de acordes aparentemente sencillos, y versos que, en efecto, lo son...
A partir de estos últimos, y debido precisamente a su sencillez, se construye también una interpretación visual de símbolos complejos: una justa evidencia de la medida en que la palabra juega aquí, en la voz de Bjork, un rol más que destacable: sustancial.


You'll be given love
You'll be taken care of
You'll be given love
You have trust it

Una oración...

Maybe not from the sources
You have poured yours
Maybe not from the directions
You are staring at

En fin...

Vamos con el trabajo de Chris Cunningham, de 1999:




Curiosamente, ¿a dónde ingresamos? El sentido se revelará más adelante...

(De todos modos, se recomienda también ver este videoclip varias veces y me permito invitarles, además, a hacerlo al cabo de la lectura de uno u otro párrafo, según les parezca oportuno.)

Lo cierto es que nos encontramos ante una escena de posible lamento..., pero se trata de un androide y robots: no podrían representar sentimientos humanos..., ni heridas reales, ni dolor...

Los colores: no hay colores... Solo blanco, negro... esterilidad, un espacio antiséptico o, mejor dicho, carente de la vida que, en este caso, así proviniera de bacterias, podría ser celebrada...
Blanco y negro... y luz. Mas los cuidados de los robots en la cura de aquella criatura renunciemos de una vez a privarle de lo que no es posible dejar de proyectar en ella si se atiende su mirada..., tan humana , mas los cuidados, decía, los brindan con tanta delicadeza, como manos de madre...

Podría ser que la primera manifestación del amor en esta interpretación fílmica corresponda al cuidado de una madre, a la cura del herido vuelto a la matriz... En ella, la chispa nuevamente, y con ella el color, pero apenas, algo pálido: luces que se proyectan, eso, chispazos...
El líquido como signo de vida: los fluidos: la sangre, la saliva..., semen... Todo humano. Pero en este caso, y justamente porque se trata de una cura, los tenemos de vuelta al cuerpo, ascendiendo, contra la gravedad.

La coreografía nos lleva a los ojos de la criatura, para manifestar quizá incredulidad, timidez..., tantas veces tanta humanidad... Miedo. Hasta que de pronto, completo el proceso de restauración, la reparación, aunque no, insisto: la cura, nos hallamos ante una doble mirada.
¿Dos criaturas? ¿Dos criaturas femeninas? ¿Dos hermanas? ¿Dos amantes lesbianas? ¿Incesto? ¿No? ¿Quizá, tal vez, el encuentro de la criatura con su creadora? ¿Es Dios? ¿Una diosa? ¿Diosa? ¿No? Amor propio? ¿Proyección de sí misma?
¿Y quién le revela la oración a nuestra primera criatura, entonces?

El líquido asciende, se eleva por el vientre, y surge una luz: Nos elevamos.
En el clímax de la canción, se deslizan las manos y el beso es el centro, sí, pero la danza no es solo de las dos amantes: en torno, sobre ellas, en realidad, y con ellas, también, las máquinas continúan una labor incomprensible a la lógica de la reparación. Pero no de la proyección: Deben seguir creando, eso hacen: El ser no está completo en tanto no se encuentra en otro, en tanto no se da. ¡Menuda clave del amor!
Crescendo, la voz de Bjork, y las luces fallan; en lugar de acompañar el momento culmen de la melodía con una intensa iluminación, al parecer, por la pura intensidad, esta falla: se cae, lo que se alza, por detrás, en esencia, es el canto de la celebración, y lo humano asoma: esos titubeos, las manos entre las piernas, sin más..., y el líquido asciende por última vez a nuestros ojos.

El beso de las dos amantes las pinta vulnerables: sabemos que estamos ante un acto íntimo, pero resulta complicado, al recordar que se supone son solo máquinas, eso mismo; en teoría no debía invadirnos ningún pudor: son seres inertes...
Pero no...
Ya sabemos....

La toma se aleja, las dejamos solas; se siguen besando que no acabe ...
Y vuelve la pregunta, con tiempo cambiado: ¿Dónde estuvimos?
El cuadro de las dos y las máquinas en torno recuerda, no con mucho esfuerzo a la de una ecografía, y luego nuestra visión se desliza hacia abajo, nos lleva al resto de órganos de la criatura... Porque es posible que todo este tiempo hayamos estado, sí, en la matriz...
Bendita sea.

viernes, 6 de febrero de 2015

Refracciones... por Francia: Anotaciones a partir del Premio Nobel de Patrick Modiano

Patrick Modiano ganó el Premio Nobel de Literatura en 2014, hace pocos meses. Sus libros se agotan en las librerías; se reeditan una y otra vez, y se seguirán agotando además de buena, la obra del francés es breve y muy fácil de leer ; buenas noticias. Pero arranco a escribir de él... porque en realidad creo que merece más la pena referirse a otros autores, siendo él mismo uno destacable en el plano internacional, uno "universal".


Me explico: Desde hace no poco tiempo se viene cuestionando la influencia de la literatura francesa fuera de Francia, especialmente entre los franceses... Que si no se traduce ya tanto como antes, que si no abundan como antes reseñas sobre libros del país en Estados Unidos, que si no se valora ya el aporte de sus intelectuales en el ilegible panorama contemporáneo... que, por cierto, tantos analistas se esmeran en comentar... sin una terminología común..., o con una en exceso laxa..., y los franceses, salvo Onfray... aunque... En fin. Entonces llegó el Nobel y con júbilo se confirmaba: no había tanto a qué temer: el mundo, al parecer, les oye, sí, y si no, en todo caso, ahora lo harán... más. Y él, Modiano, escribe sobre las mujeres y los hombres cuyos nombres no figuran en los libros de Historia, apenas en ciertas listas que por aquí y por allá parecen surgir de la nada todavía y terminan engrosando el archivo de evidencias del Holocausto..., que no hay que olvidar y, mucho menos resulta increíble tener que señalarlo , mucho menos, negar. Él es universal, decía entre comillas. Es que él lo hace, no solo por todos los judíos, si no por aquellos, por esos cuantos, como tú o como yo, judíos o no, muertos también uno en todos con las víctimas del horror aquél. ¿Lo hace como Kertész, como Appelfeld?; no; a su modo. No pasó de veras la grande... Es un testigo indirecto, reconstruye a partir de los retazos de la Historia protagonizada por quienes le precedieron, desde su condición de descendiente, de hijo..., y de escritor. Lo hace, decía, siguiendo el rastro, para darle vida a quienes habitan los barrios que no salen en las postales, los "nadie" que apenas entristecen un poco más los bares de olvido, aquellos a quienes nadie sigue cuando les ve pasar por un boulevard..., aquellas mujeres y aquellos hombres, a quienes da vida para nosotros; atrás para siempre el "aquella" y "aquel". Revive también los viajes; se documenta... como si Sebald..., pero no... Y su estilo es sencillo, claro, transparente, se suele decir, sí.
No es Solzhenitsyn, ni Agnon, ni Aleijem, ni Broch, ni Canetti, ni Singer, ni ninguno de los Roth, ni Bellow, ni Malamud, ni Ana Frank, no, ni Gary o Ajar según el Goncourt ganado . No, es muy único... y solo él. No único como Kafka ni como Schulz. Solo él. Y basta, que me gano una lapidación...
No sé, la verdad. Tampoco es que pueda decir mucho; apenas he leído de él En el café de la juventud perdida y Dora Bruder. Pero no celebro el Nobel del año pasado con el entusiasmo de muchos otros, felicitando inclusive la reciente buena racha de la Academia Sueca me parece que para ello habría que continuar, digamos, a la altura de Doña Alice, Don Mario o Transtromer, quizá anulando las esperanzas de miles de fanáticos de Murakami, o simplemente postergándolas a un mejor momento... de este autor, digo . Me alegra, eso sí, que quizá ahora se diga más de los demás franceses. Esperemos que así sea.


Entonces, ¿decir mucho de ellos? ¿Bastaría acaso con señalar que seguramente encontrarán su obra tanto o más atractiva que la de Modiano, si bien menos fácil de leer? ¿Sería suficiente con apuntar aquí que cuestionan al hombre más allá de las profundas señas del padecer, desde una perspectiva que surge también de lo íntimo, aunque sin repetir la condición del nuevo Nobel, y sin pretender, en todo caso, menos de lo que pueden dar a todo poder, desde el auto-desollamiento o la exploración erudita, o la pura inspiración ante la actual realidad política desconcertante? ¿Pueda ser quizá que alguien se interese en abordar sus principales títulos tras leer aquí un no lo dudes, no hagas caso a aquello de que lo francés no marca la nota, porque es cierto que este pequeño grupo no vende como otros, pero sí que llevan el oficio buenos pasos más allá? ¿Confiará alguien en el anuncio: lo que ellos hacen seguramente perdurará más allá de su temática, no te fíes del perfil bajo?


Bien, ¿por qué no aprovechar la refracción y leer a Emmanuel Carrere, Pascal Quignard y, sobre todo, a Pierre Michon, además de Michel Tournier?

Puede no caerle bien a buena parte de lectores, pero Emmanuel Carrere es, cuanto menos, un narrador de extraordinario talento. No escribe ya novelas de ficción. Lo ha declarado varias veces: pura No ficción, de lo de a de veras en coyuntura global, y de sí mismo también; un tanto cínico, es cierto. Pero qué bien. Limónov es una de los grandes textos de los últimos años.
Es cierto que Quignard es un bicho raro, que su prosa delata como a gritos sus obsesiones, y amenaza con ahogarnos... sin dejar de ser clara. Pero qué experiencia, Las sombras errantesLas solidaridades misteriosas.
Y Michon..., Pierre Michon, maestro, no, de él no es necesario siquiera...

jueves, 5 de febrero de 2015

Reloj de leche: La lechera, de Johanes Vermeer

Una primera visión, amplia. No un vistazo. Más bien, como la primera vez ante el mar. Y, como ante este, reconocer el movimiento.


Cerrar los ojos, desplazarse.


El delgado chorro de leche, con atención. Vibra. Puede oírse el ruido. Detrás de la lengua.
Cerca, el pan. La miga. Una densidad especial. Textura. Más que solo volumen. Un detalle que atraviesa el lienzo, que evoca una sensación en las yemas de los dedos.

(El delgado chorro de leche. Vibra. Sigue corriendo.)

El mantel. Ese azul... No solo los pliegues. En lo llano. En la textura de lo plano: y ahí mismo, volumen. Claro, pues cubre, abriga, viste.
La función denota su calidad.


La falda. Azul.
Y un salto, al traje entero. Su espesor, su rigidez. Más que un hábito, la encarnación de un modo representativo: ¿Quién es esa mujer? ¿Qué es?
Detenerse en ella. Toda, lo amplio; un aura; los ecos de su movimiento. El antes y el después.

Quizá, antes que su rostro, sus manos, sus brazos. Para no apartarnos tan de pronto del traje.
Concentración: Qué cuidado en la labor. (El delgado chorro de leche. Sigue corriendo. Suena.) Hay firmeza. Experiencia. Es, de toda formas, una labor simple, pero hay en su ejecución un cuidado especial, un afecto comprometido. El antes y el después.

Ella está sola. No se cuida de nosotros. Intrusos. Y ahí, para nosotros, lo de adentro. Intención.

Sus manos, los brazos. ¿Qué ha hecho el sol con ellos? Ojo: el resto del día, la imagen del tiempo que se abre: Una vida, si no entera, de plenitud instantánea: los campos, mañanas de brillos más allá, los humores del cuerpo al andar y una vida diferente susurrando en los pliegues de esas mismas telas que envuelven el cuerpo, lo acompañan.

Pero ahora sí, el rostro:

La frente. Rosa, rojo. El sol. El daño. Las imperfecciones.
Una consciencia y, por fuera, la temperatura, piel, vejez y años... Un brote de historia, asomo de ideas ininteligibles: no nada más palabras; accidentes y lo que forma de verdad, cuanto se transparenta.
Hay mucho:
Dos cejas. ¿Las cejas? Sus ojos –!los ojos! –. La nariz. Y la boca. Y las mejillas. Y la barbilla.
Su rostro. El signo de cien signos; mil. Y siguen.

(Volver al delgado chorro, que vibra. Se lleva la mirada de ella, que, sin embargo, va mucho más allá.)

El chorro: signo, por supuesto, que discurre haciendo el tiempo: abriendo no solo las posibilidades, digamos, de una vida, si no posibilitando otra vida dentro de la nuestra propia. Sin tiempo. ¿A quién conocemos? ¿Dónde nos encontramos?


Respirar...
Mirar por el ventanal. La luz. Que penetra y enriquece la escena a través del tono que ayuda a conformar todo el polvo adherido. Matiz. Sin intención. Pero fenómeno de la vida...
Imperfección. Humanidad... Conocer a los hombres en el abandono, por sus propósitos postergados o deshechos. A través del tiempo, del olvido. Posibilidad a que se aferran. piedad y engaño. Y honestidad, también. El camino a medias, y el medio camino. (Ahí, otra vez, todo el tiempo, el delgado chorro de leche.)

Los espacios abiertos, los senderos, las rutas, más allá. Del otro lado. Afuera. Los paños del ventanal, ya fue dicho, están sucios, cubiertos de polvo, el levantado de esos mismos caminos y, desde luego, cosa bien sabida, de piel muerta.
Un hogar. Y viajes.
¡Ese ventanal: las otras gentes! Que, con nosotros, la inspiración de la veta, el calor y el aroma de la madera del marco.

(Volver. Y quizá por última vez, el delgado chorro blanco.)

Vamos a los muros, las paredes. Luego el piso. Y de vuelta a la pared de fondo, para cerrar... Un palmo.
Lo primero, en conjunto: su textura, cada magulladura y mancha. Tan en detalle. Es llano, y no, sin embargo..., ¡que es un cuadro de Vermeer!
En el piso, las astillas, la escoria y más polvo, entre las ranuras... y sobre el pequeño cofre con la cerámica (enorme portal, que tanto ha interesado ya a cientos de investigadores; de por sí, para una nota aparte)...
Mucha historia.


Proust, en voz de su Bergotte, declaró que si este personaje suyo, escritor, hubiese conseguido alguna vez lo que Vermeer en un palmo del muro amarillo de aquel otro cuadro suyo, Vista de Delft, si le hubiera podido dar tanto, con tanto afecto, a su propia obra, lo habría logrado todo, cumplido su propósito como artista.
Por otra parte, Flaubert dejó dicho que para que algo se torne interesante, basta con observarlo un buen tiempo, digamos, el suficiente.
Más aquí, con La lechera..., el tiempo, la vida... En fin...
Aquel chorro...
Que fluye...